Responsabilidad de proteger

El 10 de diciembre de 1973 un vuelo proveniente de Santiago de Chile ,desembarcaba en Estocolmo, capital de Suecia. Allí, en el mismo aeropuerto, un puñado de uruguayos y chilenos abrazaban a quien les había salvado sus vidas. Su nombre: Harald Edelstam, un diplomático de dilatada trayectoria profesional por su incansable defensa de los derechos humanos. En días posteriores al golpe de Pinochet conversaba telefónicamente desde la embajada, ubicada en la Avenida Pedro de Valdivia de Santiago, con el primer ministro Olof Palme, quien por la diferencia horaria con Chile atendía sus llamadas durante la noche en la cocina de su hogar escandinavo. Desde su casa, Palme le daba a Edelstam las claves e instrucciones precisas para salvar vidas humanas , socorrer a quienes escapaban de las garras de la brutal policía política fascista de Pinochet.

Harald Edelstam, abogado y diplomático sueco, fue un adelantado en la defensa de los derechos humanos. Durante su vida, impregnada de coraje, puso en práctica la doctrina de la «responsabilidad de proteger» (responsibility to protect). Fue así que salvó de la muerte a indefensas familias judías en la Alemania nazi en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial, veló por los derechos humanos en el brutal golpe militar de Indonesia durante 1965 y en Guatemala a fines de los años 60. La vida una vez más lo había puesto en situaciones críticas en donde sus protegidos dependían de sus valores, talento y probado amor al prójimo. Debe conocerse que el propio Harald Edelstam, luego del 11 de setiembre de 1973, izó con sus propias manos la bandera sueca en la Embajada de Cuba en Santiago, evitando una masacre y defendiendo la vida de la delegación cubana. Muchas noches durmió Edelstam en aquella embajada, a efectos de evitar que la DINA y el ejército golpista ingresaran con sus tanques a territorio diplomático. Muchas noches también, pernoctó en el recinto de la propia embajada sueca con compatriotas chilenos, uruguayos, brasileños y nacionales de diverso origen que estaban en Chile participando del proceso político que conducía el Compañero Presidente Salvador Allende.

Edelstam rescató del campo de concentración, fusilamiento y torturas instaurado por Pinochet en el Estadio Nacional a 58 uruguayos . Cincuenta y ocho razones de vida y de lucha que se constituyeron en los primeros liberados del infierno ñuñoíno. Allí, durante la liberación intervinieron nuestra ex vicecanciller Belela Herrera, Julio Baráibar, actual director nacional de Trabajo , líder de aquellos 58 hombres de hierro que lograron sobrevivir y viajar a Estocolmo gracias a un verdadero canje humanitario, luego de soportar estoicamente aquel calvario. En Ñuñoa se fusiló a compañeros a quienes se les hacía correr por el césped del estadio, disparándoles arteramente por la espalda. Se torturó y violó a mujeres a mansalva en el Casino del recinto deportivo ubicado bajo la actual marquesina del Estadio Nacional . Se reimplantó la medieval modalidad de tortura psicológica mediante el verdugo encapuchado recorriendo de manera implacable las tribunas del recinto, seleccionando a sus víctimas para exterminarlas. En esa verdadera cloaca convirtió a Chile el fascismo. Ese es el único legado de Pinochet: muerte, tortura y odio.

En medio de tanta oscuridad y junto a Harald Edelstam, un mayor de Ejército de apellido Lavanderos Lataste, de quien se guarda el mejor recuerdo por su bondad y dignidad republicana, otorgó la libertad a los uruguayos a mediados de octubre. Cabe agregar que los 58 compatriotas fueron detenidos el 17 de setiembre de 1973. A poco de ocurrida la liberación, un disparo en pleno cráneo sesgó la vida de Lavanderos Lataste, a quien los militares golpistas enquistados en aquel centro de torturas endosaron también ­al igual que a Salvador Allende­ como causa de muerte el suicidio (…) Harald Edelstam pasará a la mejor historia diplomática mundial. En medio de encuentros clandestinos en aquel Santiago bajo «Toque de Queda» , le confesaba al escritor chileno Poli Délano que la vida lo había colocado en situaciones extremas. En ellas, el apremio físico y psicológico, la delgada línea entre la vida y la muerte ponían constantemente a prueba su estatura moral y valentía. Retrotrayéndonos al ya lejano 10 de diciembre de 1973 finalmente, Harald Edelstam, Arcángel, junto al gran primer ministro Olof Palme de un pueblo sueco que nos brindó durante las dictaduras y desde siempre tanto afecto a los uruguayos y chilenos, bajó una niña en brazos del avión, hija de una refugiada chilena asilada en la embajada escandinava en Chile. Esa pequeña es el símbolo de la vida y del triunfo de la luz sobre la oscuridad, representa la esperanza, la responsabilidad de proteger al más débil, bajo cualquier circunstancia, en todo escenario, en el cotidiano vivir, donde nuestro bien más preciado y la defensa de los derechos humanos se encuentran a prueba siempre. En tiempos actuales complejos, bajo los signos de la dominación cultural imperialista para la cual el Derecho Internacional, la coexistencia pacífica entre los pueblos y la plena vigencia del derecho a la vida y la integridad física y psicológica de la personas están sujetos a sus propios y hegemónicos intereses, recordar y homenajear a Harald Edelstam es una cuestión de principios. Fue así que, en Santiago, el pasado miércoles y en la sede de la Biblioteca Nacional, suecos, cubanos, uruguayos, chilenos y colombianos, reafirmamos nuestro compromiso ético y moral en defensa de la libertad, los valores democráticos y el triunfo de la vida frente a la barbarie criminal y genocida, evocando al inolvidable patriota sueco. En nombre de los compañeros uruguayos a quienes salvó de la muerte en Ñuñoa, en nombre de las más de mil personas rescatadas en aquellos días por su propio coraje y sacrificio, en nombre de la humanidad: ¡Gloria y honor a Harald Edelstam!

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