Una Suprema Corte que no da pie en bola

De un tiempo a esta parte nuestra Suprema Corte de Justicia, pese a los respetos que invariablemente merece, no parece atravesar por un momento propicio al reconocimiento de la mayoría. No sólo por lo ocurrido en torno a la infidencia surgida en el caso del tratamiento de la inconstitucionalidad o no del IRPF, sino también ante hechos que como el sí de una integrante a punto de jubilarse, desnivelando una votación que justamente favorecía sus intereses, han venido creando una imagen nada favorable hacia un organismo que a lo largo de la historia del país, siempre trató de dar una sensación de grandeza jurídica y moral fuera del alcance de la opinión popular.

La confesión de parte del mismísimo Presidente en ejercicio de la corporación, de que el nombramiento de funcionarios se hacía teniendo en cuenta fundamentalmente el parentesco familiar de los mismo con los integrantes del cuerpo, aunque el asunto se conocía desde hace muchos años a la fecha, contribuyó a desprestigiar en parte su accionar, justamente bajo un gobierno que quiere terminar con esas prácticas clientelistas, llamando a concurso a todos los ciudadanos aptos para ocupar cargos públicos, dejando a un lado el famoso «dedo» de tiempos de los partidos tradicionales, donde aún sin condiciones para el puesto, teniendo buena «muñeca» el mismo podía obtenerse sin muchas dificultades. De todos modos, nobleza obliga, en el Poder Judicial aunque los apellidos de ex ministros o famosos jueces solían repetirse, cabe consignar que en general los designados en una gran mayoría, siempre resultaron esforzados y muy capacitados funcionarios.

Debemos expresar en torno a la actuación ya casi rutinaria de la Corte, en materia de designaciones de funcionarios, que no hace mucho vivimos una comprobación que nos dejó estupefactos. Una joven escribana amiga, recién recibida, nos pidió si podíamos hacer algo por ella dado que deseaba «entrar» como Actuaria al Poder Judicial.

Cuando la encaminamos hacia la Plaza Cagancha para que se informara «in situ» de las condiciones para acceder al cargo, suponiendo que todo era anotarse y esperar algún sorteo, la profesional se encontró con una novedad impactante: para estar en esa lista de futuros actuarios, debía tener algún miembro de la Corte amigo que la incluyera en la misma. Buscando y buscando logró llegar a uno de los miembros de la Corte y allí sí pudo quedar en lista de espera, lo que por supuesto no logran cientos de escribanos que con su título en mano, por no poder llegar a alguno de los señores ministros, suelen quedar «a la deriva» en materia de nombramientos.

Si algo faltaba para coronar toda una serie de hechos que dejan a la Suprema Corte de Justicia en la picota pública, vaya la declaración de un gremialista de los judiciales a un medio de prensa colega: «La Corte es un gran relajo», afirmó Gustavo Signorele, en relación al hecho constatado de un «desvío de fondos asignados para partidas presupuestales para compensaciones salariales», cuyos montos estimados en más de treinta millones de dólares, la Corte, siempre según el dirigente gremial, los usó «para tapar agujeros», en lo que considera un hecho violatorio de la Ley de Presupuesto de 2006.

Como si ello fuera poco, también se acusa a los ministros de haber decretado a espaldas del propio ministro de Economía y desoyendo consejos del Tribunal de Cuentas, la exoneración del pago del IRPF a compensaciones especiales para vivienda que perciben los magistrados. De cabo a rabo, lo actuado por la Suprema Corte de Justicia no parece a tono con lo que debe ser su razonablemente transparente funcionamiento. Y para colmar el vaso ya derramado, tampoco dialoga con los funcionarios, como en viejos tiempos lo hizo saliendo a la calle como uno más, nuestro querido amigo el doctor Armando Tommasino, un ex presidente de la Corte demócrata total, llegado al importante sitial tras una brillante carrera judicial. Otros hombres, otros tiempos, en un país que quiere y exige cambios profundos que algunos «héroes de la resistencia» no se avienen a concretar. Y así les va.

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