EDITORIAL

El programa como oportunidad, la verdad como requisito

En unos días más, con el regreso del Presidente y sus ministros, el debate político cobrará nuevas dimensiones, precipitado por la integración definitiva del equipo económico de la transición y, sobre todo, por la información que se rodeará la definición de roles y posicionamiento de la izquierda de aquí a octubre de 2009. Ese escenario abierto nuevamente al regreso de un viaje coincidirá con todo tipo de tensiones. Entre otras, la que deriva de la salida de una de las crisis más fenomenales que afecta al sistema económico y parte importante del pensamiento dominante del centro.

Debido a ello, importa el intento de ubicar la actitud de los operadores políticos y formadores de opinión local, antes que nada ciudadanos de una promesa de país en vías reales de desarrollo. Entre la racionalidad individual y la razón social hay un vínculo que distingue la riqueza real de los países en proporciones mucho más determinantes en la modernidad que aquellas ventajas comparativas o competitivas que, medidas con la escasa regla del mercado, distinguía hasta hace bien poco a las naciones pudientes de las otras. El ejemplo más notorio, dramático y riesgoso es, precisamente, lo que le cuesta a los EEUU esa distorsión de razón y verdad: la guerra, los déficits, el ablandamiento de las disciplinas contractuales, han producido un verdadero caos, capaz de introducir un riesgo histórico sobre la hasta ahora insospechable estabilidad norteamericana.

En Uruguay, los problemas son diferentes y atañen, esencialmente, a cómo se comportará la sociedad, desafiada en ese cruce de racionalidad individual y razonabilidad ciudadana frente a los desafíos que se le presentan. Justamente en el umbral de un período en el cual se definen muchas más cosas que una simple alternancia de partidos políticos en el gobierno. La estructura del cambio, que no tiene un solo color ni una única bandera, cruje ante el riesgo de crisis de mala administración o incapacidad del sistema de representación para operar en ese nuevo escenario que se instalará en pocas semanas. Nos importa sobremanera cómo ha de pararse la izquierda frente a este escenario. Su responsabilidad no sólo tiene que ver con el ejercicio de sus funciones de administración circunstancial. El desafío de representación frente a esa emergencia de oportunidades pasa necesariamente por los aciertos de sus ejecutivos, legisladores, líderes y militantes en las tareas más concretas de la política; pero ese desafío para esta izquierda se define en si es capaz o no de entender esas claves de razonabilidad y racionalidad que se le exigen. Dejando de lado las funciones de gobierno, el núcleo de ese desafío se concentrará de aquí en más en la actitud que tenderá esa fuerza política decisiva en el tratamiento de los temas programáticos cuyo calendario de aquí a diciembre acaban de definir sus autoridades.

Debe haber novedad y sorpresa en esa discusión. No es este un momento en el cual se pueda invitar a la ciudadanía a un debate tradicional del programa de la izquierda. Ni hacia adentro ni hacia fuera de la fuerza política. Ni en sus formas ni en sus sitios usuales. Pero sobre todo, la izquierda debe enfrentar la discusión del programa en ese contexto que la desafía y enfrenta a esa exigencia de razonabilidad. Pero además, esa discusión debe recrear la audacia y la ambición de cambios profundos. No es este el momento de avanzar en algunos presupuestos o requisitos que tendrá esa discusión programática. Empero estamos seguros que ella no puede ser diseñada siquiera sin apelar a un profundo y vívido sentimiento de verdad. La discusión de un programa en las condiciones actuales de la izquierda se refiere esencialmente al poder y el poder exige verdad. Capacidad de soñar, ambición y audacia, pero esencialmente verdad. Si ese prerrequisito es aceptado y valorado, es inaceptable cualquier propuesta que eluda o evite esa verdad. Su instalación en el centro del debate no siempre es cómoda o funcional con otro tipo de exigencias. Por ejemplo, las del tributo a la unidad que deviene de diagnósticos simples o complacientes. Tantas veces desplazada de la confrontación bárbara, esa verdad vuelve siempre, interrogativa, desafiante del poder que ha osado soslayarla.

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