El camino de la tolerancia
Una bienvenida muestra de tolerancia política se ha comenzado a expresar por estos días. Los actos de la asunción de senadores y diputados en la XLV legislatura y las negociaciones que se han concretado, han sido actos en que los «buenos modales» políticos han comenzado a ser el denominador común de las relaciones entre los distintos partidos. Los uruguayos con el nuevo siglo parece que estamos inaugurando una nueva era política, al parecer llena de novedades en ese sentido.
Por supuesto que este replanteo no significa que las diferencias se hayan mitigado entre los distintos sectores ni que, como ocurre cuando el Encuentro Progresista-Frente Amplio reclama una representación de acuerdo a su poderío (recordemos que la coalición de izquierda se ha convertido en el sector político más importante del país), la mayoría de colorados y blancos sigan manteniendo posiciones renidas con la lógica política, tratando de seguir reafirmando el privilegio de ocupar la mayoría de los cargos de confianza. Saben muy bien, lo han aprendido durante estos anos de trabajo coaligado, que el poder real está sustentado especialmente en el compromiso de la gente que se encuentre usufructuando cada uno de ellos.
Sabemos también que la negativa a la participación de representantes del Encuentro Progresista tiene el límite de la correlación de fuerzas y el mismo se expresa en el poderío de la coalición de izquierda, cuyos votos son imprescindibles para que el gobierno pueda efectivizar una cantidad muy importante de acciones legislativas, que van desde venias para el nombramiento de los organismos de contralor (Tribunal de Cuentas, de lo Contencioso Administrativo), como para otra variedad de temas que modifican diametralmente la posibilidad anterior de imponer criterios con el brazo enyesado. De alguna manera los actos del pasado día 15 fueron históricos y emblemáticos para una cultura política en que, por muchos anos, el bipartidismo tradicional parecía intocable. Hoy blancos y colorados, borrando sus históricas diferencias, debieron concretar un acuerdo para poder vencer en el balotaje al candidato de la izquierda que, sin embargo, en la etapa electoral anterior se había consagrado como la primera minoría, con más del 40 por ciento del voto de la ciudadanía. Aquel bipartidismo se ha modificado y, es claro para todos los que quieran un futuro de progreso para el país, que es necesario iniciar en esta etapa de transición –como se ha hecho– un nuevo nivel de relacionamiento, civilizado e inteligente que, más allá de las diferencias, vaya construyendo una firme base democrática que posibilite la alternancia en el gobierno de los distintos partidos.
La intolerancia mostrada en más de una oportunidad por el gobierno del doctor Sanguinetti, que se ha negado a abrir el juego a los sectores de la llamada izquierda y, de alguna manera, también ha alentado a que algunos nostágicos de los tiempos oscuros se expresaran agitando los viejos y desactualizados fantasmas de la guerra fría, parece que quedará atrás. Nunca en este período de gobierno hubo un llamado de atención a un militar o civil que en actos oficiales haya reivindicado ese pasado de intolerancia, que finalizó en el flagrante delito que se expresó con la aplicación del «terrorismo de Estado».
Por supuesto que no somos ingenuos para creer que hemos ingresado en una idílica etapa en que todo serán sonrisas, abrazos e invitaciones a compartir asados. Estamos a pocos meses de las elecciones municipales y ya se han comenzado a encrespar algunas aguas, con declaraciones que intentan oscurecer lo que está bien claro y, además, torcer voluntades sobre la base de metodologías que conocimos durante la campana electoral anterior. Pero hay más; todavía los intereses de unos y otros no se han mostrado en políticas concretas, en proyectos de ley o decretos que intenten modificar la realidad. Está claro, además, más allá de discrepancias en las instrumentaciones, los objetivos finales son medianamente encontrados. Nadie del gobierno electo, más allá de las expresiones de buena voluntad, ha desmentido que su objetivo será hacer crecer al país para ir terminando con la pobreza. Pero lo importante es preguntarse ?será por el camino de una mejor distribución de la riqueza, o solamente intentarán aplicar políticas sociales «gatopardistas», para que en el fondo todo siga como está?
Sin embargo hay algunas reglas de juego, fundamentales para el futuro del país, que no se podrán romper pese a que al Encuentro Progresista se lo siga intentando agredir (término fuerte pero justo para definir la situación) con la negativa a integrarlo en los directorios de los Entes Autónomos. Es que el gobierno de coalición entre colorados y blancos no se ha podido desprender de viejas prácticas en las que los cargos (reconociendo su importancia en un esquema de poder), se convierten en un objetivo en sí mismos, ya que con ellos se pagan favores políticos, siendo casi el único elemento aglutinante que les queda.
Por otra parte parecería que ya no es posible, en este esquema de país, que se intenten incivilizadas agresiones contra la institucionalidad, o se trate de desdibujar la legalidad para trancar soluciones que deberán ser para todos los uruguayos.
Por ello y en razón de que el Uruguay no admite más demoras para ingresar con todas sus fuerzas y con toda su gente en el camino del progreso, que sería conveniente ahondar en forma consciente y sistemática ese mejoramiento en el relacionamiento político de que hoy se hace gala.
La tolerancia, entre todos, aparece como fundamental para iniciar un camino de diálogo y, porqué no, de coincidencias.
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