Jorge Batlle: un ano liberal

Esteban Valenti *

El Dr. Jorge Batlle en su conferencia de prensa de fin de ano y al concluir la reunión del Consejo de Ministros en el Palacio Estévez, delineó con claridad su estrategia para el próximo ano, en realidad para lo que resta de su gobierno. Como ya nos tiene acostumbrados, fue un discurso muy inteligente y lleno de mensajes.

A diferencia de gobiernos anteriores no se concentró en hacer el panegírico de lo bien que nos va a los uruguayos, y de los mucho que ha hecho este gobierno (difícil ?no?). Por el contrario, comenzó reconociendo que desde el punto de vista material no hay una sola cuenta que cierre y que lo que sostiene el país son las reservas morales y cívicas de los uruguayos. Que sin duda deben ser muy sólidas.

Esta postura de romper los moldes y estereotipos del discurso del poder es lo que explica el nivel de aprobación que todavía mantiene Batlle en la sociedad, a pesar de los números muy malos de la economía nacional y doméstica. Y también, en su capacidad de individualizar «culpables» y concentrar los ejes de ataque.

Al inicio de su mandato, el centro de sus dardos fue el proteccionismo comercial, en particular, el europeo y ahora es el contrabando, demonio al que –según anunció– combatirá hasta el último día de su mandato. En este aspecto hay que recordar que en su primer discurso en el Radisson Hotel, el día de su victoria electoral, hizo particular énfasis en los valores morales de la sociedad uruguaya, que debían promoverse y preservarse. La lucha contra el contrabando busca golpear en dos direcciones, promover el comercio y la industria formal y cubrir el flanco de la moralidad pública y social. La lucha contra el «mal».

El Presidente habló de 2.000 millones de dólares anuales de contrabando, una cifra que muestra dos cosas: por un lado, que sólo grandes grupos y poderosas organizaciones pueden encarar negocios en esta escala, y por otro lado que resulta difícil creer que semejante torrente comercial ilegal ha sido posible sólo con la complicidad de algunos funcionarios menores. El tiempo dirá si esta ofensiva presidencial va en ambas direcciones: la económica y la de sus protectores políticos, porque en este caso la explosión puede llegar a ser atómica.

En su mensaje, Batlle anuncia que el ano 2001 será el momento clave de todo su mandato, convocando incluso a los historiadores para registrar los cambios que piensa introducir en el país. Un verdadero ano liberal, o neoliberal, según las opiniones.

Es notorio que durante este primer ano de ensayo general del gobierno las condiciones externas y, en particular, las complejas relaciones con la coalición (léase Sanguinetti-Lacalle), sus vetos cruzados y su peso decisivo en el elenco gubernamental han condicionado toda la acción del Poder Ejecutivo.

No fue una licencia poética cuando en el Consejo de Ministros, Batlle convocó a cada ministerio –independientemente del sector al que pertenece– para avanzar en la misma dirección, afirmando que el éxito del gobierno y de ambos partidos tradicionales es la clave para frenar el avance de la izquierda. (Esto último, según versiones de prensa).

Ahora se dispone a aplicar íntegramente su programa. Y el eje del mismo se podría definir en cuatro palabras: desregulación, reducción, liberalización y reorientación.

Desregulación es privatización y repliegue del estado en todos los frentes. Menos normas, menos regulaciones, menos participación, en la producción de combustibles, en la telefonía, en los puertos, en la obra pública, en todo.

Como consecuencia de lo anterior, pero también de una filosofía activa, reducir el estado, sus estructuras, sus dependencias, sus funciones y obviamente el número de sus funcionarios y sus costos. Cada dependencia ya ha recibido el mandato de presentar sus planes.

Esta pinza debería –según los planes presidenciales — y no digo gubernamentales, producir un efecto de amplia liberalización de la economía.

Para completar el plan de ataque se intensificarán los esfuerzos para reorientar la estrategia comercial y de integración, apuntando al norte, bien al norte, hacia el ALCA, sobre la base de la mayor apertura comercial posible y un poco más.

