Al rescate de las utopías
En nuestro editorial de ayer, sábado 30, se hacía referencia a un fenómeno que se ha venido verificando en los últimos tiempos y que encontró con la administración del doctor Batlle su punto culminante: la profundización de las diferencias entre dos concepciones de país.
El embate neoliberal preconizando la libertad de mercado y la eficiencia de la empresa privada ya había comenzado a sentirse en nuestro país con el acceso al gobierno del Partido Nacional en 1959 y recobró nuevos bríos bajo la administración de Jorge Pacheco Areco. Fue el modelo que se propuso imponer la dictadura cívico militar, y del que no se apearon las administraciones democráticas que la sucedieron, entre las que cabe destacar a la del doctor Lacalle como la más fervorosamente alineada a favor de las recetas del FMI.
Pero como decíamos ayer, nunca como ahora la prédica neoliberal había concitado un rechazo tan unánime como el que se pudo palpar durante este año.
A la inversa de las luchas sociales de los años sesenta y principios de los setenta, años marcados por la intolerancia y la violencia, el enfrentamiento de hoy parece mucho más civilizado pero es en el fondo mucho más profundo. Nunca como hoy se había podido observar una ruptura tan tajante como la que hoy divide en dos al país. Y conste que no estamos hablando solamente del 46 por ciento de adhesiones recogidas por Vázquez en el balotaje, que se supone representan a los uruguayos políticamente definidos contra el modelo neoliberal. Es muy probable que ese porcentaje se vea ampliamente superado si tomamos en cuenta las movilizaciones sociales contra la política económica, que involucra a muchos de aquellos que en noviembre del año pasado prefirieron la opción política conservadora encarnada por el doctor Batlle.
Uruguay enfrenta así la curiosa imagen de un país partido en dos, con dos bandos enfrentados por las discrepancias respecto de la política económica: por un lado los partidos tradicionales respondiendo a los intereses de ciertos sectores minoritarios y grupos de presión; y por otro, vastas capas de la sociedad (asalariados y pequeños y medianos empresarios vinculados a diversos sectores de actividad económica) víctimas del modelo. De ahí la pertinencia de convocar a la ciudadanía a pronunciarse sobre ciertas leyes que contaron con los votos suficientes en el Parlamento, pero que, según la percepción generalizada, no cuentan con la aprobación de la mayoría social. Si los representantes del pueblo no fueron capaces de reflejar los intereses de sus representados, nada mejor que convocar a estos para que retomen la soberanía de la que son titulares y la ejerzan directamente.
Ocurre que cada vez aparece más claro que la actual política económica beneficia a unos pocos y perjudica a los más. Y que las promesas del gobierno de coalición o no se cumplen o resultan inoperantes para revertir la crisis.
Un productor rural de Cerro Largo, el señor Goy Viera –recientemente incorporado como colaborador de nuestras páginas de opinión–, ha sido muy claro al respecto: «Y que no se hable más de las rebajas impositivas (limosnas) concedidas. La crisis no se debe a los impuestos. Es al revés: es difícil pagar los impuestos porque hay crisis. Es más: si se desgravara totalmente al sector, éste igual moriría debido al actual sistema económico.»
La opinión que acabamos de transcribir no proviene de los «eternos desconformes», de los «contestatarios obsoletos fijados en las consignas de los sesenta» o de la «oposición irresponsable y destructiva». No, proviene de alguien que ha llegado a esa conclusión por medio de la comprobación empírica (por haber sufrido la crisis en carne propia) de las «bondades» del modelo.
Es que un modelo que prioriza lo financiero por sobre lo productivo, como si la economía fuera virtual y no necesitara apoyarse sobre bases sólidas, está condenado a fracasar estrepitosamente.
Hagamos votos por que el siglo que esta noche se inicia vea el triunfo de la sensatez, el retorno al humanismo y el abandono definitivo de un modelo que ha sembrado muerte e injusticia.
Las utopías no han muerto.
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