¿Tenía razón Kafka?

Kafka tenía razón. A los 150 años de su nacimiento podemos tildar de «kafkiana» la realidad del mundo actual. Leo, al pasar, las noticias de un diario serio y objetivo.

Se desarrolla en la ciudad japonesa de Hokkaido la reunión «de los Ocho», de los ocho grandes, los que manejan el mundo. El clima es sombrío. Porque no se ha cumplido nada de lo que prometieron en la reunión del año pasado, en Heiligendamm, Alemania. En esa reunión, los ocho representantes, sonrientes, aceptaron la proposición de la jefa de gobierno alemán, Angela Merkel, de reducir hasta el año 2050 a la mitad la emisión mundial de CO2. Para llegar a esa meta, los ocho países tendrían que reducir esas emisiones en un ochenta por ciento. Pero desde Heiligendamm no se hizo casi nada. Los ecologistas alemanes le exigen a Merkel que tiene que destapar la olla en la reunión próxima y tomarlo como una falta de respeto. Pero la verdad es que está claro: dentro del pensamiento capitalista, defender la atmósfera sale caro y entonces se encarecerían los productos y eso llevaría a una nueva guerra de competencia comercial. Ya se adelanta que Bush se va a negar rotundamente a una política ecológica dados los problemas que trae la suba del costo del petróleo. Ese es el tema que va a estar en discusión en primer lugar y no la ecología. Por otro lado, la FAO, la Organización Mundial de Alimentación, dio a conocer el jueves que el número de hambrientos en el 2007 subió a 450 millones de personas. Y que más de otros 850 millones no alcanzan a satisfacer sus necesidades mínimas alimentarias. Una vez más cabe la pregunta: ¿Seguiremos leyendo estas noticias o viéndolas por televisión (por supuesto, después del fútbol o de alguna de esas guasadas acostumbradas)? ¿Seguirá el mundo sin reaccionar ante este sistema tan injusto e irracional?

Claro, podríamos hablar más de Kafka y menos de estadísticas y ganancias. Pero es que el periódico no me deja. Por ejemplo: un editorial se titula «Basta de la locura de las rutas». «Cualquier viaje por las autopistas alemanas es suficiente para comprender que hay que resolver de una vez el problema de los camiones. Por ellos, el tránsito se acumula kilómetro tras kilómetro. Lo que es dañino al clima, lo sabemos. Cualquier ayuda para resolver esa locura contemporánea será bienvenida. Ya se ha probado mucho, por ejemplo la prohibición a los camiones de pasar a otros camiones o automóviles. Deben mantenerse en su franja. Y hay también un título saludable: «Al supermercado, en bicicleta». Pero no todos quieren ir al supermercado en bicicleta. Varios diarios han tomado el tema con humor. Por ejemplo, un título lo dice todo: «Gran demanda de sedientos de gasolina». Y como subtítulo: «A pesar de los altos precios del petróleo y de los problemas ecológicos, aumenta en gran proporción la venta de autos caros». El periodista describe en idioma teatral: «Los automovilistas alemanes aprietan el acelerador a 180. Los precios de la nafta suben y suben. Peor todavía, el diesel es más caro que la nafta especial. El mundo al revés. Porque si bien subió el interés por los autos pequeños, mucho más por los autos de lujo, esos que no consumen sino devoran cada vez más combustible. Por ejemplo, en Alemania fueron patentados en abril de este año 378.805 autos (en el mismo mes de hace cuatro años esa cifra fue de 297.126). En abril de 2008 fueron habilitados 18.363 autos pequeños pero 22.121 todo-terreno. Entonces queda la tristeza de que ni siquiera el mejor defensor de la ecología podría ser la suba de la gasolina. Ni vale ya el pensamiento razonable de que sea lo bueno y lo ético lo que trate de resolver los grandes problemas de injusticia y de muerte que han asolado y siguen asolando a los pueblos del mundo y al clima del planeta. Si no se piensa en la humanidad actual, ¿qué se va a cavilar acerca del mundo que les tocará a las próximas generaciones?

Porque vayamos a las armas. En el año 2007, por primera vez, la población mundial ha invertido 200 dólares por cabeza para armamentos. Lo militar devora el 2,5 por ciento del producto social global. Es decir, 858 billones de euros. Lo que demuestra una suba del seis por ciento frente al año anterior, valor limpio de inflación. Frente a lo gastado en 1998, al final de la «Guerra Fría», el aumento es nada menos que del 45 por ciento. Mirando los números se pregunta uno: ¿Es que el mundo se ha vuelto loco? Hablábamos de que el ser humano, por cabeza, gasta 200 dólares por año en armas. El informe dice que para llevar a la mitad el número de los millones de hambrientos del mundo se necesitarían 20 dólares por habitante. El campeón del armamentismo es, por supuesto, Estados Unidos, con el 45 por ciento del gasto militar mundial. Luego le siguen Gran Bretaña y China, con el cinco por ciento. Alemania ­pese a la lección de las dos últimas guerras­ está en sexto lugar. Pero vayamos al negocio de las armas. Por supuesto, Estados Unidos va primero, con 7.454 millones de dólares de exportación de armas. Rusia, segunda, y tercera Alemania, que exporta por 3.395 millones de dólares. Los que más compran armas a Alemania son Turquía, Grecia y Africa del Sur. Y un país al cual se lo ha considerado siempre «pacifista» por excelencia, Holanda, es el quinto del mundo en exportar armas. Quien exporta armas no es pacifista.

Kafka sonreiría desde el cielo de los creadores ante este panorama kafkiano. No, tal vez ni siquiera él imaginó un mundo así. Para no hablar de la violencia desatada en lugares del mundo que se han convertido en llagas permanentes de la humanidad.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje