Las Olimpiadas

Un buen pedido de informes sería para saber cuánto le cuesta al país, o sea a todos nosotros, ir a las Olimpiadas para hacer «papeles». El deporte en general, todos sabemos de su importancia en el desarrollo de la salud y cultura entre otras, de la juventud.

Agréguese el conocimiento, prestigio y respeto por cada país, por pequeño que sea, obtenido en diversos órdenes tales como el turismo, comercio, publicidad, etcétera. Macanudo.

Para lograr que eso suceda, debe haber una consideración respetable de parte del concierto mundial no sólo en lo deportivo sino en lo publicitado respecto a la situación general del funcionamiento y eficacia en los resultados que cada nación obtiene por los mismos.

Hace años y dicho en familia, o sea entre nosotros, que Uruguay admitido con honradez, ni siquiera justifica el costo de los pasajes ¡como ya se ve, en los resultados actuales! ¡No existimos en ninguna disciplina! Hasta en el fútbol nos ha llegado a ganar Jamaica en su momento no lejano.

Salvo un fogonazo muy breve por cierto del básquet, que tampoco se clasificó a las Olimpiadas, pero perdió con honor, el resto es trágico. A nuestros «atletas» hay que mirarlos de «abajo, pa’ arriba». Están generalmente entre los que llegan «tarde».

Los oros días, dos morenitas desnutridas y chiquitas a una uruguaya (muy «mona» por cierto…) desde la largada la dejaron última y en la llegada la esperaron con el «mate pronto». Una creo que era jamaiquina y la otra africana.

Las dos, de seguro no del «tercer» sino del sexto «mundo». ¡Apagamos la TV con una mueca de tristeza y dolor patrio! La esperanza, si había alguna, se basaba en el veterano Wynnants, de reconocida fama. Pero tampoco hay recambios y los «años no pasan solos».

Hizo lo que pudo. Años atrás, por méritos personales, no fueron muchos los que lo ayudaron y el Estado menos, tuvo su merecida gloria.

Pero tampoco se le puede pedir ser «eterno». La prensa nos ha querido ilusionar con algún supuesto «digno» tercer o cuarto puesto entre cinco o seis competidores.

Sale una fortuna que nadie menciona estratégicamente, mandar «atletas» con costosas delegaciones de técnicos, médicos, delegados y afines. Costos que paga el pueblo más necesitado para que unos cuantos conozcan Beijing, que queda muy lejos y es muy caro.

Y me juego la cabeza a que la mayor parte ni sabía dónde quedaba. Deben haber ido a ver el mapa mundi para no perderse. No estamos en condiciones de tirar «manteca al techo» dilapidando dineros en «trajecitos y sombreritos» saludando con las «manitas» y amplias sonrisitas al mundo para que nos miren con expectativas y terminen despectivamente viéndonos entre los peorcitos de la contienda.

A este punto, si en el futuro se desea volver con tanto frenesí, es preferible llevar pocas disciplinas que sean francamente buenas y mejor preparadas concienzudamente. ¡A pasear, no! Ponerse la celeste no implica sólo el aspecto emocional sino la representación política, social, deportiva y cultural del país.

No era buena cosa caer en el ridículo y por añadidura que trascienda a la subjetividad de nuestro propio pueblo el acostumbrarse a «perder». Hay generaciones enteras que no han visto ganar a Uruguay ni a la «bolita».

El Estado tradicionalmente es poco o nada lo que le ha dedicado al deporte. Ya se dijo, que los títulos obtenidos hace tiempo se obtuvieron por mérito de los atletas de entonces y el esfuerzo meritorio de algunos privados, sacrificados mecenas, que ayudaron a obtenerlos.

Claro, después que se gana, en las fotos correspondientes aparecen los presidentes de las repúblicas, ministros y legisladores «jeteando» con los triunfadores. El «Negro Jefe», el Mariscal Nazzasi, el «Tito» Borjas o el «Negro» Leandro Andrade fueron muy humildes ciudadanos que se «mataron» por el triunfo del país y murieron en la más paupérrima pero digna pobreza.

Y fueron auténticas glorias de nuestro deporte entre otros muchos como Atilio François, Pilar Bastidas y Dogomar, etcétera. No le costaron un solo peso, aunque, ¡vaya si se lo merecieron!, al presupuesto del Estado. El gobierno que venga, sea del «pelo» que sea, deberá ocuparse del deporte y su entorno.

No cometer la «burrada» suicida como hoy se está mentando, proyectar sacarles a instituciones deportivas sus estadios, los mejores y construidos con gran sacrificio, que son el sustento decoroso del alicaído deporte nacional.

Peor ocurrencia no les podría pedir. En definitiva, habrá que afrontar políticas deportivas con sus financiamientos, estrictamente controlados, no destruyendo lo bueno que puede haber, sino tecnificando el deporte en sí.

Las Olimpiadas y los mundiales y demás torneos internacionales, son muy lindos para pasear. Pero su fin verdadero debe ser prestigiar el país y no dejarlo en ridículo.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje