Escrito por: Por Julio Guillot Periodista
Los uruguayos nos jactamos de vivir bajo un Estado de Derecho que es ejemplo para el mundo. Consideramos que nuestro régimen democrático es perfecto, que nuestra legislación es de las más avanzadas del mundo, y nos enorgullecemos de contar con un Sistema Judicial que ofrece las mayores garantías para los ciudadanos.
Todo esto lo hemos oído repetidamente y lo repetimos irreflexivamente con un patrioterismo rayano en el chovinismo. Y sin embargo, cada tanto aparecen algunos nubarrones en el cielo inmaculado de nuestras certezas que ponen en tela de juicio las verdades axiomáticas.
Si Kafka hubiera vivido en el Uruguay de hoy, seguramente se habría sentido desestimulado para desarrollar sus ficciones, superadas por la realidad. Por ejemplo, algo de tanta importancia como el sistema tributario (un nuevo sistema tributario elaborado por un gobierno que se propuso en serio empezar a cambiar las cosas y dar los primeros pasos hacia la justicia redistributiva) estuvo a la merced de los disímiles criterios de los ministros de la Corte.
“Sobre el punto hay dos bibliotecas”, suele decirse en referencia a la disparidad de opiniones sobre algún tema puntual de la ciencia jurídica, con lo cual se llega a la conclusión de que todo vale y que es posible opinar una cosa o la opuesta sin ruborizarse. Sin ir más lejos, el doctor Gonzalo Aguirre fue senador y vicepresidente de la República, y jamás se le oyó decir que los pasivos no podían ser gravados con el IRP; sin embargo, no bien se instauró el IRPF, fue el primero en promover acciones de inconstitucionalidad contra este impuesto. Por suerte entró a la Corte un juez con caletre y desniveló la balanza para el otro lado, demostrando así que hay una sola biblioteca; o, al menos, que la segunda tiene muy pocos volúmenes y que éstos son de ínfima categoría.
También seguimos jactándonos de ser uno de los pueblos más cultos del continente. Varela, Rodó, Vaz Ferreira, Grompone, Cassinoni, son nombres que veneramos porque evocan los dorados años del siglo XX, cuando los uruguayos eran, de verdad, de los más instruidos de la región; sin embargo, hace ya unos cuantos años que dejamos de serlo por más que creamos que seguimos siéndolo. Y no nos conformemos achacándole toda la culpa a la Ley de Educación General de Sanguinetti ni a la acción de la dictadura, que por cierto bastante daño hicieron. No, la crisis es más profunda y tiene que ver con la manera en que se forman los docentes, con la novelería tilinga de las modas en educación y con planteos pedagógicos errados. Pero por encima de todas estas fallas, hay un gran problema de fondo: la competencia desleal de los medios audiovisuales que difunden la ideología hegemónica del imperio. Lo dijo claramente el eminente pensador brasileño Emir Sader en el ágora de LA REPUBLICA: la fuerza mayor de la hegemonía imperial no es tecnológica ni económica, ni política ni militar; es ideológica. La fuerza fundamental de la hegemonía capitalista es hoy el llamado “American way of life”, ese modo de vida estadounidense que penetra profundamente en los jóvenes pobres de la periferia de las grandes metrópolis. Estados Unidos nos propone un estilo de vida que promueve antivalores y que, con la desaparición del socialismo real, ha adquirido una fuerza enorme.
Entonces, ¿cómo pretender que los gurises de hoy tengan interés en el estudio y respeten a sus profesores si son bombardeados permanentemente con mensajes opuestos a lo que candorosamente nos proponemos inculcarles? ¿Cómo hacer para que incorporen valores esos jóvenes cuyo paradigma son las grandes estrellas de fútbol, las modelos escuálidas, los conductores televisivos tarambanas o los contratistas millonarios que no tuvieron que pasar por la Universidad para tener éxito en la vida? ¿Y qué es el éxito para ellos sino enriquecerse?
No conozco el contenido de la ley de educación que impulsa el gobierno, pero por buena que sea, no creo que resuelva el problema mientras no se invente algo para contrarrestar eficazmente las mugrientas pautas culturales que nos impone el primer mundo.
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