Ver no es comprender

De igual manera que en las dictaduras se nos impide comunicar, hay una cierta concepción de la democracia que nos obliga a comunicar y, de hecho, vivimos en una sociedad en la que el que no comunica está literal y socialmente muerto, fuera de la circulación, fuera del juego. El juego exige que se comunique en una sociedad en la que todo el mundo comunica; es decir, ya no sólo lo hacen los periodistas, sino que estamos rodeados de instituciones que están comunicando permanentemente. Así, proliferan los agentes de información: personas encargadas de relaciones públicas, gabinetes de prensa, publicaciones que emanan de tal o cual institución, las alcaldías, los ministerios, las empresas, etcétera. Todo el mundo tiene algo que comunicar.

En este dibujo general emerge un sinfín de consecuencias. Por ejemplo, el mimetismo o imitación delirante, una fiebre que se apodera súbitamente de los media y que les impulsa, con la más absoluta urgencia, a precipitarse para cubrir un acontecimiento bajo el pretexto de que otros le conceden una gran importancia. Esta imitación provoca un efecto de bola de nieve y funciona como una especie de intoxicación. Cuanto más hablan los media de un tema, más se persuaden colectivamente de que ese tema es indispensable, central, capital y que hay que cubrirlo mejor todavía, consagrándole más tiempo, más medios, más periodistas. Los media se autoestimulan de esta forma, se sobreexcitan unos a otros, multiplican la emulación y se dejan arrastrar en una especie de espiral vertiginosa, enervante, desde la sobreinformación hasta la náusea. Ahora, basta ver para comprender. Hoy informar es asistir a un acontecimiento, es decir, mostrarlo. Pero, para la racionalidad moderna, ver no es comprender. No se comprende más que con la razón. No se comprende con los ojos o con los sentidos. Con los sentidos uno se equivoca. Es la razón, el cerebro, es el razonamiento, la inteligencia, lo que nos permite comprender. Y el sistema actual conduce inevitablemente bien a la irracionalidad o bien al error.

En la comunicación de hoy, cosas tan importantes como la verdad y la mentira en realidad ya no dependen de una veracidad demostrada, sino del hecho de que todos los medios digan que algo es verdad. Y, por otra parte, si a eso añades que en el sistema comunicacional en el que nos encontramos la repetición equivale a la demostración, entonces estamos hablando de un sistema en el que, efectivamente, lo que se afirma como verdad frecuentemente no lo es. En todo caso el ciudadano tiene que tener la obligación de dudar. No estamos hablando del reino de Goebbels, estamos en el sistema exactamente contrario y, al ser exactamente contrario, es un poco lo mismo. En un sistema de tipo goebbeliano, de poder absoluto o de propaganda, sólo hay un emisor de la verdad, tan sólo un emisor del discurso. Ahora, en cambio, tenemos muchos emisores, lo cual nos da la impresión de que existe la diversidad pero, en realidad, globalmente y en la práctica, todos están diciendo casi lo mismo.

Otro elemento que merece la atención es la creencia, cada vez más palpable, de que uno puede informarse solo. Es la idea del supermercado, ese lugar al que acudes y te sirves tu solo lo que necesitas. Así, de igual forma, pensamos que solos nos podemos aprovisionar de la información. Yo creo que es una ilusión porque, efectivamente, existen cantidades enormes, masas de informaciones que circulan, pero informarse de verdad supondría poder tenerlas todas a nuestro alcance, poder clasificarlas, poder verificarlas, compararlas, cotejarlas…y el sistema actual lo que hace es exigir la desaparición de los periodistas, que nadie haga ese trabajo y que la gente, en definitiva, se autoinforme.

Hoy los periodistas se sienten intimidados por toda esa avalancha de información que se les echa encima. Por esa misma razón son tan importantes, porque hoy más que nunca es indispensable que en este océano de información alguien verifique los hechos con criterios de rigurosidad y profesionalidad. Nuestro reto es mucho mayor que hace unos años, porque antes teníamos casi el monopolio de la información, mientras que ahora somos una voz más entre otras muchas.

La prensa independiente tiene más posibilidades que nunca de sobrevivir en la medida en que precisamente no cometa los errores de la gran prensa; es decir, ha de ser una prensa que se interese por las cuestiones más serias, que se interese por las dimensiones económicas y sociales y que le hable a la gente realmente de sus problemas concretos. La izquierda nunca ha analizado los medios de comunicación en su complejidad y viene haciendo un análisis diríamos perezoso de lo que es la comunicación; es decir, lo que le interesa es la manipulación pero en el sentido más maniqueo, cuando hoy día la manipulación evidentemente existe pero es de otro tipo, es más complicada, a varias bandas. Por eso es necesario que la izquierda reflexione sobre lo que significa, precisamente, una información cívica y en qué medida, por ejemplo, el Estado puede tener sus órganos de información y cuál debe de ser la función de éstos que, evidentemente, no debe de ser la de propaganda.

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje