"Yo tengo tantos hermanos…"
Cuatro mil millones de personas vimos en directo la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos. Difícil de imaginar, pero cierto. En los más disímiles, y alejados entre sí, lugares de este mundo, cuatro mil millones de nosotros estábamos unidos, emocionados por esta fiesta de la humanidad que prácticamente nació con la civilización. Cuatro mil millones de personas azoradas por la belleza conmovedora de todos los mensajes de vida contenidos en esa presentación maravillosa preparada por miles de hermanos chinos. Era una exclamación tras otra. No hay palabras para agradecer todo el esmerado cariño con que realizaron esta ofrenda a la vida y al planeta. Luego 204 países doscientos cuatro países desfilaron en una inigualable manifestación por la paz, la tolerancia, la convivencia, el amor entre los humanos. Nada igual. Para mí ni siquiera la presentación inaugural, la prendida de la antorcha que estuvo bellísimo, se compara al ser humano. De todos los colores, razas, culturas, idiomas, costumbres, regímenes políticos… pero con la misma alegría y emoción apoderados de sus rostros jóvenes, llenos de vida, entusiasmo, esperanza. Para mí no hay nada igual que una multitud imbuida de esos sentimientos e ideales, celebrando, compartiendo lo mejor de sí. Desde Atenas hasta Pekín, lo más importante sigue siendo el ser humano. Pobre de aquel que se aburre de ver pasar felices de la vida a hermanos de países tan diversos, pero con el mismo generoso corazón, capaz de dar el máximo esfuerzo por el deporte que abraza, por su país, por su amor propio al dar ese máximo esfuerzo. Otra vez el deporte es una saludable herramienta para que el ser humano pueda encontrar lo mejor de sí mismo. No sólo en el despliegue físico, atlético, en su derroche de talento y esfuerzo, sino en sus actitudes en el afán de superarse, de brindarse, de compartir, de aprender a reconocer el logro ajeno sin por ello sentirse disminuido. El deporte el verdadero espíritu deportivo y no el superprofesionalismo codicioso y sin escrúpulos vuelve a juntarnos a cuatro mil millones de personas. Vuelve a ser la saludable «excusa» para encontrarnos, para descubrir nuevos países, para descubrir nuevas facetas, para conocernos y comprendernos más.
Para querernos más.
En ese marco conmovedor, nuestro pequeño país, grande en sus entregas deportivas, desfiló también, como uno más de los 204. Qué emoción y qué orgullo ver ese racimito de jóvenes sonrientes, explotando de alegría, como uno de nuestros muchachos que iba con banderitas en sus manos, saltando como si estuviera en una murga, no muy formal, pero sincero, espontáneo, querible.
En 1985 tuve el privilegio de participar junto a 80 uruguayos en el Festival Mundial de la Juventud en Moscú, donde participaron 10.000 jóvenes de casi 100 países. Era un encuentro mundial, político y cultural, no deportivo, pero sí existió una ceremonia inaugural en un Estadio Olímpico de Moscú repleto. También hubo una primera parte espléndida, majestuosa en creatividad y despligue. Después, el desfile de las delegaciones, cada una ataviadas con trajes típicos. Salvo los uruguayos. Que fuimos avisados muy sobre la fecha y recién dos días antes de partir se nos comunicó «lleven un vaquero y una camisa blanca». Cuando vimos aquella cancha con todas las delegaciones que iban llegando para el desfile, la sorpresa iba en aumento. Por lo hermoso de estar allí y por lo vergonzoso de estar así. El encuentro fue impresionante, duró diez días y allí pudimos conocer a jóvenes de los distintos continentes, a los «nicaragüenses» que estaban en plena revolución, al pueblo ruso que nos recibió con un enorme cariño y generosidad. Aquella tarde inaugural, para peor, éramos de los últimos países en desfilar. Los demás habían pasado con formaciones y bailes, seguramente ensayados y preparados con esmero. Nosotros parecíamos los alcanzapelotas de una final del mundo. Eramos un «montón», de vaqueros no siempre parecidos y de camisas blancas de «diseños diversos». Llegó el momento y hubo que salir a la cancha. Eramos unos locos sueltos, pero con tanta alegría de estar ahí, con tanto orgullo de ser uruguayos, de haber peleado tanto contra la dictadura y de estar disfrutando de una fresquita democracia, que nos olvidamos de nuestra presencia y empezamos a saltar, a saludar como locos a las tribunas, festejábamos como Ghiggia en Maracaná. Tal vez por eso nos aplaudieron y saludaron por lo menos como a los demás.
Lo que se siente es indescriptible. Es sentir que todos los demás son tus hermanos. Es una sensación máxima de felicidad y amor a nivel colectivo. Por eso hoy entendí a ese joven que no podía contener su felicidad.
El mundo igual sigue con sus problemas, sus guerras, sus miserias, es cierto. Pero bien vale la pena, aunque sea cada tanto, recordar que un mundo de paz, amor, justicia, creatividad y alegría es posible.
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