Es ya un lugar común hacer referencia a la crisis energética que padece el país. Por no contar con recursos propios de combustible sólido, hace ya demasiado tiempo que el Uruguay depende absolutamente de la importación de petróleo para satisfacer sus necesidades energéticas. Cierto es que se han construido represas para la generación hidroeléctrica, pero como es sabido, las características de nuestro clima –tan variable e impredecible– hacen que muchas veces se caiga en déficit energéticos de importancia debido a que no se cumplen los promedios pluviales. Con todo, las centrales hidroeléctricas significan un adelanto en materia de generación de energía que permiten ahorrar petróleo y gas importados.
Desde hace poco tiempo se ha abierto una esperanza ante la expectativa de hallar gas o petróleo en la plataforma continental. Hay serios indicios de la existencia de dichos combustibles cuya prospección deberá encararse conjuntamente entre el Estado y empresas privadas que dispongan de trayectoria, experiencia y tecnología adecuadas a tal fin.
También se están implementando experiencias con otras energías alternativas como la eólica o la solar, sin contar la interesante iniciativa de ALUR, que se propone obtener biocombustibles de una variada gama de cultivos y que tiene la ventaja de crear fuentes de trabajo en el interior del país.
De lo que no hay duda es de la necesidad de encarar un debate a fondo y un estudio en profundidad que conduzca a encontrar soluciones sólidas a los problemas energéticos endémicos que enfrenta el país sin desechar a priori ninguna alternativa ni idea al respecto. En este marco, un comentario efectuado recientemente por el presidente Vázquez durante su visita a Israel volvió a poner sobre el tapete el polémico asunto de la energía nuclear como fuente de generación eléctrica. La iniciativa recibió una acogida por demás favorable de parte de los líderes opositores, la mayoría de los cuales son decididos partidarios de esa fuente de energía para nuestro país.
El momento puede ser oportuno para que se instale el tan necesario y postergado debate en torno al urticante asunto. Pero ese debate público y abarcativo sólo será útil en la medida en que el tema sea abordado en profundidad y sin preconceptos, sopesando con responsabilidad los pros y los contras de un emprendimiento muy costoso y que presenta riesgos nada desdeñables.
Hay que dejar de lado preconceptos y prejuicios para analizar la perspectiva planteada, tratando de entender el problema en su totalidad y con todas sus aristas. Habrá que consultar a ingenieros, desde luego, pero también a economistas, a arquitectos, a agrónomos y a especialistas en medio ambiente. La tragedia de Chernobyl está demasiado próxima en el tiempo y demasiado viva en el recuerdo como para ningunear el episodio y creer alegremente que es imposible que un accidente de similares características suceda en Uruguay.
Sin fundamentalismos y observando un equilibrio en el que pesen dosis iguales de pragmatismo y de sensatez ecológica, se deberá abordar el asunto. Hemos llamado la atención sobre la novelería tilinga de algunas posturas ambientalistas cuyos postulados y propuestas llevan a romper con la tecnología para volver casi a la Edad Media.
Pero también debemos llamar la atención sobre las posturas que, en la trinchera opuesta, son capaces de promover un desarrollo a cualquier costo sin medir su sustentabilidad, ni sus riesgos, ni su impacto sobre la calidad de vida de la gente.
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