Los uruguayos, ¿somos así?
Los uruguayos nos creemos inigualables, maravillosos, «la tacita del Plata», «como el Uruguay no hay», «campeones de América y del Mundo», etc, etc, etc.
Sin embargo, para los brasileros somos «el enano llorón», para los argentinos «el hermano menor», para los sudamericanos «los casi-europeos que viven con sueldo de hambre» .
No se asuste, no se trata de una investigación antropológica ni sociológica. Simplemente es un paneo sobre la realidad que da pie para buscar entender de alguna manera lo que está pasando en la izquierda tanto en el plano político como en el sindical.
No se asuste que no será muy rebuscado, todo lo contrario. Comencemos por enfrentarnos a la realidad. Hoy se vive un momento de bastante caos cuando uno pensaría que ya era hora de comenzar a estrechar filas.
Alguno que se va del Frente Amplio, otro que está con medio cuerpo afuera, alguno que dice ‘con vos no voy a ningún lado’, aquel que le responde con mucha soberbia, el movimiento sindical unido pero a la vez sin unidad, en fin, no es el mejor momento.
Podríamos comenzar por señalar que lo que se vive, fundamentalmente, es una notoria ausencia de liderazgo ( entendiendo por liderazgo el tener ideas claras, saber trasmitirlas y tener «llegada» a la gente) tanto en lo político como en lo sindical.
Ello redunda directamente en que afloren posturas demostrando un desconocimiento de la historia reciente en nuestro país y en la región. La experiencia del golpe militar contra Allende una de las lecciones que deja es la falta de unidad interna de la izquierda y la aparición de grupos o semicaudillos que privilegian sus posturas por encima de determinados valores o realidades a preservar como base indispensable para poder seguir influyendo en la realidad, aferrándose a un argumento válido ( las ideas no se transan) pero sin ningún tipo de flexibilidad y adecuación al momento puntual, desconociendo que una cosa son las ideas y otra el momento para ratificarlas y para definir tácticas a fin de salvar exitosamente instancias que permitan seguir avanzando.
Pero también existen otras posturas, que se niegan a «dialogar», es decir, escuchar, entender qué es lo que opina o quiere decir el otro y buscar la forma de acordar.
Viven en un Olimpo donde todo lo que no sean loas al César, es ignorado. Bush también piensa que él es el bueno y todos los que no están con él son los malos.
Pero todos los hombres inteligentes que han aportado a la humanidad supieron ser autocríticos y cuando no lo fueron, perdieron. No existe hombre o grupo humano que no se equivoque y eso es válido para el que está arriba y para el que está abajo, nadie es dueño de la verdad. La verdad es un bien compartido por una comunidad y que necesita fortalecerse y enriquecerse a diario a través de la crítica y la autocrítica.
¿Acaso no nos hemos llenado la boca toda la vida combatiendo la política del «divide y reinarás»? ¿Es alguna novedad para nosotros? Sin embargo, hemos caído tontamente en ese pantano. Se ha perdido la relación con las bases, se ha privilegiado el aparatismo y ello ha provocado heridas que nadie, ni heridor ni herido, han podido, ni sabido, ni querido, sanar.
Se está viviendo una crisis; depende de cómo se encare, puede resultar una crisis de crecimiento o de autoeliminación. Hasta ahora nada está perdido, pero todos, los de arriba y los de abajo y los del medio, sin exclusiones, sin excepciones, deben estar dispuestos a buscar consensos y privilegiar «los bienes superiores», «la felicidad de los pueblos», para citar a Artigas. ¿Se pueden alcanzar estos ideales estando solamente en el llano ? Difícil.
¿Se pueden mantener viviendo en una torre de marfil y matando a los mensajeros? Tampoco. Aún hay tiempo para recomponer filas pensando realmente en la felicidad de las mayorías de nuestro país.
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