Gobernabilidad y reparto de cargos
Hay fenómenos políticos determinados que nuestra dirigencia no quiere ver aunque sean evidentes. El más notorio y grosero es la lucha desmelenada y frenética por los cargos. O sea ministerios, entes, embajadas y afines.
La finalidad de la misma, sin perjuicio de la responsabilidad del gobierno por parte del triunfador de poner gente responsable, pues entre otros le va el futuro político, en los hechos fue malamente usado para que por su intermedio se repartan empleos públicos, los «caramelos» en la jerga política, en cantidades industriales. Al coloradismo, en sus noventa años de abuso del poder, el sistema les rindió sus buenos frutos durante buen tiempo. Pero como todo lo espurio y sucio, como es la compra de votos por cargos, se desmonetizó y cayó en el peor desprestigio. Seamos justos, nuestro partido también entró en el sistema. Es una de las razones por la cual decimos de la ballisistación del nacionalismo.
Hoy sólo sirven los ministerios particularmente cuando se dan a las minorías, para ocupar o «conchabar» a los correligionarios que electoralmente quedan «afuera» y emplear a los amigotes y parientes en la administración pública. Obviamente puede haber y hay excepciones. Pero muy poquitas, por cierto.
Es mentira el «cuento» de la gobernabilidad para justificar el reparto de cargos.
La gobernabilidad se puede y hasta se debe dar sin necesidad de aceptar ministerios. Julio María, en su primer gobierno, le ofreció a Wilson a su «elección» los ministerio que fueran. Wilson no aceptó. No obstante, dio la gobernabilidad a cambio de asegurar la pacificación del país sin exigir costos. Aunque en su vida, no hubiese hecho nada más, con sólo ese gesto le bastó para pasar a la historia con su viejo Partido Nacional.
Pero la mediocridad directriz actual, y conste que no me refiero a «uno» solo sino a toda la «comparsa», no lo entendió y sigue con las «anteojeras» puestas tratando de defender sus intereses y no los del partido y mucho menos los del país. Es obvio que la necesidad de ministerios a cambio del apoyo de votos para gobernar es poner un «precio» determinado al «patriotismo» partidario. Si yo tengo que ser ministro para que mis muchachos voten leyes fundamentales para el país es una inmoralidad que no tiene «goyete». La obligación de todo legislador es votar todo lo que sea necesario e indispensable para la Nación.
Para eso se les paga y de «paso» se autovotan jugosos emolumentos y viáticos sin ningún prurito.
Otra falacia que se esgrime es el control a las mayorías y la aplicación de importantes ideas que se plasmarán en «cientos de leyes» que en «paquetes» se presentarán al Presidente, y al partido del gobierno. El «control» tan manido en los últimos años se transformó en puro «cuento». De lo contrario no hubiesen sido ciertos los escándalos bancarios tales como el del Comercial, el Banco de Seguros, la venta del Pan de Azúcar, etcétera, y antes el cierre del Transatlántico, la financiera Monty, etcétera, con todas las demás menudencias conocidas que pasaron en los últimos gobiernos.
Los que «controlaban» por las minorías o aceptaron calladamente o eran unos perfectos imbéciles que no veían ni a un elefante…
Y con respecto a las presuntas «centenas» de leyes «misteriosas» que con voz engolada se repite «vigilaremos su cumplimiento», «estaremos atentos», «no permitiremos su incumplimiento», temo que no pasen de fuegos de artificio. Me gustaría ver en los «paquetes» legislativos algún precepto que limite los viajes con viáticos principescos de legisladores por todo el orbe y el fin de tantos beneficios abusivos como los gastos de bancada, compra de diarios, libros y revistas para los mismos, etcétera.
Pero seamos justos. No todo son nubarrones en el horizonte. No quiero pecar de ingenuo ni optimista ansioso. Pero, a riesgo de seguir discrepando con un amable lector frenteamplista que en nota del 2.2.00 en LA REPUBLICA en forma conceptuosa que mucho valoro, disiente conmigo respecto al senador electo Larrañaga, me tendrá que reconocer, estimado amigo, que sin perjuicio de errores humanos que se pueden evaluar según criterio respectivo, el gaucho es un hombre honesto y el único que se paró en la cuchilla con el «tordillo» armado a guerra. No aceptó ni quiso ministerios. No es poca cosa. Parecería que el «paisano» las tiene «bien puestas». ¡No sea tan exigente ni pesimista! Vamos a darle «paño»… Si sigue el mismo trillo, a lanza y bola al estilo del Cabo Viejo, quién le dice que pueda ser el que barra toda la «resaca» que está ahogando el viejo tronco oribista. Vale también señalar otro grupo incipiente. El de Florida. Los conozco a todos. ¡Buena gente! Sin doctores ni mascarones de proa. Cosa que garantiza buen «control de calidad». Son caudillos y dirigentes de Montevideo y del interior que en torno a un diputado trabajador como Arturo Heber, que jamás tuvo el «calor oficial», están sana y razonablemente indignados. Son parte de los que se levantaron y se fueron entre otros de la reciente Convención «mordaza» Departamental de Montevideo. Para rescatar el Partido de tanta pobreza ética e intelectual hay que «barrer» pa’dentro con criterio y honestidad de sentimientos y conductas. Llamar incluso a los que se fueron de la colectividad. Hay buenos compañeros, yo diría la mayoría, en esas condiciones, que se alejaron por carecer de espacio en el partido.
Blancos de izquierda, que por cierto no es mala palabra, hoy por cierto bastante «necesaria», y que no han dejado de ser buenos blancos por militar, sin más remedio, en otras tiendas.
Con gente nueva y honesta, tal vez el «paisano» de la Heroica con estos otros floridenses y algunos más que nos gusta la «patriada», puedan acordarse que aunque estén afuera siguen siendo hijos de Aparicio y don Manuel. ¡A juntar filas! ¡Carajo!
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