¿El fin de los partidos tradicionales?
Noticias provenientes de San José, de Treinta y Tres y de algún otro departamento parecen indicar que va consolidándose la idea de extender al ámbito municipal el acuerdo logrado a nivel nacional por los dos partidos históricos.
El sorprendente resultado de las elecciones de octubre, que además de haber otorgado la mayoría relativa al EP-FA ubicaron a las fuerzas progresistas en el primer lugar en tres de los dieciocho departamentos del interior del país además de Montevideo, ha tenido por efecto el aglutinamiento de las fuerzas conservadoras, alarmadas por el crecimiento de una opción política y electoral diferente.
No otra cosa se perseguía con la reforma del régimen electoral de 1996; se trataba de que los partidos tradicionales unieran sus fuerzas para enfrentar el previsible triunfo de la izquierda. Lo que los ideólogos del balotaje no advirtieron es que para imposibilitar el acceso de las fuerzas progresistas al gobierno, necesariamente se produciría un mimetismo de ambos partidos, un desdibujamiento de sus perfiles y características propias que los harían aparecer a los ojos del electorado como dos partidos indiferenciados, como dos colectividades identificadas en sus objetivos y propuestas. Las consecuencias de la introducción de la segunda vuelta electoral han venido a dar la razón a algo que siempre se señaló desde la izquierda: que ambos partidos tradicionales representaban en definitiva los mismos intereses y ofrecían las mismas propuestas. Ironías y paradojas del acontecer político.
A todos sorprendió la celeridad con que el Partido Nacional guiado por el doctor Lacalle resolvió instar a sus simpatizantes a votar por el doctor Batlle en el balotaje algunas horas después de conocerse el resultado de octubre, aunque justo es reconocer que la decisión nacionalista estaba dentro de lo previsible.
Con vistas a las elecciones municipales de mayo, los pragmáticos ideólogos de la derecha se apresuraron a proponer una casi fusión de los dos ex partidos adversarios, olvidando los impedimentos legales contenidos en las disposiciones transitorias de la última reforma constitucional. Parece que ahora su prédica está concitando adeptos, y es así que en varios departamentos se van estableciendo acuerdos entre sectores de los dos partidos con la intención de asegurar que el poder municipal no pase a manos extrañas.
Ahora bien, como es legalmente imposible que candidatos de un partido figuren en las listas de otro, ni tampoco conformar un nuevo partido, la única manera de votar juntos es que una de las colectividades resigne sus aspiraciones, retire su candidatura y ofrezca el apoyo de su electorado a la que tiene más chances de triunfar. Es lo que ha ocurrido notoriamente en San José, donde el líder del sector ampliamente mayoritario del Partido Colorado, Francisco Zunino, ha comprometido su apoyo al candidato blanco Juan Chiruchi. Este último reconoció en entrevista radial con el periodista E. Cotelo en El Espectador lo que decimos más arriba respecto de la identidad de propuestas de ambos partidos. También el dirigente colorado fue muy claro al señalar que el propósito del acuerdo logrado no es otro que eliminar toda posibilidad de triunfo de «otras fuerzas políticas» con las que mantiene «profundas diferencias, como es el caso del Encuentro Progresista».
Estos hechos están anunciando, de alguna manera, un cambio más que trascendente en la forma de actuar de los partidos pero sobre todo, en el diseño del mapa político uruguayo.
Esta nueva «política de fusión», resucitada 150 años después, está conduciendo al país a un nuevo bipartidismo que implica necesariamente la desaparición de las divisas tradicionales, confundidas en una opción conservadora única enfrentada a las fuerzas del cambio.
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