En el principio fue la utopía
El moderno -y hoy devaluado- movimiento socialista data, al menos en su difusión masiva, de la publicación en 1848 (hace hoy ya 160 años) del Manifiesto Comunista, que logró proyectarlo y ponerlo en tensa relevancia hasta nuestros días. Aunque sus raíces se remontan a previos 200 años como mínimo si lo ceñimos solamente a una configuración práctica reconocible, al período de la guerra civil inglesa de la década posterior a 1642, o más concretamente, al movimiento radical surgido de ella: los «diggers» y a su mentor Winstanley. Luego la revolución francesa emergió a Baubef y su Conspiración de los iguales pero el recorte y la ira crítica de aquel texto fundante aludido convirtió a Fourier, Saint Simon y Owen, junto a los cartistas ingleses, en los precursores modernos de la introducción del socialismo como constitutivo e ineludible momento de la modernidad. No fue casual la beatitud teórica con la que Babeuf fue acogido. Fue una época de ilustración, de diseños ideales, de aspiraciones emancipadas de las tutelas posibilistas y de los cánones eclesiales, de grandes sueños humanistas.
Ciencia, historia y socialismo
Marx y Engels, los fundadores de lo que autodenominaron rimbombantemente socialismo científico (sin negar que los utopistas también tuvieron pretensiones cientificistas) fueron severos e injustos con aquellos predecesores, particularmente con sus cuasi contemporáneos -como lo estamos siendo seguramente en estas líneas por razones más amplias que la estrechez del espacio de toda columna-, con aquellos que agotaron la tinta de sus plumas y ofrendaron sus vidas en pos de los ideales a los que aquí se aluden aunque éstos no se hayan encarnado. Pero no es éste un momento de homenajes sino de interrogaciones y búsquedas. De renovaciones imperativas.
Retomando entonces el conciso recorrido de antecedentes, en especial aquellos más rigurosamente socialistas por la autodenominación de sus precursores, comprendidos entre las guerras napoleónicas y las revoluciones de 1848, resulta sobresaliente la particular voluntad de construir y difundir un paradigma de organización social alternativo y superador que fuera previamente pensado y sometido a la vez a la experimentación parcial. Sólo que quedaron etiquetados como «utopistas» en la crítica rigurosa de cuño positivista por haber desconocido la necesidad de la lucha de clases y del papel revolucionario del proletariado en la realización de la transición al deseado horizonte. ¿Cuánto del positivismo oweniano de su obra «Una nueva visión de la sociedad» reaparece en la huella marxiana y cuánto de la crítica a la ilustración de Saint-Simon y Fourier? (aunque estos últimos tuvieran puntos de partida muy diferentes entre sí). ¿No habría nada rescatable en el intento de repensar una esfera moral e ideológica contrapuesta a la dominante como base determinante de todos los demás aspectos de la conducta humana? ¿No llevan sus modelos o células sociales una pretensión arquitectónica reapropiable, un desparpajo crítico y un objetivo experimental traducible en programas políticos, una suerte de demanda de un falansterio más amplio aún, que aquel acotado diseño de Fourier? La respuesta de que «la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos» sepultó, más allá de su indudable intención movilizadora, toda pretensión de construcción paradigmática, para reemplazarla por una incertidumbre pragmática que nos acompaña hasta nuestros días y se potencia angustiada entre los escombros del ignominioso muro ya derribado. Esta influencia fue tal que ya no concebimos al socialismo como un ideal del que pudiera trazarse un anteproyecto atractivo y viable, sino como el producto de leyes de desarrollo capitalista que 160 años después exigen al menos un primer balance provisional ante la ausencia de soluciones históricas a su trágica vigencia. La izquierda de esta forma se muestra inerme.
Socialismo y revolución
Los 160 años subsiguientes al 48 ya no refirieron solamente a posibles hipótesis transicionales (como tampoco los 40 posteriores al mayo y la primavera de Praga) sino a experiencias históricas que signaron decisivamente el carácter del siglo que Hobsbaum llama corto. Además de la efímera aunque pionera experiencia comunera de 1871 en París, ha sido fundamentalmente la revolución rusa de 1917, con sus anexiones militares y bloques amurallados, la que marcó un debate cuyas urgencias no desaparecieron en el presente, tanto como las penurias y monstruosidades que propuso desterrar a las que hay que sumar las de su propia cosecha. Debate que se inicia aquel día que Lenin decidió dejar de escribir sobre el Estado y la Revolución para hacerse del Estado con la revolución.
La inspiración sin embargo bien puede atribuirse a un texto de Marx tardíamente conocido (recién ocho años después de su muerte) como la «Crítica del programa de Gotha», en la que el socialismo fue designado como una suerte de primera fase de la futura sociedad comunista, entre otras agudas indicaciones acerca de la naturaleza híbrida de las relaciones de producción de esa etapa. Entonces la polémica cobró la forma de una contraposición de modelos interpretativos de la experiencia, de balances, de resultados y perspectivas. Y si bien la producción reflexiva resulta abrumadora en sus magnitudes y enormemente rica en matices y particularismos, no impide ejercitar una suerte de tipologización en función de los rasgos argumentales convergentes de varios exponentes intelectuales o políticos. Al menos siete grandes modelos interpretativos con consecuentes derivaciones políticas, tuvimos ocasión de delimitar en un ya viejo libro sobre la burocracia. Exponerlos aquí excedería todo espacio. Pero podemos intentar resumir cuatro grandes grupos de arquitecturas argumentales que delimitan primariamente tales modelos interpretativos en función de su mayor o menor apego a los objetivos emancipatorios supuestos en la desembocadura, es decir muy sintéticamente, la completa abolición de las diferencias no ya solamente materiales sino simbólicas, de conocimientos y de poder entre los diferentes grupos de personas (trabajadores manuales e intelectuales, urbanos y rurales, géneros, etnias, etcétera).
