Si Cristo no ayuda

Hace ya unos años, un grupo de ciudadanos presos en el establecimiento de La Tablada, concibió un sueño: construirse una fuente de trabajo y aprender un oficio, decidieron que sería una panadería para abastecer de pan al resto de los presos y ayudar a los merenderos de la zona; se constituyeron por acuerdo ético en cooperativa y la bautizaron: Cooperativa Panificadora de Ayuda Social (Coopaps). Durante más de un año golpearon innumerables puertas solicitando ayuda, donaciones, colaboración, se asesoraron a través de la Federación de Cooperativas de Producción. Cumplieron con las normativas de Bromatología, de Salud Pública, con los Estatutos de la Cooperativa, con la papelería: facturas, propaganda, timbres y sellados. Se sacaron la cédula de identidad. En Asamblea nombraron la Directiva. El 30 de noviembre de 2006, el senador Fernández Huidobro y el director de la Dirección Nacional de Cárceles don Julián Rodríguez ­frente a sus emocionados familiares­ cortaron la cinta inaugural. A partir de ese momento comenzaron a trabajar en la producción: INDA, Mercosur, Ministerio del Interior, Mides, Ministerio de Relaciones Exteriores, Ancap, fueron entre otros algunos de los clientes que probaron la calidad de los productos elaborados por Coopaps. En los años 2007 y 2008 cubrieron la Rural del Prado: el pan de los jinetes y unos ocho mil bizcochos diarios para los visitantes. Ocuparon notas en diarios, semanarios y reportajes en televisión. Incluso el Consejo de Ministros degustó, en un par de oportunidades, durante sus sesiones, los productos de Coopaps. El comisionado Parlamentario para las cárceles, Dr. Alvaro Garcé, destaca este emprendimiento en cada uno de sus informes, lo mismo sucede en los informes del Ministerio del Interior. Ha sido catalogado como el «buque insignia» de la política del sistema carcelario. Todo un orgullo para nuestro gobierno.

Sin embargo hoy, ya hace 20 días que la producción se detuvo. El horno eléctrico colapsó, la sobadora se rompió, la cámara de frío dejó de funcionar, estas viejas máquinas panificadoras, donadas generosamente por el BROU a la Dirección Nacional de Cárceles, terminaron por romperse casi definitivamente. No hay rubro para su reparación. En una sociedad de mercado, esta unidad cooperativa de producción, forjada desde dentro de una cárcel, carente de capital desde el primer día que salieron a colocar sus productos, no puede seguir produciendo. Este puñado de hombres han demostrado que es posible la lucha por una vida digna; en otras cárceles del país se intenta reproducir esta experiencia, me refiero al CNR (ex­Musto) y la cárcel de Maldonado. Hace un par de años me lo propusieron en la cárcel de Canelones. Verdaderamente creía con firmeza que este era uno de los caminos posibles para que hombres y mujeres privados de libertad, retomaran la vida del trabajo con sacrificio, de «ganarse el pan con el sudor de la frente». Debo reconocer la voluntad política de parte de las autoridades del Ministerio del Interior y la nobleza de algunos de sus jerarcas en el apoyo del proyecto; no así de otros a los que la palabra «pichi» les babea en la boca como saliva chirlona. Y aún esta provocativa barrera los muchachos de Coopaps la superaron. Esta experiencia nos mete decididamente a discutir y buscar soluciones a viejos decretos y normas constitucionales acerca de los trabajos y los días en las cárceles. El anacrónico peculio percibido por el reo y depositado en el BHU, para que cuando salga en libertad cuente con ese dinero carece de todo sentido. El diagnóstico ya está más que claro, el Inacri carece de funcionarios suficientes para evaluar a los detenidos, las cárceles están saturadas, por lo que es muy difícil encontrar espacios para realizar trabajos dignificantes, o para habilitar aulas donde enseñar a leer y escribir o progresar en estudios secundarios, yo vi profesores de UTU concurrir todos los días a los establecimientos y no poder dictar clases por carecer de espacio. La Ley de Humanización es un logro de la política para el sistema carcelario pero, como toda Ley, si no se puede aplicar, fracasa. En el sistema financiero, regulado por normas bancocentralistas ajenas a la realidad económica y productiva del Uruguay, no tienen cabida este tipo de emprendimientos, lo que atenta decididamente contra cualquier proyecto productivo en serio desde dentro de una cárcel. Al preso sólo le queda la casi denigrante «carpida», o unas horas en la «bloquera» que le cansen los músculos y lo alejen de la pasta base para poder dormir durante la noche. Casi todos los días oímos el coro ramplón de los lugares comunes por la radio, por la televisión: «que los presos trabajen». Bueno he aquí este grupo formidable de hombres que quieren trabajar y no tienen chequera, no tienen tarjetas de crédito, no acceden a líneas de crédito bancarias, pero tienen fuerza y ganas, además tienen hambre, ellos y su familia. Lo bestial de esta situación es que ahí está la planta elaboradora, están los clientes, y están ellos que quieren trabajar. Porque si Cristo no ayuda, no quieren que los ayude Satán.

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