Un paradigma para el mundo multipolar

«El Nuevo Paradigma está en el primer lugar en la orden del día en el gran debate de las ideas en el planeta Tierra» (Fasano). Antes de entrar a considerar las exposiciones de los primeros convocados a la ágora de los debates paradigmáticos debemos interpretar fundamentalmente y sin error el mundo que aspiramos cambiar (Djilas). Esto último podría parecer una megalomanía del conocimiento como consecuencia del caos surgido de la inflexión histórica del 11 de Setiembre de 2001, conocido como el 9/11 y que cambió el planeta.

Estados Unidos, líder en un mundo unipolar, como consecuencia de desastres naturales, (destrucción de New Orleans), traslado de industrias y servicios a otros países con bajos salarios, reducción de los impuestos internos, apertura de dos frentes de guerra en el Medio Oriente, enfrentando la megacrisis hipotecaria con un efecto dominó que abarca todos los sectores y cruzó el Atlántico y no ha llegado a su fin; se ha convertido en el deudor del mundo, afronta un déficit sideral en su presupuesto y su balanza comercial es deficitaria también en cifras enormes y enfrenta una creciente inflación y desocupación que a su vez se refleja en un dólar cuyo valor se deteriora en forma constante.

Estos hechos inevitablemente impactan el mundo. Sus técnicos y políticos no atinan a encontrar una vía de superación. No hay medios humanos para enfrentar un huracán de esta magnitud que dejará sus inevitables secuelas destructivas. El gigantismo de la mayoría de las variables las hace poco menos que ingobernables y al actuar positivamente sobre unas, desequilibra negativamente otras. En este momento la Reserva Federal mantuvo la tasa del 2% pero tiene enormes dudas sobre el futuro paso a dar en este tembladeral. Las llamadas Periferias parecen recibir los beneficios de los mayores precios de sus productos primarios, aunque el uso y la apropiación política de esta plusvalía difiere en cada país y genera enfrentamientos entre gobiernos y productores, acentuado en los llamados gobiernos caníbales. Argentina debe más de lo que debía cuando no hace mucho, otra vez, no honró sus demagógicas deudas. Brasil parece, por múltiples hechos puntuales, señalar nuevamente el ejemplo del camino correcto. Por otra parte despiertan los gigantes dormidos: China, India y Brasil que empujan la demanda mundial de energía y de alimentos y con ello sus precios. Los objetivos del milenio de las Naciones Unidas no parece que puedan cumplirse.

Tratar de proponer un paradigma universal en este escenario sería, como dije, una megalomanía cognoscitiva porque estamos inmersos en este violento oleaje y no tenemos la perspectiva ni la información para saber donde estamos y hacia donde vamos ni el poder para influir en nada, ni como individuos ni como naciones. Los tradicionales centros, EEUU y Europa, ceden posiciones a nuevos centros y todos son dependientes del imperio petrolero. Rusia tiene cautiva a Europa con sus suministros de gas. El mundo está cautivo por el Medio Oriente y Venezuela. Tenemos que preguntarnos si el mundo unipolar, como lo conocimos desde que se cayó el Muro, no se ha convertido ya en un mundo multipolar. El saqueo de los países por la corrupción de los gobernantes y sus burocracias, el terrorismo, el contrabando de bienes y personas, el narcotráfico, las migraciones y la xenofobia ocupan una parte sustancial de este negativo acontecer mundial. Estos hechos son insensibles a cualquier paradigma ético. Esta arena mundial que enfrenta a los súper poderosos de variada especie no es el ámbito natural para imposibles paradigmas, a lo sumo podemos lamentarnos que las cosas sean así y rezar para que no empeoren. Un reciente titular desde Washington decía «El espíritu nacional se despeña en un mundo desordenado». La nota empieza preguntándose si estamos en un remolino fuera de control. El propio American Way of Life, con su drástica reducción del consumo, entra en crisis y muchos se preguntan con temor si el país no está por repetir el año 1929.

Descarto la posibilidad de crear un paradigma y los medios para alcanzarlo, que puedan crear un orden y una esperanza ecuménica en esta coyuntura histórica. Sólo queda la posibilidad del paradigma local o regional que permita sobrevivir estas adversidades en mejores condiciones. Aún en este ámbito más acotado corresponde preguntarse que es un paradigma. El diccionario lo asimila a lo ejemplar. Esto es insuficiente para definir y desarrollar una idea y una teoría paradigmática socio-política. Una teoría paradigmática debe referirse a partes esenciales de la realidad social (Goodin-Klingemann). Ellos sostienen que cuanto más ambiciosa es una teoría es menos comprobable empíricamente. Otra condición es que todo cambio «sólo se justifica si es necesario para garantizar el desarrollo de los pueblos latinoamericanos, pero para ello se necesita una teoría del desarrollo» (Prats).

Esto es lo difícil dice Prats, pero debe ser exigido a toda propuesta de cambio, so pena de quedar en la retórica voluntarista. En consecuencia un paradigma, por ejemplo, sustituir el mercado, debe estar acompañado por una teoría plausible. Tanto el paradigma como su teoría debieran ser el objeto del debate de ideas que se ha propuesto.

Un paradigma sin teoría no merece ser considerado. Su ausencia representa un gran vacío de creatividad, o fuerzas opuestas a los cambios reales. «La democracia se ha convertido en el principio fundamental de legitimidad política en la presente era» (David Held), frase que para mi es válida, solamente, si hablamos de la Democracia Real. La democracia como tema fue mencionada por los panelistas pero no en términos de paradigma con lo cual se excluye el paradigma por excelencia.

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