La frustración original
Durante todo el primer año de vida disponemos básicamente del llanto como único signo para expresar lo más importante (dejemos de lado por el momento la precisión semiótica de esta afirmación).
El llanto puede expresar muchas cosas, pero aparte de un dolor transitorio expresa una frustración que entiendo axiomática en el desarrollo de la historia.
Aún con todas las variaciones posibles, para dos adultos que han olvidado ese primer lenguaje metafísico, es siempre el mismo o casi el mismo llanto.
Un llanto para decir que tiene hambre, para pedir agua, para decir que se cae de sueño, para decir que le duele el estómago, la cabeza, los dientes, las manos que mordieron esos dientes, para decir que tiene calor o frío, para decir que tiene fiebre o no sabe lo que tiene.
Un solo signo para decir que está frustrado porque un solo signo no es suficiente para tanta complejidad de emociones.
Poco a poco va incorporando la risa, primero como expresión de alegría y después, es probable, como signo interesado de complicidad.
El juego con una pequeña pelota de baseball que el niño arroja desde su cuna y se ríe a carcajadas cuando descubre que puede compartir con su padre o con su madre un par de reglas básicas, se convierte en un hecho de comunicación.
La pelota (la herramienta, las dendritas y axones) es como una nueva palabra que se integra a un nuevo lenguaje, las reglas del juego.
El solo placer lúdico no alcanza a explicar ese grito de satisfacción. Esa plenitud que no encontraba jugando solo, significa el fenómeno de haber creado o descubierto otra forma de comunicación, de liberación de sus propios límites.
¿Qué no es toda la cultura, sino la radicalización de este intento de liberación del individuo que muchas veces acaba en la opresión propia y ajena? El pequeño ha descubierto un secreto que lo proyecta más allá de la frustración fundamental, poniéndola en suspenso en el juego.
Ahora ¿cómo se reproduce esta ansiedad de comunicación en la sociedad? ¿Existe alguna relación entre el desarrollo de un individuo y el desarrollo de la historia? Podemos sostener la hipótesis de que la comunicación en nuestro mundo global expresa una necesidad de sobrevivencia tan antigua como la invención de la escritura en Sumeria o de los signos y los mitos en el paleolítico.
Pero esta necesidad funcional también es el reflejo de una fijación psicológica, producto de la «frustración original» de la comunicación.
La mayoría de los textos religiosos, sino todos, aparte de los intereses ideológicos particulares de cada momento, en general estructuran su narración de la historia humana como la consecuencia de la incomunicación con el Padre.
¿Qué proporción de las horas de teléfono celular, de correos electrónicos o de cualquier otra actividad pública es estrictamente necesaria en su función de producción y reproducción? Quizás una ínfima parte.
La mayor parte del tiempo la dedicamos a comunicarnos por el ejercicio en sí mismo de la comunicación.
La comunicación forma parte de un «inter-yo», el nosotros que nunca se logra plenamente.
En casos, como en el momento histórico presente, parecería que la obsesión principal no radica tanto en la comunicación como medio sino como fin: la frustración por la palabra no dicha se traduce en un monólogo interminable.
En ocasiones, cuando dos personas hablan por teléfono, en el fondo realizan la superposición de dos monólogos.
En el monólogo, el individuo espera la satisfacción de ser escuchado y satisfecho.
Escuchar no es tan importante como ser escuchado; en un blog, en un foro de discusión, leer no es tan importante como ser leído, lo que se demuestra por la opinión inmediata del lector que no culminó la lectura del artículo que discute.
En cualquier caso, la atención que pone el individuo alienado sobre el otro es un requisito social para ser escuchado, para ser expuesto en una cultura progresivamente narcisista. Como en una discusión doméstica, donde la comunicación está igualmente frustrada, como en el llanto del niño: lo que importa no es escuchar sino ser escuchados, hacer prevalecer los argumentos propios.
Pero como ambos contendientes dialécticos procuran lo mismo, lo único mutuo es la frustración, cuando no el engaño de una comunicación frustrada.
Quizás este fenómeno sea una reacción lógica contra la cultura anterior, donde durante siglos se escuchaba y se leía infinitamente más de lo que se escribía o se hacía valer una opinión contestataria.
Con la nueva tendencia cultural y tecnológica, la proporción se ha alterado de tal forma que se podría decir, exagerando un poco, que hoy en día se escribe más de lo que se lee, se opina más de lo que se escucha, se investiga y se analiza.
Mirando este modelo, no sería absurdo imaginar un próximo equilibrio del péndulo, producto de una maduración de una cultura que deje de ver a las nuevas tecnologías como juguetes y comience a verlas como herramientas de su propia liberación.
Es probable que estemos en una etapa de la historia donde ya aprendimos a hablar pero no aún a comunicarnos.
Es probable que las leyendas en las camisetas, con la cuales creemos expresar nuestras ideas sociales en tres o cuatro palabras –o esos pensamientos y emociones prefabricados por Microsoft–, no sea otra cosa que ese grito mudo del niño que los demás escuchan pero no saben interpretar correctamente.
¿Es probable que el eterno y afiebrado proselitismo político y religioso sea la expresión más voraz de este grito?
Si la ansiedad de justicia procede de esta frustración de la comunicación, ¿qué papel juega el poder en esta relación? Quizás el silencio es la forma que tiene el poder social –la voz ciega del padre, del hermano mayor– de resolver la incomunicación por la fuerza, radicalizándola, alienando a los individuos en una naturaleza engañosamente equilibrada y en paz.
Y es esta reacción, la del silencio impuesto, nuevo combustible sobre el fuego de la frustración original de la incomunicación y deseo, con frecuencia violento, de justicia para el incomunicado.
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