OPINION

El espíritu del Che

En la madrugada del 14 de junio de 1928, en Rosario, Argentina, nace Ernesto Guevara de la Serna. Hoy, 80 años después de su fecunda vida y fructífera siembra, podemos afirmar que la verdadera relevancia de Ernesto Che Guevara no está determinada tan sólo por su participación en la lucha de liberación nacional o su labor como dirigente de la Revolución Cubana, sino de manera esencial por su modo de actuar en la vida cotidiana y por la forma en que se relacionó con el pueblo.

 

Su sencillez, espíritu de sacrificio, austeridad, sus conceptos sobre la justicia, la libertad y la dignidad y su entrega total a la Revolución, hicieron de su figura un símbolo para el pueblo cubano y el mundo, alguien capaz de movilizar con la fuerza de su ejemplo.

En su labor cotidiana, Ernesto Che Guevara dedicó particular atención a desarrollar sus conceptos sobre los valores humanos. Sus planteamientos teóricos estuvieron avalados, en primera instancia, por la fuerza que emanó de su ejemplo como trabajador y dirigente de la Revolución Cubana. El Che no propugnó nada que no fuera capaz de hacer en forma constante.

 

Especial atención dedicó a las cuestiones de carácter político e ideológico y a todo lo referido a la motivación del ser humano, de manera muy especial de los trabajadores, a quienes catalogó como los creadores de la riqueza.

Sus concepciones sobre el papel del individuo en la sociedad se expresaron desde los inicios de la Revolución en conferencias, charlas, discursos y artículos de prensa.

 

En un discurso para inaugurar un ciclo de conferencias auspiciado por el Ministerio de Salud Pública en agosto de 1960, expresó sus conceptos del individualismo: «El individualismo como tal, como acción única de una persona colocada sola en un medio social, debe desaparecer en Cuba. El individualismo debe ser, en el día de mañana, el aprovechamiento cabal de todo el individuo en beneficio absoluto de una colectividad». Muy importante era para el Che lograr que el conjunto de individuos que integran la sociedad, mancomunaran sus esfuerzos y aspiraciones en bien del país, sin que ello significase la anulación de sus motivaciones o intereses específicos.

 

Estos conceptos éticos los expresó de forma sistemática en su obra «El Socialismo y el Hombre en Cuba», que apareció publicada en el semanario «Marcha» de Uruguay, en marzo de 1965.

En este artículo, el Che planteó que la Revolución se hace a través del hombre, y advirtió que el hombre tiene que forjar día a día su espíritu revolucionario.

 

Fue el Che arquetipo y símbolo de ese hombre nuevo que proclamara, motivado plenamente por la tarea que realizaba y lleno de amor, de ese amor que, como señalara, debía estar presente en cada acción de los revolucionarios: «Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad».

Con amor laboró el Che en el desarrollo y defensa de la sociedad socialista, en correspondencia plena con sus principios y los valores éticos que sostenía, siendo un trabajador infatigable.

 

Esta nueva actitud de consagración al trabajo, fue uno de los aspectos esenciales planteados por el Che como reflejo de los valores éticos que debían estar presentes en la nueva sociedad.

En un discurso pronunciado el 28 de noviembre de 1971 durante la visita que realizaba a Chile, Fidel Castro habló del aporte realizado por el Che en este sentido: «Che era un hombre de infinita confianza y fe en el hombre, era un ejemplo. Su estilo era el ejemplo, dar el ejemplo. Hombre de gran espíritu de sacrificio, un verdadero carácter espartano, capaz de privarse de cualquier cosa, seguía la política del ejemplo. Podemos decir que su vida fue toda un ejemplo en todos los órdenes.»

Hombre de gran integridad moral absoluta, de una firmeza de principios inquebrantables y un revolucionario integral que miraba hacia el mañana. Hacia el hombre del mañana. Que miraba hacia la humanidad del futuro, y que por encima de todo resaltaba los valores humanos, los valores morales del hombre, que por encima de todo predicaba el desinterés, el renunciamiento, la abnegación.

Su espíritu sigue presente y marca el rumbo.

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