EDITORIAL

En el umbral del TLC con Chile, la mejor noticia en lo que va del año

Los acuerdos firmados con Chile en oportunidad de la visita de la presidenta Bachelet, y el tipo de conversación que las autoridades chilenas y uruguayas han mantenido en el último año componen una parte sustancial de la estrategia comercial que el gobierno uruguayo ha mantenido como línea directriz de su política exterior.

Tanto en la letra y metas de esos acuerdos, como en la elaboración de una confianza común o en la aproximación al lenguaje del pragmatismo comercial, Uruguay ha logrado completar una de las etapas más obvias y, a la vez, más difíciles de lo que podría llamarse la reinserción de Uruguay en un mundo diferente.

Si bien hay una mancomunidad histórica con Chile, cultural, política, afectiva, las últimas décadas han estado preñadas de hechos que a nivel de cada Nación han distanciado las bases desde las cuales era posible avanzar en acuerdos más ambiciosos. Chile ha elaborado sus vínculos con países y comunidades hasta los confines mismos del mundo. Y ello, además de oportunidades increíbles para la historia de un país latinoamericano, conlleva obligaciones, restricciones, precauciones a la hora de integrar formalmente un nuevo pasajero a ese vehículo en el cual el país trasandino anda y afronta ofensivamente los riesgos de la globalización.

En tanto, el éxito de haber alcanzado objetivos que nos ubican en el umbral de un TLC con Chile no debería se desdibujado en una crónica costumbrista de los vínculos ordinarios de dos países hermanos. Uruguay tiene un tratado de inversiones con Chile firmado en 1995 que hasta ahora, sin los nuevos documentos y este nuevo diálogo de autoridades que se respetan y quieren, era nada más que eso, un tratado más, similar a la que Chile o Uruguay tienen con varias decenas de terceros pases.

Ahora, aquel Tratado se activa en una función de utilidad potente. Su letra comienza a ser buscada por los asesores de los empresarios y autoridades chilenas que andan por el mundo. Los acuerdos establecen metas de un cronograma que será anticipado por los inversores chilenos y de todos aquellos que en el mundo tengan TLC con Chile para generar un flujo de inversión directa productiva de dimensión inédita.

Ahora, al gobierno le resta asegurar que los empresarios nacionales, los trabajadores, las instituciones culturales y la sociedad civil en su conjunto entiendan y utilicen plenamente las oportunidades que la exitosa política ha abierto. Lo principal ha sido hecho. De aquí a fin de año restan realizar ajustes a nivel público que no serán sencillos, pero el camino está abierto y por él, además de inversores y oportunidades de todo tipo, transitan también las obligaciones y exigibilidades que los acuerdos de reglas y disciplinas fuertes generan a la interna de cada país signatario.

En esa vía abierta, desafiante política, comercial, culturalmente, hay una oportunidad agregada: la de la pervivencia del capital nacional. Esa oportunidad es la de una articulación inteligente. La que debe ser promovida y cuidada, en ese orden, desde la comunicación y algunas políticas sectoriales. El gobierno debe utilizar los éxitos de la política comercial para propiciar los procesos de fusión y asociación de las empresas nacionales. Tal intención debería mejorar y acelerar el encuentro de los diferentes ministerios que tienen que ver con esas políticas de articulación del capital nacional y externo en las condiciones de seguridad y soberanía que el país ha definido para los socios con los cuales quiere avanzar.

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