El peligroso encanto de los plebiscitos
Con la presidencia del doctor Jorge Batlle el país está comenzando a vivir cambios importantes. Aunque por el momento son más los anuncios que las realizaciones, no cabe la menor duda de que el primer mandatario se ha transformado en el permanente interpelante de la sociedad y del sistema político. No deja pasar dos semanas que sorprende con una denuncia, con una propuesta o con un anuncio. Logra, así, que el debate de los uruguayos sea siempre en torno a sus aparentes ocurrencias. Hay momentos que se planta ante la gente como gobernante, pero otras veces deja su sillón presidencial y parece pasarse a la oposición. Esto por cierto, desconcierta a muchos.
Mientras que su actividad mediática la realiza con fina soltura, también sabe dar pasos concretos, la mayoría de las veces sólidos, en procura de lo que es su proyecto de construir un país abierto en su economía, con un Estado pequeño donde el capital privado, predominantemente extranjero, se transforme en el motor del desarrollo.
Sus primeros pasos los dio en 2000, sin tocar –no lo intentó– cambiar la cultura política de los dos viejos partidos. Fue así que llegó a un Presupuesto fruto de transacciones, de capitulaciones y de imposiciones. Pero pareció no preocuparse demasiado por ello, siempre que el déficit no se le volviera incontrolable. Y cuando el déficit se le escapó de las manos, volvió al viejo recurso de más impuestos.
Su estrategia pareció, en 2000, a convivir con el actual Estado, para incursionar en este año sobre las empresas públicas, que dice no querer privatizar pero que busca transformarlas, como Ancel, en empresas mixtas o asociadas al capital privado (seguramente extranjero).
Al Estado, que lo quiere chiquito, lo aborda desde su periferia, entre otras cosas porque las empresas públicas son la única razón de interés para el capital financiero internacional. Es que nadie va a venir a comprar al Ministerio de Industria o de Ganadería y Agricultura, porque simplemente no es negocio. En tanto el único Ministerio con «algo» de empresa pública, es el de Transporte y Obras Públicas.
Por otro lado el Encuentro Progresista, que cuenta con el mayor respaldo electoral en la historia de la izquierda y es la primera fuerza política del país, se encuentra pesado, lento y a la defensiva. También sorprendido por un Presidente liberal que dialoga cuando le conviene, pero dialoga, aunque a la vez jopea al Parlamento y prioriza el acuerdo político con su socio blanco. Y que muestra sensibilidad a flor de piel por la tragedia de los años de plomo.
La izquierda se siente como muchachita linda que va a todas las fiestas y que nadie la invita a bailar. Va una vez, va tres veces, va cuatro veces y ahí le viene el berrinche, se frustra y no va más. Se radicaliza, en términos sociológicos,
Esa izquierda que se había propuesto renovarse para incidir de mejor manera y que para ello realizó talleres y debates, se abraza ahora a la idea de los plebiscitos, que le son condicionados por un sector de su electorado, sin darse cuenta que el escenario de acumulación de fuerzas de los impulsores del referéndum contra la Ley de Urgencia Uno, no es el mismo por el que debe andar la primera fuerza política del país con sus más de 800 mil votos.
La izquierda parece no comprender que cada posible derrota plebiscitaria contra las privatizaciones es el mejor aval moral para la política privatizadora de Jorge Batlle. Si Batlle gana dos o tres plebiscitos al hilo en materia económica tendrá vía libre para su proyecto de país, que no solo tendrá el respaldo de la fría letra de la ley, sino el respaldo moral de dos triunfos consecutivos en cada caso: el triunfo en el Parlamento y la victoria en las urnas. Si esto ocurriera, a Batlle no le podrían salir mejor las cosas.
Como decía un viejo dirigente obrero desaparecido: «Razones para hacer huelgas hay siempre, el tema es saber cuándo hay condiciones para lanzarlas y con ciertas posibilidades de éxito». Con los plebiscitos, pasa lo mismo.
* Periodista
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