Escrito por: Por Julio Guillot - Periodista
Ya a esta altura no caben dudas de que el capitalismo es un sistema genial. Está tan bien pensado, tan bien organizado, tan bien aceitados sus engranajes y primorosamente engrasados sus rulemanes, que realmente asombra.
Apoyado en el basamento filosófico-religioso del protestantismo que dio luz verde para el enriquecimiento personal, el capitalismo se fue consolidando con el paso del tiempo. Todo arrancó con la acumulación de capital, siguió con la revolución industrial, con la posesión de los medios de producción, con la explotación de los asalariados, con la apropiación de la plusvalía que éstos sin proponérselo generan, hasta llegar al súmmum: la especulación y las maniobras multimillonarias sin sustento tangible, papeles y juego en la bolsa.
Pero lo que más me maravilla de todo esto es la capacidad de convicción que tienen los que tienen la sartén por el mango; cómo nos persuaden de que es el mejor sistema económico que se haya inventado. Nos convencieron primero de que la riqueza es un bien inapreciable, un valor en sí misma, una meta a lograr. Nos convencieron de que debemos emular a esos triunfadores que se enriquecieron merced a su espíritu emprendedor e individualista. Nos convencieron de que es menester asegurar el éxito empresarial a toda costa so pena de que las empresas quiebren y dejen a sus empleados en la calle.
Y por fin, nos convencieron de que todos debemos poner el hombro solidariamente para salvar el sistema financiero: bancos en dificultades, inmobiliarias, cracs bursátiles, etcétera. Un curioso salvataje en el que no se salvan vidas humanas de un naufragio sino el patrimonio de unos pocos; solidaridad no con los más infelices, con las víctimas de un cataclismo, con los africanos diezmados por el sida o con los marginales de América Latina, sino solidaridad con los bacanes del primer mundo.
El sistema financiero se tambalea, y los gobiernos nos proponen sangre, sudor y lágrimas para salvarlo. Nos exigen sacrificios para que no se desmorone el castillo de barajas (o de arena) que nos encandila convenciéndonos de que vivimos en el mejor de los mundos posible. ¡Pobres ricos! No tenemos derecho de abandonarlos porque si no, nos vamos todos al carajo.
Claro que a ellos, a los ricos, a los bacanes del primer mundo (y a los del tercero también), les importa un carajo cómo vivimos los otros ni que nos vayamos al carajo… Total, si siempre estamos yéndonos al carajo; hace tiempo que estamos en el carajo… Y cuando el sistema financiero no se tambalea, cuando los negocios van viento en popa y los bacanes engrosan groseramente sus arcas, ¿alguien recibió algo de esas ganancias desmesuradas? ¿Alguna vez un empresario nos convocó para repartir los resultados de una buena temporada, de una buena zafra, de una buena cosecha, de una colocación acertada? Cuando las papas queman, la alarma cunde, se ponen lacrimosos y nos piden un esfuerzo. Pero cuando no queman, cuando están a punto para preparar una buena ensalada rusa que acompañe una modesta milanesa, ahí minga.
Pero no importa. Lo que cuenta es que sigamos aceptando los medios aunque renunciemos al fin. O sea que, para ganar dinero (el fin que todos debemos perseguir) debemos aceptar el medio que el sistema nos indica (trabajar) aunque renunciemos al fin (ganar dinero).
Es de una lógica impecable. No me diga que no son geniales.
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