Fútbol, violencia y sociedad
Cuando se produce la fractura del orden legal, en particular cuando se ataca el orden moral de una sociedad verbigracia, la violencia en el fútbol no necesariamente se debilita el paraguas normativo de esa sociedad, dado que una fuerte reacción de los espacios informales o del aparato formal de sanción de trasgresiones, fortalece nuestro sistema de valores y creencias; pedimos justicia, mayor control policial, el periodismo demanda extirpar el mal, y la clase dirigente promete actuar con todo el rigor de la ley. De este modo, cualquier intento trasgresor contribuye al apuntalamiento de los códigos consensuados socialmente. Sin embargo, junto a esa lógica de funcionamiento social claramente benéfica, discurren muchas otras que la cruzan, acarreando en el proceso consecuencias imprevisibles y muchas veces indeseadas. Una de ellas, acorde con nuestra forma uruguayísima de ser, la constituye la exigencia de implementar soluciones ahora mismo, ya. En el espacio que media entre estas urgentes demandas y la inmediata respuesta que determina esta contradictoria circunstancia, suele aplazarse la consideración objetiva del problema, subvirtiendo así el orden lógico que impone toda intervención social. Consideración objetiva en un sentido fuerte, y para el caso que nos ocupa, el que pueden ofrecer para su abordaje las ciencias sociales; es decir, un enfoque que contribuya a la comprensión de esta realidad proveyendo una base más amplia para reflexionarla, un método para guiar esa reflexión y un respaldo empírico para sustentarla.
Con independencia de la comprensión puntual del problema en cuestión, se hace necesario referirlo al contexto social en el que se expresa, dado que el deporte no es un reflejo mecánico de la sociedad, sino parte constitutiva de ella. Maticemos estas cuestiones con un ejemplo: el caso de los detenidos desaparecidos en nuestro país. Este delicado aspecto de nuestra vida social requirió de un largo proceso durante el cual se fueron generando las condiciones políticas, sociales y técnicas para fundamentar su impulso. Políticas, en tanto voluntad y decisión para alcanzar el fondo del asunto; sociales, porque los grupos de acción colectiva cumplieron y cumplen con la función de reactualizar esa voluntad, al tiempo de alimentar sostenidamente la memoria de aquellos sucesos en el imaginario colectivo. Condiciones técnicas, puesto que hubiera sido impensable el hallazgo de restos humanos sin una cuidadosa revisión y análisis de las pruebas disponibles, y la orientación técnica para guiar el proceso de búsqueda, recuperación y posterior identificación de aquellos. Vale decir, que este esfuerzo social lúcidamente articulado, contribuye de manera absolutamente central a disminuir el margen de tolerancia social a este tipo de violencia, claramente identificado con el nunca más. Aunque el ejemplo es extremo, resulta útil para diseñar un horizonte de contraste. Acorde con las características episódicas de la violencia en el fútbol en nuestro país, la conceptualización socialmente elaborada acerca de ella recibe un tratamiento puntual, en el momento en que tales episodios irrumpen en la opinión pública, generando una desaforada producción discursiva que no suele transgredir los distritos de la opinión, junto a la recurrencia analítica de ciertos aspectos que adquieren estatus de lugar común, que repetidos incansablemente adquieren una legitimación de lo «real» que no resiste la verificación empírica. En el extremo, tales lugares comunes deberían, razonablemente, considerarse a modo de hipótesis de trabajo que necesariamente deben ser verificadas en la práctica del ciudadano promedio. Por ejemplo, la eventual ausencia de las familias en los estadios, o la circunstancia de que cada vez menos público asiste a los mismos.
La saturación expositiva de estos y otros supuestos atribuibles a la violencia en el fútbol, desplazan el cuestionamiento acerca del resto de los actores que participan en él y que juegan su papel deliberada o fortuitamente haciendo recaer el énfasis elegidamente en las barras: una, sólo una de sus manifestaciones visibles. Una hipótesis de trabajo bien puede establecer que el umbral de tolerancia social hacia la violencia en sentido general es muy alto en nuestra sociedad, y una mirada que exotice lo cotidiano hallará, sin tropiezos, indicadores en los más diversos espacios sociales, desde el legislativo hasta el cultural, donde episodios de violencia simbólica y en ocasiones física, suelen ser moneda corriente.
Tal vez sea necesario instalar el tema de la violencia en el fútbol con amplitud, dado que no existe un lugar completamente aséptico, como vemos, desde donde mirarlo. Es necesario entenderlo como un proceso en construcción propio de nuestro estado civilizatorio actual, cuyo avance está emparentado a la necesidad de construir articulaciones políticas, sociales y técnicas que contribuyan a la disminución de aquel umbral de tolerancia hacia las distintas formas de violencia, claramente exaltadas, por ejemplo, en el discurso de cierto periodismo deportivo o en las crónicas rojas de nuestros espacios informativos de TV muy cerca de la subjetividad periodística y que, escapando a la lógica de la información, se instalan en otros espacios como un programa de entretenimiento más. Requerirá de tiempo mitigar estos y otros muchos excesos; sólo entonces podremos considerar nuevas opciones.
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