Las prioridades de la educación
Entre los ambiciosos planes que el Codicen se propone instrumentar durante esta administración, destaca la incorporación –desde el nivel preescolar– de la informática y de una lengua extranjera (el inglés, obviamente).
En el caso del aprendizaje de otro idioma, la propuesta se basa en las teorías lingüísticas surgidas hace ya unos anos que indican la necesidad de ‘sumergir’ al educando en un ‘bano’ de ese nuevo idioma, desechando las tediosas e inconducentes lecciones de gramática que permitían conocer ciertas reglas pero no habilitaban al estudiante a comunicarse con naturalidad en la lengua extranjera.
Ambas iniciativas –la de poner la informática a disposición de los ninos y la de hacer que aprendan un idioma extranjero de manera natural como aprendieron su lengua materna– parecen, en principio, inobjetables.
No obstante, caben ciertas puntualizaciones.
Respecto de la informática, tonto sería negar su importancia. Desde el uso de una computadora como simple procesador de textos hasta las aplicaciones de la informática en comunicaciones o al servicio de la investigación científica, pasando por el funcionamiento de un medio de prensa o por la producción de cualquier bien de consumo, los ordenadores todo lo inundan. Entonces, no está mal que se familiarice a los jóvenes con tan formidable herramienta. Pero precisamente, si hay algo que no debe olvidarse es que se trata justamente de eso: una herramienta, un medio, un instrumento –valiosísimo sin duda– pero no más que eso. Y causa alarma ver el entronizamiento del nuevo monarca cibernético que desplaza sin piedad a otras disciplinas que tienen que ver con la formación integral de los jóvenes.
De la misma manera, un carpintero aprende a manejar cepillos, lijadoras, garlopas, tornos, etcétera; pero si no recibe nociones de diseno, si ignora la función que cumple un mueble o cualquier otro objeto de madera ni ha cultivado su sensibilidad respecto de la materia con que trabaja, de poco le valdrá la destreza adquirida en el manejo de máquinas y herramientas. Su educación no debe limitarse a esa destreza.
Así los jóvenes serán capaces de acceder a Internet, de utilizar los programas más sorprendentes; dominarán una técnica pero ?para qué la usarán?
Es tiempo de pensar un poco más en el contenido de la educación, naturalmente sin descuidar aspectos formales pero sin olvidar que son en definitiva secundarios. La educación debe propender a formar ciudadanos, a fomentar el espíritu crítico y la reflexión, a incorporar valores humanistas.
Respecto de la incorporación de una segunda lengua ya en el parvulario, también es menester hacer algunas consideraciones. ?No sería bueno revisar el rigor con que se ensena la lengua materna, además de instaurar el aprendizaje de una extranjera? Un hecho parece a esta altura insoslayable: las nuevas generaciones no usan correctamente el espanol; el lenguaje de los jóvenes adolece de vicios importantes que no parecen preocupar sino a algunos pocos.
Y conste que no nos referimos a lo más notorio: los horrores ortográficos constatables diariamente. Pasando por alto esa carencia, es fácil advertir errores gramaticales en general y sintácticos en particular que tornan confusos los mensajes orales o escritos: oraciones inconclusas, enunciados truncos, preposiciones locas, pronombres absurdos, desconocimiento de los signos de puntuación, etcétera.
Si a todo esto sumamos la pobreza expresiva, las confusiones conceptuales, las dificultades para transmitir mensajes coherentes, estamos ante un panorama francamente desolador en el que la gran perjudicada es la comunicación, vale decir la primera función del lenguaje.
Entonces, bueno sería que las autoridades de la Educación prestaran más atención a estos asuntos prioritarios que las computadoras no son capaces de resolver.
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