EDITORIAL

Oportunidad de  un estadista

En la medida que se profundiza la crisis y sus efectos devastadores se desparraman por todo el orbe, la discusión más interesante gira del análisis de la batalla económica para volverse a temas previos y más decisivos. Uruguay, ya golpeado por las primeras consecuencias de la crisis central, también tiene en ella una oportunidad insoslayable. En el último cuarto de siglo de la democracia recuperada han sucedido muchas cosas en este país pero una de ellas debe ser rescatada y blandida como poderoso instrumento para lidiar en la crisis; la madura razonabilidad de su sociedad y la fortaleza de sus instituciones principales. La política es la continuidad de la guerra ­inversión oportuna de la máxima de Clauswitz­ y la economía es la continuidad de la política tal cual está siendo demostrado en estas horas. Ya nadie duda que en el mundo se libra una batalla campal por la dominancia de un orden emergente cuyas características son imposibles de adivinar en estos momentos. Las advertencias de Bernanke y Paulson respecto a la amenaza que supone para EEUU cualquier diferimiento de la aprobación legislativa del megaproyecto de asistencia ­una droga peligrosa­ ha sido formulada en términos inusuales. Empero, en esa alarma hay un sustrato de realidad básico: todo el sistema de garantías de los interconectados mercados financieros está literalmente quebrado. Los precios de los activos no son ponderables ni expresables en monedas de valor relativamente predecible en la jornada siguiente. De igual manera se ha paralizado el sistema de negociación multilateral. En estas condiciones y por un buen tiempo el multilateralismo está cuestionado. La amenaza se cierne sobre Norteamérica pero sobrevuela el mundo. Ningún desenlace simulado desde esto que parece ser un epicentro de la crisis tiene formatos predecibles. Sin embargo, esta vez no hay probabilidad alguna de reedición de aquella «batalla final». La guerra, capaz de enfrentar a unos y otros en procura de una dominancia nueva en los mercados globales. No lo hay porque la confrontación es demasiado amplia y compleja para permitir la diferenciación de los bandos. Pero además, porque el avance de la humanidad ha instituido el valor de la vida cual potente disuasiva de cualquier acrobacia bélica mayor. En otro tiempo, con esta reestructura del poder económico en ciernes, el mundo ya se hubiera sumergido en una guerra inconcebible.

Ello no implica que la fenomenal crisis en curso no provoque efectos similares a los que impusieron la dominancia de los triunfadores en las posguerras de antaño. Ahora, sin embargo, ese escenario será también una expresión de la discontinuidad; un escenario de alternancia en el cual a priori tampoco están definidos los ganadores. Algo de esto estaba siendo anticipado por la negociación multilateral del comercio. Las grandes potencias ya no tienen el espacio que habilitó en Blair House el acuerdo de cierre de la ronda Uruguay en 1994. La protección excesiva daña en sí misma, pero además es sancionada en los tribunales que con asiduidad sorprendente han venido laudando a favor del derecho de los sempiternos desposeídos. En las salas de la negociación final, la periferia del mundo comienza a disputar el poder. Allí, en esos espacios antes vedados por la autoridad o la renuncia propia. ¿Dónde está Uruguay en la crisis? ¿Cómo observamos sus ciudadanos y representantes los desenlaces? ¿Cuánta voluntad y ambición tiene la nación a participar activamente en ellos? ¿Puede hacerlo? ¿Quiere? Obsérvese que la interrogante no demanda sólo al gobierno de turno. No es este el momento de renunciar a incorporar a la ambición del cambio la imaginación de una trascendencia de nación capaz de sorprender y sorprenderse enfrentando las amenazas, que las hay y serias, desde una convicción ofensiva. Sin enfrentar activamente las alternancias de afuera, no seremos capaces ni dignos de avanzar en los cambios sino que ellos se enlentecerán o encarecerán en demasía. Se le pide al Dr. Vázquez que renuncie a su decisión de no ser reelecto en vez de pedirle algo más atinado y digno de sus cualidades de estadista: la asunción de un liderazgo de los orientales unidos para utilizar las oportunidades generadas por la crisis de los otros, posicionando al país definitivamente como una nación de orientales honestos, respetuosos de las leyes y los contratos, inventores de un modelo de inclusión y unidad inédito en la América actual, país de convergencia de la mejor inversión corrida desde los mercados de la desconfianza y, sobre todo, tierra de reencuentro de las familias desperdigadas por el mundo. ¿Por qué no reencausar la discusión nacional en esta dirección?

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