1) El argumento restaurativo, sostenido prioritariamente por la socialdemocracia, el anarquismo y el maoísmo, que afirma que la revolución no condujo sino a la restauración de un capitalismo (de Estado para la versión tanto socialdemócrata como anarquista, aunque luego difieran diametralmente en sus políticas y propósitos finales) configurando una nueva contradicción de clase entre burocracia y proletariado, que en el caso del maoísmo se explica como producto del abandono de la línea revolucionaria stalinista luego de la asunción de Kruschev.
2) El argumento degenerativo, columna vertebral de las diversas corrientes trotskistas y algunos socialistas libertarios, consistente en el reconocimiento del carácter obrero y socialista de los países del socialismo real, aunque perturbado por la emergencia de una casta burocrática que acapara para sí no sólo buena parte del producto social, sino fundamentalmente la totalidad del poder con el fin de su auto reproducción. Para ellos, una futura revolución política antiburocrática conduciría a corregir estas desviaciones degenerativas reencauzando la senda transicional hacia el comunismo extraviada.
3) El argumento diferenciativo, que niega la restauración capitalista en aquellas sociedades pero enfatiza la construcción de un modo de producción de nuevo tipo, con nuevas clases sociales dominantes y oprimidas articuladas por el poder político concentrado en el unicato que nada tiene que ver con el capitalismo ni el socialismo, sino con la gestión de formas estatales de propiedad. Si bien con muy débil proyección hacia organizaciones políticas, tuvo su repercusión en algunos miembros del Socialist Workers Party norteamericano como Burnham y Shachman.
4) El argumento apologé
tico, específico de los partidos comunistas oficiales que considera valiosa y progresista la experiencia revolucionaria excusando sus limitaciones en virtud de las condiciones concretas de bloqueo y marginalidad en las que desenvuelven o desenvolvieron sus prácticas.
Reconstruir la voluntad utópica
Todas estas expresiones políticas entraron en una profunda crisis explicativa y programática con la caída del muro de Berlín y el consecuente fracaso fáctico de las alternativas edificadas en los antiguos estados del socialismo real, aunque también, si de emancipación social se trata, en los estados capitalistas conducidos por la socialdemocracia. Ambos contribuyeron decisivamente con su fracasos a un quiebre en el imaginario social, a una crisis de expectativas, de igualdad y de realización colectiva. En suma, a una dilusión de las utopías que no logra eludirse con confrontaciones principistas ni apelaciones al dogma y la doctrina.
El análisis actual ya no será sobre el socialismo real sino a lo sumo sobre sus despojos, por lo que será indispensable revisar teóricamente la sustentación política y teórica que lo hizo factible. Sin embargo, el fracaso de uno de los modelos histórico-sociales no lleva necesariamente a extenderlo hacia la alternativa socialista en su conjunto. Es indudable el papel central que la tradición marxista ha tenido y tendrá en la reconstitución de una alternativa socialista. Pero más aún si logra desentrañar la oclusión, la supresión que en sus textos fundantes ha hecho del resto de las fuentes y herencias revolucionarias y la posterior asunción del modelo revolucionario «moderno-jacobino», que en Marx y Engels fue recibido con ambigüedades, rechazos ambivalentes y excursus, para luego ser asumido sin más desde Lenin en adelante.
La izquierda que desemboca en el socialismo real es la consecuencia de la ausencia de distancia de la tradición de Babeuf, Blanqui y de las primeras vanguardias como Weitling, que excluye la política y la autoorganización (en el sentido de la tradición libertaria). Una izquierda que renunció a su propio campo de acción: el de la política, el de la relación partido-Estado, el de la construcción institucional superadora de la desigualdad decisional: es decir el de las estructuras de poder. No se trata por tanto, en nuestra opinión, sólo de deformación. El Estado soviético (o actualmente el cubano) no fue distinto de lo que fue su partido, a la sazón único.
La modernidad trajo consigo tanto conquistas materiales y simbólicas, cuanto catástrofes y tragedias, no sólo políticas sino también sociales, económicas, ecológicas y culturales. El capitalismo y el socialismo real son partes constitutivas del inconcluso proyecto moderno en el que el hombre debe hacerse cargo de sus destinos.
Retomar el debate en torno a un nuevo modelo de emancipación social, a la reconstrucción de un horizonte utópico luego del menosprecio de la intención modelizadora y del balance de las experiencias históricas, como el que el diario LA REPUBLICA se propone con el próximo ágora en el Paraninfo, resulta una necesidad tan ineludible como la reafirmación de la denuncia de las vejaciones sociales con que el imperio del lucro lanza sus bombas y ejerce su creciente dominio.
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