EDITORIAL

Elecciones de 2009: el panorama se aclara

A medida que nos vamos aproximando al año electoral, las encuestas de opinión empiezan a señalar ciertas tendencias del electorado que ­por más que deban ser leídas con prudencia, en virtud del tiempo que aún falta para los comicios ­permiten analizar la realidad política. A dichas encuestas hay que agregar ciertos hechos verificados en los últimos tiempos que también pueden aportar elementos de juicio para el análisis.

Después del publicitado encuentro entre los senadores Larrañaga y Mujica en la chacra del primero, ha sido posible observar un leve pero no insignificante cambio en la actitud opositora del sector Alianza Nacional. El tratamiento en el Senado de las modificaciones al IRPF es una muestra elocuente de lo que decimos. Haciendo abstracción de la extensa exposición del herrerista Luis Alberto Heber, en la que no ahorró críticas a la política económica y social del gobierno, el Partido Nacional observó una postura que, sin abandonar la crítica, mostró una actitud mucho más proclive al entendimiento con el oficialismo. En ese sentido, cabe destacar el discurso mesurado del senador Eber da Rosa, un hombre que se ha caracterizado por su tono conciliador y respetuoso. Si bien es cierto que señaló discrepancias con la política tributaria del gobierno, se ocupó de resaltar los aspectos positivos de las modificaciones introducidas a la Reforma Tributaria; saludó el aumento del mínimo no imponible y la posibilidad de liquidar el impuesto por núcleo familiar, y anunció el voto favorable en general del Partido Nacional al proyecto en discusión.

Si a esto sumamos declaraciones del ex senador Alberto Breccia y del senador Mariano Arana, en sendas entrevistas concedidas a LA REPUBLICA hace algunos meses, en las que ambos coincidían en la necesidad de lograr consensos interpartidarios sobre temas de interés nacional que se plasmaran en políticas de Estado con amplio respaldo de la mayoría del espectro, puede razonablemente deducirse que hay una clara tendencia a moderar el discurso y a buscar entendimientos en aras de un gran acuerdo nacional.

Ahora bien, en este contexto, emerge nítidamente la posición contraria dentro de las fuerzas opositoras. En efecto, tanto el Herrerismo ­cuyo líder, Luis A. Lacalle, optó por la estrategia del enfrentamiento puro y duro con el gobierno­ como el Partido Colorado en su conjunto, no parecen dispuestos a acordar con la izquierda.

¿Qué lectura puede hacerse de esta circunstancia actual?

Si alguna virtud tuvo la reforma electoral de 1996, fue la de consagrar la candidatura única por lema partidario, con lo cual el panorama político electoral sufrió un sinceramiento y adquirió una transparencia de la que carecía antes de la reforma. Al respecto cabe recordar la lúcida sentencia de Hugo Batalla, cuando decía que «en el Uruguay el voto es tan secreto que ni el propio elector sabe a quién votó». Con la candidatura única, los partidos tradicionales perdieron la posibilidad de ofrecer opciones de izquierda a su electorado de modo tal que muchos batllistas y otros tantos wilsonistas emigraron de los viejos lemas tradicionales para adherir a la coalición de izquierdas.

Así las cosas, el Partido Colorado pasó a ser la expresión política de los sectores más conservadores de la sociedad, compitiendo con el Herrerismo en la captación de voluntades para su proyecto. Al respecto, es elocuente el hecho que la renovación colorada se encarna en Pedro Bordaberry y no en algunas corrientes de corte progresista que prácticamente han perdido espacio dentro de la vieja colectividad de Rivera. Mientras tanto, el centro del espectro pasó a ser disputado entre las tendencias moderadas del Frente Amplio y los sectores nacionalistas que se atribuyen la condición de auténticos y únicos herederos del legado wilsonista.

Para el elector, el panorama se vuelve cada vez más claro y transparente.

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