"Mire que ha desaparecido un hombre y no un perro"
Palabras de un pescador de Rocha a un militar cuando buscaba a su compañero Olivar Sena. (de una crónica de El Observador)
Hugo Cores
Las notas periodísticas del corresponsal en Rocha de LA REPUBLICA, así como las de los demás medios que cumplen con el deber elemental de informar al público, que no es el caso del El País, han continuado profundizando la información en torno a la identificación del cuerpo de Olivar Sena Rodríguez.
El hecho, impulsado por el Servicio de Paz y Justicia (Serpaj), ha tenido una repercusión intensa; como en una tragedia clásica, las conductas de los que intervienen aparecen con una nitidez despojada, directa, casi sin ambigüedades.
Resulta absurdo que en el contexto de estas informaciones y hallazgos, un jerarca de gobierno ligado a estos problemas sostenga la impresentable tesis que durante la dictadura «ambos bandos incurrieron en pérdida de valores».
¿Cuáles son los bandos? ¿Cuáles los valores?
Concebida dentro de las concepciones del «desarrollismo cuartelero» fraguado en la cabeza vesánica y cruel de Gregorio Alvarez, unos jerarcas militares trataron de imponer una cooperativa a un grupo de trabajadores.
Olivar Sena se opuso. Fue secuestrado de su casa en diciembre de 1974 y su cuerpo apareció mutilado en una playa de la zona en abril de 1976.
Ahora se sabe que un primer peritaje forense realizado por un médico policial, caracteriza al cuerpo como el de un hombre de «raza blanca».
El médico militar de la zona Mario Katz interviene para modificar el contenido del dictamen y atribuir al cuerpo origen asiático.
Cómplice civil de los homicidas, Katz hace expulsar del hospital de Castillos al médico que lo dirigía –Julio Sanguinetti Diego– por no estar de acuerdo con su sentencia.
Las crónicas dan cuenta también de otras atrocidades y otros cómplices de los centuriones que detuvieron y mantuvieron preso a Olivar Sena durante un año y medio, por oponerse a integrar una cooperativa.
¿Dónde están los bandos? ¿Cuáles son los valores?
Guillermo Paysée, abogado del Serpaj, ha dicho con mucha claridad y solvencia que la rectificación por parte de Uruguay de la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada de Personas determina que la desaparición es un crimen contra la humanidad y la acción penal y las penas que se impongan no estarán sujetas a prescripción.
Con agudeza, Paysée hace un paralelo entre la intervención «de oficio» de la Justicia en los incidentes en el Estadio Centenario y la necesaria intervención fiscal de oficio destinada a investigar sobre un hecho tan grave y atroz como la muerte de Olivar Sena.
Investigar, es decir, establecer por vía judicial la verdad de lo ocurrido.
Esa es la voluntad, también, de los hijos de Sena que han anunciado su decisión de reclamar ante la justicia.
Claro y nítido, de un lado y de otro: los compañeros de trabajo y los vecinos de Sena que salieron a buscarlo en el aciago mes de diciembre de 1974, «porque era un hombre y no un perro», los hijos y familiares, el trabajador del Cementerio de Castillos que intuyendo la verdad, preservó los restos del pescador asesinado, el periodista Julio Bianchi ex corresponsal de El Día que procuró investigar y avanzó hasta donde pudo, son –todos– la otra cara del Uruguay de Gregorio Alvarez y su estado terrorista.
Son la contracara de aquel despotismo que el país parece que no termina de sacarse de encima.
Desde las mismas esferas oficiales que aludimos se habla de discreción en el tratamiento de estos temas.
¿Tanto poder siguen teniendo los militares que todavía acerca de sus crímenes hay que hablar en voz baja?
No. No debiera ser así. Y los Sena de Rocha y todo el país tienen derecho a saber qué pasó, a exigir justicia.
Porque hay otro rostro de nuestra realidad.
Un rostro que lo ejemplifica la crónica republicana de ayer cuando nos cuenta la actitud de Flora Rodríguez, la madre del pescador desaparecido que durante años puso una flor en la tumba NN «en solidaridad con otra madre que, como ella, estaba buscando a su hijo».
A la gente así no hay derecho a defraudarla.
Nadie, por inseguro que se sienta, puede sentirse intimidado por la patota de caras repulsivas y pescuezos porcinos publicadas en las páginas uno y dos de La República en su edición de ayer.
* Dirigente del PVP
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