El hijo de dos desaparecidos

La presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela Barnes de Carlotto, que ha hecho de la defensa de los derechos humanos y en particular de la búsqueda de los hijos de los desaparecidos en Argentina la razón de su vida, fue galardonada con el Honoris Causa de la Universidad de la República y recibida por el vicepresidente en ejercicio de la presidencia, Rodolfo Nin Novoa, al tiempo que inauguró en nuestro país (como ya lo había hecho en Quito, Asunción y Nueva York) la muestra itinerante «Memoria Gráfica Abuelas Plaza de Mayo 30 años». Su presencia resultó removedora además porque vino acompañada por Carlos D’Elía Casco, hijo de dos uruguayos desaparecidos en Buenos Aires en la época de la dictadura: Julio D’Elía y Yolanda Casco.

Carlos D’Elía tiene ahora 30 años. Nació en cautiverio en el Pozo de Banfield en Argentina en 1978. Esta parece una frase común, y se dice rápido. Pero encierra un significado profundo y trágico, que cuesta expresar en palabras. Recuperó su verdadera identidad en 1995, cuando tenía 17 años. A ello no fue ajena la labor de la benemérita institución de las Abuelas de la Plaza de Mayo. Ahora conoce a su familia en Uruguay, y se anudó una muy buena relación, según sus palabras, entre sus integrantes y la familia que él formó en Buenos Aires.

Yo no lo conocía. Sí conocí a su padre, y eso me trajo un tropel de recuerdos. Julio D’Elía, que era sobrino de José Pepe D’Elía, el líder emblemático de la unidad sindical en nuestro país, integraba un grupo de uruguayos que nos reuníamos periódicamente en Buenos Aires en los primeros años de la dictadura y hasta el asesinato de Michelini y Gutiérrez Ruiz. Integraban el grupo el rector de la Universidad Oscar J.Maggiolo, que era un animador de primer orden, José Díaz y Reinaldo Gargano, Zelmar Michelini y el ex decano de la Facultad de Derecho Alberto Pérez Pérez, Héctor Gutiérrez Ruiz (que se incorporó un poco después y se mantuvo hasta el final), justamente Julio D’Elía y quien escribe estas líneas. Nuestra actividad se concentraba en denunciar a la dictadura uruguaya por todas las vías posibles. Una de ellas consistía en elaborar un boletín titulado Informaciones Uruguayas que distribuíamos entre los medios de comunicación argentinos y que además cada uno de nosotros difundía por el mundo según sus conexiones internacionales, hasta constituir una verdadera red. El boletín se redactaba con los aportes de todos, cada uno en su estilo. En las reuniones de discusión de los materiales, Julio D’Elía se distinguía por su espíritu crítico y su nivel de exigencia, reclamando informaciones precisas, documentadas y bien contextualizadas. Ésa era una constante suya. Para todas las etapas posteriores habíamos montado un aparato sencillo y eficaz, con tareas distribuidas, desde el picado de las matrices (¡qué época!), la impresión en un sindicato de la periferia de la capital, la distribución (con Gutiérrez Ruiz como canilludo, que le entregaba a cada cual su paquete) y el reparto en el país y el exterior.

Era precisamente en su apartamento de la calle Posadas 1011 donde realizábamos en el último período nuestras reuniones semanales (que en la primera etapa tuvieron lugar en el domicilio del rector Maggiolo). De allí vinieron a sacarlo en la noche fatídica del 18 de mayo de 1976 para llevárselo rumbo a la muerte, junto con Zelmar. En ese hogar nos recibían cálidamente el Toba y su esposa Matilde, y nos venían a saludar sus hijos, Mateo entre ellos. Mateo es el alma máter del magnífico documental (D.F., Destino Final) sobre la vida y pasión del Toba, una realización imperdible que en algunas secuencias alcanza una intensidad dramática que no he visto en ninguna otra, en particular las secuencias terribles del final. Lamento empero que esta dimensión de la vida del Toba a que me estoy refiriendo se haya perdido en la versión definitiva.

Entreverado con todas estas vivencias es como recuerdo a Julio D’Elía en aquellos años. Pasó cierto tiempo hasta que llegáramos a saber que lo habían secuestrado y desaparecido. Ahora, las vueltas del destino me ponen frente a su hijo.

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