La familia ideológica

Escrito por: Por Leopoldo Amondarain Convencional del Partido Nacional

Lunes 04 de agosto de 2008 | 3:10
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La concepción de la familia ideológica, que para justificar acuerdos políticos en el pasado se basó en el reparto de los “carguetes” por encima de tradiciones e interés nacional, se muere. El Presidente del Honorable Directorio y líder actual del nacionalismo blanco, doctor Larrañaga, de ganar nuestra colectividad y dentro de ella como hoy aparece Alianza Nacional, decretaría su deceso. ¡Muy bueno gaucho! Eso se llama tener visión de estadista. Es conocer las entrañas profundas y las necesidades futuras del Uruguay que no soporta más políticas decadentes que han buscado las soluciones en intereses personales representados en la gran banca y los capitales e intereses extranjeros imperiales y asociados. En la revista Caras y Caretas, Larrañaga afirmó, y cuando promete cumple, lo conozco, que se acabó la distribución de cargos por amiguismo y representación de esos intereses foráneos, sino que se integrarán con los mejores elementos de cada partido. No se puede improvisar, sino buscar las excelencias que no son monopolio absoluto de ningún partido, sino que integran un “todo” que es la Patria como unidad. El país no se puede dividir en “potreros” con alambrados de “púas”. En unos, los buenos que hicimos la Nación y en los otros los que quieren, según el criterio del ganador, destruirlo. Nadie destruye de “ex profeso” el paisito! Chico pero nuestro! Y todos, de alguna manera, aportar lo suyo al gobierno para construir su grandeza. A esos efectos, se le subraya si aceptaría una coalición con el Frente. Larrañaga, invocando a Wilson su maestro, concluyendo que el gobierno venidero debe tener una “entonación nacional” entre blancos y frentistas. ¡Y está muy bien! Si alguna vez nada menos que Oribe para pacificar el país y sacarlo adelante acordó con Venancio Flores (pacto de caudillos), y el propio Wilson le dio gobernabilidad a Julio María que nos ha odiado cordialmente. ¿Qué razón habría para cerrar a cal y canto la puerta con el frentismo, que al margen de sustanciales diferencias ideológicas tenemos, no hay nada personal que enrostrarnos? Por otra parte, hay una realidad de cambio respecto al bipartidismo.

Son otros tiempos. Y si un acuerdo programático es aconsejable, podemos decir como Dardo Ortiz “lo mejor para el país es lo mejor para el Partido Nacional”. Pero aclaró también Larrañaga, que todos los partidos serían llamados a integrar su mejor gente. El Partido Colorado el que tenga, y ni que mencionar otras colectividades menores como la vieja Unión Cívica y el Partido Independiente, con quienes hemos mantenido en forma genérica tantas afinidades.

El Partido Nacional, con las naturales evoluciones del tiempo, ha mantenido en forma global una preferencia centrista. Señaló Larrañaga la definición wilsonista, que los blancos no son de derecha ni de izquierda. Ha sido y seguirá siéndolo el centro del espectro político. Sin encorsetamientos en dogmas radicales que no sean los más puros principios nacionalistas. Somos blancos y punto. No repudiamos ni a unos que a través de la historia nos persiguieron hasta el crimen y la exclusión cívica, ni a los otros que nos endilgaban estar al servicio del imperialismo yanqui y terminaron abrazados de Bush y la Condoleezza. Larrañaga propugna por una familia oriental en torno a un gobierno nacional de unidad conceptual patriótica.

O salimos todos juntos o seguiremos dependiendo de los intereses banqueros imperiales y asociados internacionales. Fue lamentable ver correr al Presidente de turno pidiéndole “socorro” al yanki comprometiendo el futuro nacional en forma irrestricta o viendo a los posteriores entrar “sonrientes, rendidos y suplicantes” en la sede del FMI a mendigar “oxígeno” económico. Ni Artigas, y los Libertadores Oribe y Juan Antonio querían ese fin para la Patria. Acuerdos programáticos avalados con la mejor gente de todos los partidos y conciencia nacional en soluciones fundamentales. En lo económico, agropecuario, educación, seguridad, e independencia política internacional como corresponde a un país soberano y nacionalista. Es la realidad que ofrece Larrañaga.

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