Escrito por: Por Eduardo Galeano Escritor. Palabras de asunción como Ciudadano Ilustre de Montevideo, gentileza del autor

Porque yo soy una “gota” de un río caudaloso; de esa cultura soy hijo y me honro en formar parte de ella porque es una cultura –yo no sé si única en el mundo–, pero de las poquitas que hubo y hay, donde no hubo ni hay ni un solo cómplice de la dictadura militar. Es una cosa rara, de la que podemos estar todos nosotros muy orgullosos. No hubo ni una sola figura significativa, importante de las Artes o de las Ciencias de nuestro país que fuera cómplice de aquellos años de miedo y mentira que asolaron la tierra uruguaya. Ni uno solo, … ni uno solito.
Así que yo empiezo por dar gracias a esa cultura que me formó en el aprendizaje de la dignidad humana y que me formó en el oficio de rendirle homenaje.
Y claro que tuvo nombres ese aprendizaje; maestros a lo largo de la vida: Guillermo Chifflet que está ahí; Tomás que fue el que me introdujo en el mundo mágico de las imprentas cuando yo acababa de estrenar los pantalones largos. Vivian Trías, que me enseñó que el pasado podía ser presente; que era presente, y que ese presente había que vivirlo con los ojos puestos en los días siguientes desde una perspectiva latinoamericana. Me enseñó que el pasado era presente y que “la patria chica” era también “la patria grande”; y a don Carlos Quijano que me enseñó la responsabilidad en el uso de la palabra, una palabra que no quería ni podía venderse ni alquilarse y que por eso debía ser más hermosa todavía que las palabras de “los alquilados” y de “los vendidos” que podían tener mucha calidad de escritura, pero que escribían en nombre de mentiras disfrazadas de verdades; y a Mario Benedetti que me enseñó que un escritor famosísimo podía ser también humilde y generoso, porque Mario es de esos escritores muy extraño, muy raro, poco frecuentes en esta “jaula de los pavos reales” que es el Sindicato nuestro, porque Mario se alegra cuando a otros escritores les va bien –que es una cosa rarísima–, cómo puede ser que un escritor se alegre cuando a otro le va bien, lo normal es que cuando uno dice: “me va muy bien”, uno advierte cierto malestar al hígado, ciertas complicaciones de salud que ya algún médico corregirá.
Y a Juan Carlos Onetti también me gustaría nombrar esta noche aquí, maestro mío; gruñón, “falso puerco espín”, que en realidad era un “tiernito” que mucho me enseñó también en el oficio de escribir y que sobre todo me enseñó que las únicas palabras que merecen existir son las palabras mejores que el silencio.
Y gracias sobre todo a la ciudad de Montevideo, la ciudad donde nací y donde volvería a nacer donde una vez y dos y mil veces volvería a nacer. Una ciudad donde me formé en los Cafés –sobre todo en los Cafés– que fueron mi Universidad, los Cafés que ya no están. Queda “el último de los Mohicanos” que es el Café Brasilero, que frecuento.
Muchas veces de boca de los exiliados de la República Española que todavía quedaban en los Cafés, en las Vinerías; discutiendo como si no fueran vencidos –y quizás no eran vencidos–, porque seguía ardiendo en esos pechos el sagrado fueguito de la solidaridad humana y se peleaban entre ellos; me acuerdo a matar, discutiendo como si se odiaran y después abrazados cantaban y bebían el vino de la reconciliación.
En esos Cafés escuché también contar historias a muchos genios del lenguaje narrativo del “Arte del Bien Decir”, cuyos nombres no recuerdo. Gente que iba y venía, y que me enseñaron a contar las cosas de tal manera que lo que ocurrió pudiera volver a ocurrir cada vez que se contaba; y a la ciudad claro, donde todavía se puede respirar y caminar que son dos lujos que parecen imposibles en el mundo de hoy.
Ya las maestras me decían cuando yo era chico: “respirá Eduardito que es importante” pero claro, ahora en muchas de las ciudades “secuestradas por las máquinas”, sobre todo por los motores, por los autos es casi imposible respirar y caminar ni se diga. Y en Montevideo todavía se puede.
Ojalá sepamos defender estas dos maravillas: una ciudad donde se puede respirar y se puede caminar. ¡Qué sería de mí si no la caminara cada día! Caminar Montevideo a la orilla del río-mar, y mientras la camino “me camino”, porque esos pasos me devuelven lo que soy. Y mientras la camino, caminan dentro de mí las palabras que se van juntando y forman frases porque ellas también “caminan” como yo camino, y mientras caminan van generando historias que después “golpean a la puerta de la boca” queriendo salir, queriendo “darse” a los demás … a ustedes.
¡Gracias!
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