¿Cuánta ignorancia puede aguantar un país?

«Si una nación espera ser ignorante y libre, en un estado de civilización, espera lo que nunca fue y nunca será». Thomas Jefferson

Aproximadamente uno de cada cuatro estadounidenses es capaz de nombrar más de una de las cinco libertades garantizadas por la Primera Enmienda (libertad de expresión, religión, prensa, reunión y petición de compensación por agravio). Pero más de la mitad de los estadounidenses puede nombrar a por lo menos dos miembros de los Simpson, la familia ficticia de la historieta ilustrada, según un estudio.

El estudio del nuevo McCormick Tribune Freedom Museum estableció que un 22% de los estadounidenses puede nombrar a todos los cinco miembros de la familia Simpson, en comparación con sólo 1 de cada mil que puede nombrar todas las cinco libertades de la Primera Enmienda.

¿Sorprendido? Supongo que la mayoría lo estaría. La impresión general parece ser que vivimos en una era en la que la gente está particularmente informada. Muchos estudiantes me dicen que son la generación más informada de la historia.

¿Por qué estamos tan engañados? El error puede ser rastreado a nuestra confusión entre un acceso sin precedentes a la información con su verdadero consumo. Nuestro acceso es ciertamente fenomenal. George Washington tuvo que esperar dos semanas para descubrir que había sido elegido presidente de EEUU. Es el tiempo que duró para que la noticia viajara desde Nueva York, donde se contaban los votos en el Colegio Electoral, hasta su casa en Mount Vernon, Virginia. Los estadounidenses que vivían en las regiones del interior tuvieron que esperar aún más, algunos hasta dos meses. Ahora vemos en tiempo real acontecimientos que ocurren al otro lado del mundo. No es sorprendente, por lo tanto, que los estudiantes alardeen de sus conocimientos. A diferencia de sus padres, que se veían obligados a basarse sobre todo en periódicos y las noticias en las radios para descubrir lo que sucedía en el mundo, ellos pueden sintonizar CNN y Fox o consultar Internet.

Pero en los hechos, sólo un pequeño porcentaje de gente aprovecha los grandes recursos nuevos que tiene a su disposición. En 2005, el Centro de Investigación Pew examinó los nuevos hábitos de unos 3.000 estadounidenses de 18 años y más. Los investigadores descubrieron que un 59% recibe regularmente por lo menos algunas noticias de la televisión local, un 47% de los espectáculos noticiosos de la televisión nacional, y sólo un 23% de Internet.

Algunas de las cifras son difíciles de comprender en un país en el que por lo menos desde hace un siglo la ley exige que todos los niños asistan a la escuela primaria o sean educados en casa. Incluso si la gente no sigue de cerca las noticias, se esperaría que fueran capaces de responder preguntas cívicas básicas, pero sólo lo puede hacer una pequeña minoría.

En 1986, sólo un 30% sabía que Roe contra Wade fue la decisión de la Corte Suprema que legalizó el aborto más de una década antes. En 1991, se preguntó a los estadounidenses cuánto duraba el mandato de un senador de EEUU. Sólo un 25% respondió correctamente seis años. ¿Cuántos senadores hay? Un sondeo de hace unos pocos años estableció que sólo un 20% sabe que hay 100 senadores, aunque la cifra se ha mantenido constante durante el último medio siglo (y es fácil de recordar). Es alentador que actualmente llegue a un 40% la cantidad de estadounidenses capaz de identificar y nombrar correctamente los tres poderes del gobierno.

¿Qué país lanzó la bomba atómica? Sólo un 49% sabe que fue su propio país.

Si el problema fuera simplemente que los estadounidenses no recuerdan nombres, no tendríamos que preocuparnos demasiado. Pero tampoco entienden el funcionamiento del gobierno. Sólo un 34% sabe que es el Congreso el que declara la guerra (lo que explica por qué los presidentes nos llevan a guerras sin declaraciones explícitas de guerra del poder legislativo). Sólo un 35% sabe que el Congreso puede pasar por sobre un veto presidencial. Cerca de un 49% piensa que el presidente puede suspender la Constitución. Cerca de un 60% cree que este último puede nombrar jueces a los tribunales federales sin la aprobación del Senado. Cerca de un 45% cree que el discurso revolucionario es punible por la Constitución.

