Prohibiciones progresistas
De entrada quiero aclarar que he votado al doctor Vázquez en todas las oportunidades en que fue candidato a presidente. Y agrego que lo votaría nuevamente si dejara de ser obstinado y aceptara la reelección.
Pero eso no es óbice para que exprese mis discrepancias con el primer magistrado, porque por suerte mi espíritu crítico se mantiene intacto, al igual que permanece inmaculada mi independencia de criterio.
No me gustan los fundamentalismos. Nunca me gustaron. Y creo, con los debidos respetos al compañero Tabaré, que en algunos temas nuestro caro presidente exhibe un comportamiento que tiene algo de fundamentalismo. Esa misma obstinación de que hablo al comienzo y que lo lleva a negarse a aceptar su reelección, es la que aflora cuando se plantea la despenalización del aborto o cuando comanda sus huestes en la guerra sin cuartel contra algunos vicios muy arraigados en la sociedad.
Comprendo las razones muy válidas para combatir el tabaquismo; estoy de acuerdo en que se promuevan campañas para desestimular el hábito de fumar y para advertir sobre los daños causados por la inhalación de humo de tabaco; acepté, con resignación, no fumar en los boliches ni en la redacción del diario, y con no menos coraje y dignidad soporto las inclemencias del tiempo para fumar a la intemperie. También digo que mucho antes que se decretara la prohibición de fumar en lugares cerrados, tenía yo por costumbre respetar a los no fumadores y me abstenía de hacerlo estando con ellos, incluso en mi casa, costumbre que mantengo, desde luego.
Así que todo bien con esas prohibiciones. Pero resulta que ahora tampoco se puede fumar en algunos sitios abiertos, y empiezo a temer que llegue un momento en que se proscriba ese pequeño placer hasta en las calles. Y lo que es peor: al tren que van las cosas, no me extrañaría que se habilitara a los inspectores de Salud Pública a ingresar intempestivamente en los hogares y llevar detenidos a todos aquellos sorprendidos in fraganti en brazos de la nicotina.
Y eso no es nada. Como esos fieros guerreros que no pueden estar sin pelear, el ejército de cruzados se dirige ahora contra otro enemigo de la salud y de las buenas costumbres: el alcohol. Un par de constataciones actuaron como disparador: que el 40 % de los accidentes automovilísticos se debe a conductores alcoholizados, y que los jóvenes consumen alcohol desde edades tempranas.
Fernando Savater reflexionaba con ironía diciendo que, en vez de prohibir el alcohol, porque está presente en el 40 % de los accidentes, mejor sería prohibir los automóviles, que están presentes en el 100 % de los accidentes… Pero estas sabias reflexiones no son tenidas en cuenta, y ya veo el fantasma de la ley seca recorriendo el Uruguay.
No creo que los jóvenes de hoy beban más que lo que bebíamos nosotros cuando éramos jóvenes, por lo que la alarma me parece exagerada. Y en todo caso, al igual que con las drogas duras, tratar de averiguar por qué los gurises consumen esas sustancias en vez de prohibirlas; atenderlos y entenderlos, darles pelota, tenerlos en cuenta, escucharlos, darles espacios.
Porque si seguimos así, ¿qué podemos esperar? ¿Cuál será la próxima batalla? ¿La emprenderán contra los carbohidratos, contra los picantes, o preferirán dirigir sus misiles contra la fornicación?
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