Visto en su conjunto es un plan portentoso, y apunta al corazón mismo de la estructura económica del país. No es –y es bueno recordarlo– un programa novedoso. Ha sido aplicado con tesón y pasión en muchas otras latitudes, del norte y, sobre todo, en el sur del planeta, en nuestra América Latina. Los resultados están a la vista. Cuando muchos regresan, el Uruguay va.

Con algunas diferencias, no pequenas. Las empresas públicas, en prácticamente todos los países de América Latina, eran deficitarias, ineficientes y caras para el Estado y tenían una pésima imagen ante la ciudadanía. Ahora son ajenas.

En el Uruguay, las empresas del Estado son el eje de todo el sistema económico nacional. Ancap, por ejemplo, es el principal organismo de recaudación fiscal a través de los impuestos al combustible y las restantes empresas públicas se han modernizado razonablemente, son superhabitarias, y competitivas. Nadie obliga, por otro lado, a los uruguayos a que la principal AFAP con más del 50% del mercado sea de los bancos estatales, o que la primera companía de teléfonos celulares sea Ancel. Esto es el resultado del libre juego del mercado y por el prestigio y la seguridad que estas empresas brindan a los ciudadanos. Ahora el mercado sufrirá, en estos y en otros aspectos, una fuerte intervención del gobierno.

Pero… donde nadie habla de intervenir es en el sector financiero. Ese es un terreno vedado al impulso competitivo y modernizador del gobierno.

La batalla se presenta muy dura. Del lado de la oposición ya se anuncia un amplio espectro político y social que recurrirá a plebiscitos y a promover un amplio debate, que el presidente ya anunció que aceptará. Nos auguramos que este debate penetre debajo de las apariencias, para presentar ante la ciudadanía el pensamiento de cada uno de los protagonistas sobre estos temas vitales. Lo más lamentable sería reducirlo a un debate y a un choque de intereses corporativos y sectoriales. O que algunos protagonistas tengan la tentación de aprovechar el verano y el descuido.

El país se merece y necesita un análisis, profundo, serio y de fondo, para elegir conscientemente su camino. Porque cualquiera este sea, debe ser asumido plenamente por los uruguayos. Lo que está claro, o debería estarlo, es que este es un camino sin retorno y que el presidente parece decidido a aplicar todo el recetario. No valen las pequenas dosis reguladas, el que se embarque en este tren debe ir hasta el final del viaje…

Y es en este cuadro que habrá que ver las posiciones del Foro Batllista y de los sectores blancos oficialistas y disidentes.

De todas maneras no se trata sólo de un debate de ideas, sino de una contraposición de actitudes y de coherencias. La oposición, el EP-FA, el movimiento social, podrán ser acusados de muchas cosas, pero nadie puede dudar de que han sido absolutamente coherentes en su enfrentamiento a este modelo.

El oficialismo enfrenta un reto particular en el terreno de la coherencia. Porque lo que no se puede es ser «liberal» a ultranza, pero preservar grupos empresariales que han lucrado históricamente a la sombra del Estado. Y estamos hablando de los principales grupos nacionales, en casi todas las actividades. No se puede seguir distribuyendo generosamente la plusvalía social –la que pagamos todos los uruguayos– a través de créditos generosos y prebendas a determinados sectores, que todos conocemos y que todos sabemos que disponen de poderosos apoyos políticos. Esos créditos que después eufemística
mente se llaman «carteras pesadas». Y simultáneamente, proclamarse liberal.

La izquierda tendrá la posibilidad, no sólo de oponerse a esta estrategia, sino de explicar en profundidad su programa para modernizar el país. No con las urgencias electorales sino con las exigencias del debate nacional que se avecina. La credibilidad y la capacidad de combinar el realismo imprescindible, con una auténtica mirada hacía el futuro, con la creatividad y la imaginación para los cambios, estarán a prueba.

Y en el medio de todo esto los uruguayos, que no debemos distraernos un instante, porque se estará hablando y decidiendo sobre nuestras vidas, en plural y en singular.

* Periodista

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