Ante el tsunami financiero mundial
Sea cual sea la salida que se produzca al tsunami financiero que recorre el mundo, las condiciones económicas y financieras en las cuales se han procesado las reformas y las operaciones de inclusión social de este gobierno, han de variar sustancialmente. Tal certeza no debería, sin embargo, provocar una parálisis, sino una reasunción del protagonismo de las mejores políticas. Aquellas capaces de convocar a la gente al entusiasmo de la acción inteligente.
Hasta el episodio de la solicitud de quiebra de Lehman Brothers y la preparación de los documentos para la presentación de la similar de AIG, el gobierno norteamericano mantenía la esperanza de poder finalizar la campaña electoral sin exposiciones mayores de la crisis. La decisión comunicada por el secretario del Tesoro en las primeras horas del lunes anunciando que el gobierno había llegado al límite de su capacidad de transferir riesgos y costos hacia adelante asistiendo a los perdedores, fue la señal que colocó la crisis en un andarivel político diferente. De aquí en más, las fuerzas del mercado y la realidad harán lo suyo habilitando la capacidad de reestructuración de la crisis, con los dolores consiguientes. De tal manera, parecería haberse habilitado una salida relativamente larga y dolorosa de la crisis global, en cuyo transcurso se derrumbarán mitos y accederemos a una discusión de la política y la filosofía política más rica e interesante aún que aquella que en la posguerra impuso la temática del desarrollo y los equilibrios en la economía, o del intervencionismo y el multilateralismo en la política internacional.
Las características de esta crisis se aproximan a las de una crisis de solvencia del sistema global. Nada será igual de aquí en más. Ni en la economía, ni en la política ni, probablemente, en la definición de los «fundamentos» del capitalismo moderno.
Independientemente de ello, ese aserto es muy general. Ni los países ni las familias pueden quedarse en la contemplación de los desenlaces imaginando con pasividad y resignación escéptica cómo serán los escenarios de la continuidad reconstruidos por otros.
De alguna manera la ruptura de los frágiles equilibrios previos ya ha disparado una carrera por la ubicación de los países más poderosos en condiciones de mejor utilización de esos desenlaces. De esa carrera participan en condiciones diferentes sólo aquellos países que, chicos o grandes, pobre o ricos en recursos materiales, tengan la cohesión social y la capacidad cultural e institucional de diseñar esas políticas de utilización de las oportunidades que toda crisis conlleva.
Uruguay arriba a estas instancias críticas con fragilidades estructurales serias. Esta administración ha heredado todo tipo de desprolijidades y descuidos institucionales, sociales y económicos. A esa heredad de fragilidades este gobierno le ha agregado las consecuencias de tomar riesgos demasiado concentrados en un lapso muy breve. Más allá de la calidad y sustentabilidad de las reformas, su concentración en un tiempo histórico muy breve multiplica enormemente el riesgo inherente a todo cambio.
Desde esta emergencia entendida como conjunción de riesgos y oportunidades es necesario repensar la política y los programas. La izquierda debe liderar ese proceso de ajuste interno, revisando y mejorando la solidez de los cambios en marcha. Pero a la vez debe liderar un encuentro nacional tan necesario como posible. En gran parte, del resultado de esa audacia inteligente de la izquierda dependerá si Uruguay se ubicará entre los perdedores o los ganadores del desenlace global.
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