Razonabilidad y ética para manejar la crisis
No es fácil en medio de la debacle de la hipertrofia del sistema financiero internacional evitar las visiones pesimistas sobre la perspectiva de la economía nacional. No es sencillo, en tanto, evitar la discusión sobre los riesgos que tienen las reformas sociales que este gobierno está implementando, todas las cuales tienen una relación íntima con la capacidad de financiarlas con gasto público creciente. Así está comprometido en el presupuesto nacional y corregido convenientemente en la última Rendición de Cuentas. Sobre esa vulnerabilidad del cambio social que tan estrecha dependencia presenta con la capacidad financiera del Estado, se ha iniciado una especulación de alto contenido político. Es natural imaginar que ella se incremente en la medida que la discusión sobre escenarios económicos próximos adquiera más relevancia. Si la composición de los escenarios próximos prevé los percances de un país débil y expuesto como era Uruguay a fines del siglo pasado, naturalmente, todos nos recogeremos en un pesimismo defensivo, paralizante y extremadamente riesgoso.
De allí que hay que trabajar un poco más en esa simulación de escenarios a futuro utilizando modelitos de predicción que no sólo tengan en cuenta lo obvio: la vulnerabilidad de un pequeño país endeudado y aún monoproductor de materias primas con escaso valor agregado. Hay que hacerlo con humildad republicana y profesional. La razonabilidad que se le exigió tantas veces a una izquierda, más púber en estas lides, debe ser una autoexigencia ética de quienes son requeridos por los medios en estas horas. No se puede agitar las sábanas y preanunciar catástrofes cuando, en la intimidad del pensamiento y la razón profesional, todos tenemos tantas dudas. Hay al respecto un principio nuevo e ineludible: hoy es posible observar la crisis global desde un país chico y vulnerable, pero cuyo respeto a las disciplinas y los contratos es comentado en cuanto foro internacional se discute la novedad económica del mundo. Hagámoslo. La izquierda no es tan atrevida como para arrogarse la autoría de ese plan de disciplinas y seguridades. Pero tampoco va a renunciar a ser calificada por la historia como una fuerza política que respetó sin descuidos esa salida comprensiva de la brutal crisis de principios de la década. No sólo participó con su propio sello en la aceptación y mantenimiento del plan que se iniciara en agosto de 2002 y finalizara a mediados de 2003 con la reestructura de la mayor deuda pública de la historia nacional, sino que protagonizó activamente en la ejecución práctica de aquel plan. Pueden existir retrasos en la ejecución de algunas etapas, las del fortalecimiento del BCU, por ejemplo. Pero hay reformas y proyectos vinculados estrechamente con aquella salida que hoy son leyes o están en vías de serlo, solucionado omisiones históricas del sistema de competencia y regulación que exige la economía moderna. ¿Efectivamente tiene Uruguay un problema fiscal en ciernes que explique una premonición de ajuste fiscal, manejado en titulares como un anticipo homérico de desgracias y rupturas? No es posible saberlo por varias razones. Entre otras porque, como es conocido en esos círculos agoreros de la tragedia, la saliente conducción económica ha dejado una reserva o espacio fiscal, desgraciada pero explicablemente oculto. El explica la tranquilidad de las respuestas de las autoridades cuando se les endilga el desborde del gasto. ¿Es posible comparar el riesgo de una pérdida de competitividad brutal con aquel dominante a fines de la década de los noventa y que a partir de la hiperdevaluación brasileña de 1999 precipitó la crisis argentina y se coló en Uruguay por un sistema financiero sin regulación ni prevención de riesgo alguno? No se puede, y todos lo sabemos. ¿Es posible ignorar que los empresarios y trabajadores uruguayos, advertidos de las amenazas y oportunidades actuales pudieran acordar salarios y condiciones básicas de estabilidad sobre los cuales afirmar el plan de estabilidad para los próximos treinta y seis meses? ¡Claro que es difícil! Pero de eso se trata. ¿Es necesario exigir una devaluación del peso, luego de que este ya ha caído un 12% en quince días? ¿Es profesionalmente ético y moralmente aceptable decir que la inflación ya no importa en las vísperas de la que, quizá, sea el viernes la reunión más importante del Comité de Política Monetaria del BCU en lo que va de la actual administración? Uruguay tiene una oportunidad de diferenciación y recreación de la confianza nacional tan inédita como la propia crisis en la cual navega. Activémosla sin que la especulación o el posicionamiento político nos aten las manos. Y hagámoslo sobre la base del optimismo .
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