EDITORIAL

Recordar para no dejar de ser una nación

Ha dicho Borges en uno de sus poemas: «Sólo una cosa no hay, es el olvido./ Dios, que salva el metal, salva la escoria,/ y cifra en Su profética memoria/ las lunas que serán y las que han sido». Si nos atenemos a esta reflexión del gran poeta argentino, deberemos convenir que será inútil todo esfuerzo tendiente a «echar un manto de piadoso olvido» sobre los hechos dolorosos del pasado. Sin embargo, desde el retorno a la normalidad institucional, en 1985, hemos debido soportar el sonsonete del discurso conservador instándonos a no «tener ojos en la nuca», a «dar vuelta la página», a perdonar y a olvidar de modo de lograr un «estado del alma» que permita «cerrar heridas» y llegar a la reconciliación de todos los uruguayos.

Entre todo ese cúmulo de frases hechas en lenguaje metafórico, se mezclan dos cuestiones que, aunque estrechamente vinculadas entre sí, son bien diferentes. Por un lado, se trata de justificar la Ley de Caducidad como elemento pacificador y se exhorta a dejar de lado lo que ellos llaman espíritu de venganza; por otro, la propuesta es mirar hacia adelante y no hacia el pasado, olvidar los horrores y perdonar a los terroristas de Estado. Harto conocida es nuestra postura al respecto: hemos rechazado de plano ese discurso falsamente conciliador y auténticamente hipócrita. Estamos convencidos de que la ley de impunidad no fue una ley pacificadora, que promovió el silencio cómplice, que bajo su amparo se omitió información sobre los desaparecidos, y entendemos que los responsables de crímenes de lesa humanidad deben ser juzgados.

Podríamos admitir que la impunidad fue consagrada por el voto popular, aunque somos partidarios de la anulación de la ley, y que por tanto el reclamo de justicia irrestricta ha sido sepultado. Pero lo que en modo alguno podemos tolerar es que se pretenda imponer el olvido y un perdón imposible. Sin embargo, hay voces –incluso provenientes de la propia izquierda– que empiezan a cuestionar las conmemoraciones, que se muestran escépticas en cuanto al valor y la conveniencia de que se recuerden los hechos del pasado. Concretamente, la consigna de «mirar hacia adelante» parece haber hecho carne en algunos analistas que han aprovechado el aniversario número 35 del golpe de Estado para sugerir que hay problemas más urgentes que resolver y que la población está cansada de que le recuerden hechos trágicos del pasado; de acuerdo con esta percepción, los jóvenes tienen otros intereses y no es oportuno andar hurgando en acontecimientos que no les incumben.

Pues bien, es preciso denunciar con toda firmeza esta postura profundamente errónea que propende peligrosamente al olvido. Si esta tesitura fuera la correcta, los armenios habrían olvidado el genocidio sufrido por sus ancestros a manos del imperio otomano y los judíos vivirían felices ignorando el holocausto; del mismo modo, la masacre de Paso Quinteros habría sido borrada del recuerdo del Partido Colorado y Leandro Gómez no sería uno de los héroes del Partido Nacional.

Al contrario, es preciso fomentar la memoria y aprovechar cada circunstancia propicia para que no olvidemos nada y para que las nuevas generaciones conozcan a cabalidad lo que sucedió. Al respecto, importa destacar que en la sesión del pasado jueves de la Junta Departamental de Montevideo, varios ediles se refirieron al quiebre institucional de junio del 73 y todos lo hicieron en la misma dirección, resaltando la necesidad de recordar, de no olvidar y de profundizar en el conocimiento de los hechos de modo que esos hechos queden en la memoria colectiva. Porque como con acierto expresó la edila colorada Glenda Rondán, «los países que olvidan su pasado dejan de ser una nación».

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