Jóvenes, ignorantes ­ y votantes

Uno podría pensar que por lo menos, no nos estamos volviendo más cretinos. Pero según ciertos criterios corresponde a la verdad. Los jóvenes saben menos hoy, según numerosos criterios, que los jóvenes de hace cuarenta años. Y su actitud hacia las noticias es peor. La lectura de los periódicos se acabó en los años sesenta junto con el Hula Hoop. Sólo un 20% de los jóvenes estadounidenses entre 18 y 34 años leen un periódico diario. Y no es una exageración. No hay modo de saber qué parte del periódico están leyendo. Es más posible que incluya las historietas y una rápida mirada a la primera plana que historias densas sobre Somalia o el presupuesto.

Tampoco miran los programas noticiosos por cable. La edad promedio del público de CNN es sesenta. Y seguramente no ven las noticias por la televisión en cadena, que atraen sobre todo a la generación ‘senil’- Tampoco utilizan Internet en grandes cantidades para navegar buscando noticias. Sólo un 11% dice que pulsan regularmente en páginas de noticias en la Red.

En comparación con los estadounidenses en general ­ y no es gran cosa, considerando su bajo nivel de interés en las noticias ­ los jóvenes son los menos informados en cualquier grupo de edad, con la posible excepción de los que están confinados en casas de reposo. En los hechos, los jóvenes son tan indiferentes a los periódicos que por sí solos son responsables por los porcentajes deprimentes de lectura que son divulgados.

En generaciones anteriores ­ en los años cincuenta, por ejemplo ­ los jóvenes leían periódicos y digerían las noticias en porcentajes similares a los de la población en general. Nada indica que la actual generación de jóvenes vaya a comenzar repentinamente a prestar atención a las noticias cuando cumplan 35 o 40 años. Por cierto, medio siglo de estudios sugiere que la mayor parte de la gente que no adquiere el hábito de informarse a los veintitantos años probablemente jamás lo haga.

Los jóvenes de hoy en día consideran que las noticias son irrelevantes. Aburridos por la política, los estudiantes eluden los rituales de la vida cívica, votando en cantidades inferiores a las de otros estadounidenses (aunque en los sondeos recientes se vio un pequeño aumento en la participación cívica). Datos del censo de EEUU indican que los votantes entre 18 y 24 participan en pequeñas cantidades. En 1972, cuando los de 18 años obtuvieron derecho a voto, un 52% depositó votos. En los años siguientes, muchos menos votaron: en 1988, un 40%; en 1992, un 50%; en 1995, un 35%; en 2000, un 36%. En 2004, a pesar del más intenso esfuerzo jamás concentrado en los jóvenes para que fueran a votar, sólo un 47% se tomó la molestia de depositar un voto.

Ya que los jóvenes en su conjunto apenas se interesan por la política, se podría considerar si incluso queremos que voten. Cuando en 2000 se les pidió que identificaran al candidato presidencial que era el principal patrocinador de la Reforma de las Finanzas de la Campaña Electoral ­ el senador John McCain ­ sólo un 4% de la gente entre 18 y 24 años pudo hacerlo. Cuando comenzó la temporada de primarias en febrero, menos de la mitad del mismo grupo de edad llegaba a saber que George W. Bush era candidato. Sólo un 12% sabía que McCain también era candidato aunque se decía que era especialmente atractivo para los jóvenes.

¿Los temas? ¿Quién sabe?

Actualmente se gastan millones cada año en el esfuerzo por responder a la pregunta: ¿Qué quieren los votantes? La respuesta honesta sería que a menudo ellos mismos no lo saben en realidad porque no saben lo suficiente como para opinar. Pocos, sin embargo, lo admiten.

En la elección
de 2004, uno de los temas candentes fue el matrimonio gay. Pero era difícil medir la opinión pública al respecto. Cuando se les preguntó en un sondeo nacional si apoyaban una enmienda constitucional que permitiera sólo matrimonios entre un hombre y una mujer, una mayoría dijo que sí. Pero tres preguntas después una mayoría también estuvo de acuerdo en que «la definición del matrimonio no era un tema suficientemente importante como para cambiar la Constitución.» El New York Times resumió sardónicamente los resultados: Los estadounidenses están claramente a favor de enmendar la Constitución, pero no de cambiarla.

¿Cuánta ignorancia puede aguantar un país? Tiene que haber consecuencias terribles cuando llega a un cierto nivel. ¿Pero qué nivel? ¿Y exactamente con qué consecuencias? Es imposible conocer las respuestas a estas preguntas. ¿Pero cabe alguna duda de que si persistimos en el camino por el que vamos, llegará el día, tal vez no demasiado distante, en el que tengamos que enfrentar las respuestas?

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