Conocimiento del pasado
En más de una oportunidad nos hemos ocupado de la enseñanza de la historia reciente, tema que tanta polvareda ha levantado entre los académicos, los historiadores, los políticos tradicionales y la sociedad en su conjunto.
Nuestra postura al respecto es clara: nuestra prédica desde hace más de dieciocho años ha puesto el acento en la necesidad de mantener viva la memoria de aquellos años terribles, de conocer la verdad (toda la verdad) acerca de lo que pasó entonces, de cuál fue el destino de los desaparecidos.
Lejos del olvido recomendado por los partidos tradicionales, lejos de la exhortación sanguinettista de no «tener ojos en la nuca», contrariamente a lo sostenido por la derecha en el sentido de que es menester «dar vuelta la página», el conocimiento exhaustivo del pasado y en este caso, del pasado reciente, el de los últimos cuarenta años es no sólo un derecho que asiste a toda la sociedad, sino que es un deber que concierne a todos los ciudadanos y sobre todo a los más jóvenes, los que nacieron y se criaron en la democracia posdictatorial. Que el asunto es polémico, nadie lo duda. Pero tampoco es concebible una sociedad sana que soslaye hechos incómodos o dolorosos con el argumento de que «hay que mirar hacia adelante» y no atarse al pasado.
Han transcurrido más de ciento cincuenta años del famoso episodio de los Mártires de Quinteros; hace más de cien que Aparicio Saravia se levantó en armas contra el gobierno despótico de Idiarte Borda y, unos años después, contra el gobierno constitucional de José Batlle y Ordóñez; pronto se cumplirá el 149 aniversario del martirologio de Leandro Gómez y sus heroicos soldados en Paysandú. Hablamos de hechos luctuosos en los que se enfrentaron orientales y no de episodios de una guerra contra un país extranjero (por más que en el asedio a Paysandú, Flores haya contado con el apoyo de Mitre y del Imperio del Brasil). Y a nadie se le ocurrió (ni se le ocurre actualmente) borrar de los textos de historia esos acontecimientos de nuestra historia; a nadie se le ocurrió que para seguir adelante era preciso olvidar aquella épica. Antes bien, por el contrario, blancos y colorados recuerdan y homenajean a sus mártires, y los historiadores imparciales o menos apasionados intentan analizar las causas y características de aquellos conflictos sangrientos para explicarlos y comprenderlos en su real dimensión. Y la polémica se reaviva en cada aniversario, pero un hecho a resaltar ninguno ha esgrimido, para explicar esos hechos, la «teoría de los dos demonios». No se trata, obviamente, de presentar los hechos de manera maniquea, pero a nadie se le ocurre sostener que Flores y Gómez son lo mismo o que Saravia y Batlle fueron tan responsables uno como otro.
Pues bien, del mismo modo, no podemos admitir que se pretenda equiparar la acción directa de los grupos insurgentes con la práctica del terrorismo de Estado que el gobierno de Pacheco y luego el de Bordaberry aplicaron despiadadamente para combatir a esos grupos y para reprimir el descontento popular.
Pero la historia reciente no abarca solamente los hechos trágicos, sino que también se nutre de episodios de la resistencia a la dictadura. Al respecto, corresponde resaltar la iniciativa de una organización civil que se propone en acuerdo con el MTOP–instalar en ciertos puntos de la ciudad (esquinas, edificios, lugares públicos) placas recordatorias de hechos vinculados específicamente con la resistencia al régimen cívico-militar que gobernó durante 12 años.
La idea está a estudio de la Junta Departamental de Montevideo, y hacemos votos por una pronta resolución al respecto, pues de esa manera los montevideanos, los uruguayos en general e incluso los visitantes extranjeros podrán tener una aproximación a la memoria viva de hechos que también forman parte de nuestra historia.
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