Jorge Pacheco Areco

El Uruguay se conformó como Estado independiente, no en un cuadro aislado sino en un cuadro de inmensa presión geográfica de los países poderosos que nos rodean, ya sea por el norte, ya sea por el litoral de la República.

Cuando aquí se habla del gobierno de la Defensa sabemos de la incidencia que tuvo en el Uruguay, en aquel entonces, la lucha entre los unitarios y los federales en la Argentina. Cuando hablamos de la Revolución de 1904, que se dio cerca de la frontera, también tiene una incidencia el norte del país. Inicialmente, la sociedad uruguaya sale confrontada y dividida entre los dos grandes partidos, y así se fue forjando el país, la nación, con amores, con alegrías y también con odios.

Debo decir que cuando la Revolución de 1904, en mi pueblo, en el departamento de Rivera, fue uno de los lugares donde más se sintió el antagonismo de las dos banderas, de los dos lemas, de los dos colores.

En la herrería de un tío abuelo mío, blanco, Paulino García, casado con una de las primeras maestras de la ciudad de Rivera, mi tía abuela Galdina Bidart , se armaban fusiles para la Revolución de 1904. Por lo tanto, mi madre se llamaba Blanca Bidart y su hermano mayor, nacido en 1904, se llamaba Aparicio Bidart, por si había alguna duda de que mi abuelo, Pedro Bidart, era blanco. Pero mi padre, Osmi Mendiondo, era colorado, y mi abuelo, tan colorado era, que tuvo ocho hijos varones, a los cuales cuando cumplían cuatro años les daba un pañuelo celeste y uno colorado, y les preguntaba en portuñol: «¿Que cor tu gostas?» Y el menor de ellos le contestó: «Me gusta el celeste, porque tiene el color del cielo». Y mi abuelo domador, carrero, chacrero, que perteneció a una familia cuantiosa, fundadora de Rivera, que se instaló allí desde 1865, a quien quise mucho, tomó la decisión democrática de agarrar al niño y colgarlo de un árbol. Sí, colgarlo en serio. Todos los hijos le salieron colorados, menos ése.

Joaquín Pedro Mendiondo fue receptor de la Aduana de Rivera, a quien sacó la dictadura; era colorado batllista de la Lista 14. Un capitán de la Marina le dijo: «Joaquín Pedro Mendiondo». Y él contestó: «Presente». Y el capitán agregó: «Me tiene que entregar las armas largas y las armas cortas que tiene en la Aduana». Y Joaquín Pedro Mendiondo contestó: «Las armas las entrego si el ministro de Hacienda, que es mi jefe, mi autoridad, me da una orden». A las 48 horas fue cesado; 45 años de servicio en la Aduana de Rivera.

Mi tío, Juan Mendiondo, fue comisario y sub jefe de Policía. Y podría seguir con toda la tradición de esos Mendiondo colorados de la primera hora.

Recuerdo que cuando el levantamiento de Paso de Morlan en ese momento el caudillo político era don Romeo Ferrando ese gran médico colorado riverista, Armand Ugón, hizo con el caudillo la lista en la cual estaba mi padre para venir a combatir, a defender al gobierno de 1935. Eso se expresaba en la familia. Mi abuela, Gabina del Junco Correa, que tenía un gran trabuco y fumaba chala, de niño me decía que los blancos eran buenos y los colorados eran malos. Iba mi padre y decía: «M’hijo: los blancos son unos blancos pillos». Así fue nuestro departamento. Cuando se elige a don José Batlle y Ordóñez presidente de la República contó con el voto de un blanco, que fue decisivo: don Eduardo Acevedo Díaz. Ese gran escritor uruguayo que escribió «Ismael», «Grito de Gloria», entre otras. Sin embargo, fue expulsado del Partido Nacional, tuvo que irse fuera del país y nunca pudo volver, porque dio su voto para que Batlle y Ordóñez fuese presidente.

Podemos hablar también del general Flores y de Berro, ambos muertos en esas luchas intestinas que había en el proceso difícil y complejo de la patria.

La historia nuestra, como narra Hudson en «Tierra purpúrea», es muy profunda, muy honda, y de ahí la necesidad de la racionalidad para entender nuestros procesos e intercambiar y comprendernos.

Todos los hombres tienen sus luces y sus sombras, por eso rescatamos también el criterio de gobernabilidad que tuvo Pacheco Areco con relación a diversos Gobiernos, fueran blancos o del Frente Amplio, como cuando el doctor Tabaré Vázquez asumió la Intendencia Municipal de Montevideo, y lo asumimos como una actitud positiva. Por supuesto que eso no lo exime de las críticas que nosotros le hacemos por una realidad terrible que sufrió nuestro país, que no fue sólo producto del Uruguay sino de una situación de América Latina y del mundo que ejercía influencia y actuaba sobre nosotros. Ahí fuimos todos protagonistas, unos de una manera y otros, de otra.

Como presidente de la Comisión de Nomenclatura, el otro día recibí una solicitud para ponerle a una plaza el nombre de Francisco Lavandeira. Fui a la historia de Lavandeira: fue un joven asesinado en la Plaza Zabala, allá por el año 1863. Principista; un héroe de las luchas políticas, como fue un héroe de la lucha estudiantil Liber Arce. ¿Quién lo puede negar? Justamente, en ese momento estaba el gobierno de Pacheco Areco. A esa realidad me refiero yo; por eso lo de la razón de la sinrazón que la razón tiene, de que hablaba Cervantes.

En el Uruguay también estamos en un proceso de construcción de memoria y de identidad. No dejemos que la pasión nos ciegue, busquemos la racionalidad. No sólo me inspiro en elementos nuestros, me inspiro en un gran patriota, en un gran luchador, en un gran hombre de la historia brasileña que se llamó Luis Carlos Prestes, teniente, que encabezó una marcha inmensa en Brasil, más larga que la marcha de Mao Zedong, una marcha de un millón de kilómetros que se llevó a cabo en el año 1927. Fue un militar, un héroe nacional, luego senador; fue perseguido y encarcelado por Getulio Vargas; su mujer fue enviada a Alemania y murió en un campo de concentración. Estando preso, un teniente quiere levantarse contra el gobierno de Getulio Vargas y Luis Carlos Prestes le dice lo siguiente: «Nadie como yo puede tener tanta antipatía y tanta aversión por Getulio Vargas, pero primero está Brasil. Todo lo que se haga para debilitar al Brasil será nuestro propio debilitamiento».

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