Inseguridad en La-calle Larrañaga

Según cifras elaboradas por el INE, voceros oficialistas nos dicen, «en un año, 152.345 uruguayos zafaron de la pobreza», que dicha cifra representaría una disminución del número de pobres en 4.7%.

El 4.7% cabe 21.28 veces en cien, con lo cual si multiplicamos 152.345 x21=3:241.901, que sería el total de pobres del país.

Que sería el total de los habitantes estimados en el país, con una natalidad que apenas cubre la tasa de remplazo, pero que es devorada en un cincuenta por ciento por la emigración, año a año, en las últimas décadas.

Por otra parte, en el mismo boletín basado en el INE, se establece que «el nivel de pobreza se ubicó en el país en 21.7%, lo que implica que aún 878.312 compatriotas se encuentran bajo los niveles de pobreza». Si 21.7 cabe 4.6 veces en cien, el total del país, según estas cifras, estaría en 4:047.520. Si como dice el informe, «mientras el nivel de indigencia alcanza al 1.7% de los uruguayos», aplicando este porcentaje al número total de la población, los indigentes serían un total de 68.808.

La gran pregunta que nos hacemos frente a estos números es: ¿cuántos somos realmente? ¿De dónde se puede sacar que somos algo más de cuatro millones?

Y si lo somos, ¿cómo justificar que tres y cuarto millones de pobres?

Se concluye que el diseño de país estaría dando vida, de buena a muy buena, a sólo 805.619 personas, el 19.9%, un quinto del total.

La gran bonanza económica es recibida por un quinto de la población, los otros cuatro quintos «con la ñata contra el vidrio».

Y en estado desesperante el 1.7%, 68.808. «Pobres de solemnidad», como decían en tiempos de la colonia.

En medio de la gran fiesta de los precios internacionales, «la torta creció», y «el efecto derrame», como gustan decir los liberales, ¡sólo permitió bajar en un 4.7% la pobreza y en 1.7% la indigencia!

Pero, ojo, que esto pudo ser peor, ni aún hubiéramos logrado abatir en 4.7 la pobreza, de no haberse instrumentado los planes de emergencia, la extensión de la cobertura mutual a los menores por efecto del FONASA y los incrementos en las coberturas de ASIGNACIONES FAMILIARES DEL BPS, ¡la pobreza global sería el 24%! ¡El lacallismo se hubiera ahorrado estos gastos del Estado!

La oposición objeta, justamente, las medidas atemperantes de la injusticia instrumentadas por el gobierno. Es el modelo de Végh Villegas, firme aún, el que ha expulsado a las cuatro quintas partes de la población de los frutos de la riqueza que genera la tierra.

Porque en definitiva, tenemos una economía solar, todo lo que generamos es fruto de la alta productividad de nuestro rico territorio, cada vez más vacío y enajenado.

La barra brava clama por su seguridad, que los pobres, faltos de trabajo, de medios materiales y culturales para emigrar, se enrolen en la milicia que los vuelva dóciles y baratos.

La barra brava, con cara de naipe, pide campos de concentración para los pobres infractores.

Penas de ocho años para los arrebatadores, cadena perpetua para los menores. Mientras sus vecinos de barrio, sus parroquianos, los Peirano, apenas purgaron cuatro por saquear a un pueblo. ¡Y todo por falta de jurisprudencia! Cayeron en la rodada los desinformados, «los no amigos», los tontos que temen a los rapiñeros y confían en los banqueros, en fin, pobre gente, ingenua, de los menos pobres entre los pobres.

La inseguridad está en la matriz del sistema, en un diseño económico de achique que lleva cuarenta años. No se arregla ni con represión ni con caridad.

Pero, si nos queremos cuidar, mejor es no transitar La-calle Larrañaga.

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