Partido Nacional: un presente dramático y un futuro incierto
Desde que concluyó la elección nacional de octubre pasado hasta el presente, importantes figuras del nacionalismo continúan manifestando su desasosiego ante el magro resultado electoral. Así es que se ha leído y escuchado en los medios masivos de comunicación, opiniones como que «ningún partido al que le sucede lo que le sucedió al Partido Nacional será capaz de recuperarse electoralmente si no parte desde una seria autocrítica»; o que «tendremos que adaptarnos mejor al mecanismo de elecciones internas para que sean capaces de concitar mayores adhesiones dentro y fuera del partido». Otros notan que «desde que murió Wilson ha existido dentro del Partido Nacional la necesidad de crear un espacio renovador, transformador, progresista que capte la voluntad de los nacionalistas que responden a esa orientación». O se refieren a octubre pasado como la instancia en que la votación fue «muy mala» cuando no de «desastre electoral».
Podríamos seguir enunciando otras opiniones para constatar cuán profundamente ha calado entre la dirigencia nacionalista el resultado de octubre. Y la verdad que no es para menos. El nacionalismo –todo– quedó tercero en una cifra cercana a los 480.000 sufragios. A diferencia de otras elecciones, donde una fracción podía obtener lo que en octubre cosechó todo el lema nacionalista. Es que la presencia de «alas» aportaban el vigor electoral del que hoy carece. Vale como ejemplo el de 1971, cuando el ala principal llevó 440.000 votos, lo que equivalía a un 27% aproximadamente del electorado que sufragó en aquella oportunidad. Ello sin sumar la otra «ala» nacionalista que llevó la mitad de votos que la principal.
Razonamientos similares podríamos llevar a cabo con el comportamiento electoral del nacionalismo tanto para 1984, 1989 o 1994. Es que las «alas» o tendencias siempre enriquecieron el pensamiento partidario, su doctrina, sus conductas, amén de fortificarlo electoralmente. Por lo general esas «alas» tenían sus conductores, poseían un estilo propio de hacer política y entonces conformaban un abanico de oferta electoral que sin duda dificultaba que un nacionalista se cuestionara su permanencia en su partido. Porque al fin y al cabo eso es lo que sucedió en octubre de 1999. Guste o no la reforma de 1996 mató el particular sistema de «alas» del nacionalismo y miles de blancos pasaron a votar a otros partidos. Porque el único partido con «alas» ha sido el Nacional; la izquierda –por ejemplo– se conformó de otro modo. Se disciplinaron orgánicamente bajo un candidato único y un programa único de varios partidos de diferente extracción ideológica como modo de llegar al gobierno de la República. Así ha sido su impronta desde su fundación hace 30 años. Sin embargo el nacionalismo lo que ha tenido como factor vinculante o disciplinante es su longeva tradición de principios políticos y el doble voto simultáneo. Lo del candidato único es tan ajeno que los resultados están a la vista. Los nacionalistas fueron los únicos electores que se sintieron incómodos. En ese estado también terminaron sancionando al partido a causa del candidato único que se dio, por razones por todos conocidas. Pero entendemos que también sancionaron al presidente del Directorio que metió al nacionalismo en la reforma de 1996, sin condición alguna. ¿Cómo lo sancionaron? Pulverizándolo electoralmente. No hubo que esperar el juicio de la historia. La insensatez paga también. Pero el electorado lo mandó a su casa y los adversarios lo mandan a Buenos Aires. Es que las «alas» sin llegar a ser partidos tenían algunas de sus características. Por ello, para infinidad de nacionalistas o blancos no fue creíble que el candidato único que se propuso, tuviera la capacidad de poder administrar todas las vetas de la propuesta partidaria, tal como haría un verdadero jefe de partido. Título que se quiso otorgar graciosamente a quien no es más que conductor de un ala partidaria. Y todo esto que parecería un simplismo quedó confirmado cuando observamos la performance electoral nacionalista en octubre. Allí se constata una fuerte incapacidad argumental tanto para atraer a la ciudadanía «independiente» como para lograr que miles de «correligionarios» le renovaran el crédito a quienes pretendían representar al Partido de la «Santa Divisa» como gustaba decir amorosamente el gran Carlos Roxlo. Si dramático es el tercer lugar detrás del Encuentro Progresista y del Partido Colorado, no es menor constatar la consiguiente particularización de la mencionada situación. Tercero en Canelones, Maldonado, Paysandú y Montevideo. Sin obtener diputado en Soriano, Río Negro, Paysandú, es decir la mitad del litoral. En la capital en 1989 (241.000 votos); en 1994 (190.000); en 1999 (118.000). En diez años la hemorragia electoral ha sido de 123.000 votos. Pese a ello el actual presidente del Directorio sostuvo diferente óptica, dado que nunca admitió el estado de cosas que venimos describiendo. A lo sumo la misma noche de la derrota a que condujo el nacionalismo, manifestó eufemísticamente que «la patria había puesto sobre sus hombros el peso de una decisión», cosa en la cual en ciertos círculos ya nadie cree. Pues existen estudios de opinión que concluyen que entre el 31 de octubre y la sesión en la que el Directorio decidió dar su apoyo al doctor Batlle, ya las tendencias marcaban un crecimiento de decisión ciudadana, más vertiginoso hacia Jorge Batlle que para su contendor Tabaré Vázquez. Son cosas que se han dicho y se han manejado en determinados niveles políticos, que son de mero trámite especulativo, pero se han dicho. Y algo de cierto debe haber, pues del triunfo de Batlle sobre Vázquez, un electo diputado nacionalista dijo lacónicamente: «Hubo más blancos trabajando para Batlle que para Lacalle…»
Es evidente y lógico además, que no haya llegado para ningún partido político la etapa de examinar sus últimas performances electorales, en virtud de que aún estamos inmersos en trances electorales. Pero como anotación parcial, cabe señalar que las encuestas de opinión no fallaron, pues antes y después de las internas de 1999, predijeron cuál sería la ubicación que tendría el Partido Nacional en las elecciones de octubre, con la candidatura única del actual presidente del Directorio nacionalista. Nadie podía llamarse al asombro. Dicho esto sin mengua de la total legitimidad del resultado de las internas. Pero desde aquel resultado, ya se sabía que el candidato único del Partido Nacional traía el estigma de no poder captar sufragios «extrapartidarios» y que también portaba la incontinencia de no poder retener la voluntad de sufragio de miles de afectos a la tradición blanca. Es decir, no sumó y desarraigó. Esto quedó probado en octubre categóricamente. Llama la atención la pérdida de capacidad operativa ante los grandes centros urbanos de la nación. Sin que ello sea irredimible, en primera instancia parecería que la complejidad de su entramado social, económico, cultural, etc., aparecen como áreas inabordables para el actual mensaje político y programático que portan los actuales dirigentes principales del nacionalismo. En fin, la colectividad blanca será la que determine el destino del nacionalismo, un camino difícil, entre el sofisma del «Uruguay profundo», acuñado por el lacallismo, un incipiente mayorazgo, un líder mesiánico que muchos esperan y la fidelidad a sus clásicas banderas. El tiempo dirá.
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