Tiempos difíciles, tranquilidad arriba y comprensión abajo
Con la llegada de los fríos se han precipitado circunstancias que colocan a las familias en un estrés natural pero que tornan un poco más difícil la comprensión de ciertas políticas que el gobierno debe adoptar. Una de ellas es la que procura una estabilización forzada de precios sin que la intervención del Estado en el ámbito privado sea invasiva y -como lo fundamentara el senador Mujica hace unos días- tenga efectos similares a los que produce la irrupción de un elefante en un bazar. Es preciso saber que el gobierno ha decidido enfrentar con mucha decisión el rebrote inflacionario que la gente entiende por carestía y que, además de afectar a los más débiles en sus márgenes de subsistencia, complica enormemente el proceso productivo, la previsibilidad de los hechos, elevando en consecuencia todos los riesgos.
Esa confrontación con la inflación no es gratuita ni indolora. Supone una contracción fuerte de la cantidad de dinero con el que cuenta el sistema financiero para multiplicarlo en términos de créditos, financiamiento del consumo y facilitación de las transacciones corrientes. Descartada la vía argentina del Indec y los toqueteos encadenados de precios y cantidades, el gobierno ha declinado ingresar en un camino peligroso y sin retorno. En la vía actual, a diferencia de lo que pudiera haber sido una estrategia alternativa forzando directamente esa contracción elevando la tasa de política monetaria, la elegida -actuar sobre el multiplicador bancario- tiene al menos dos consecuencias importantes: La participación de los bancos en su financiamiento y la suspensión aunque sea temporal de la caída del precio del dólar, aguardando un cambio de la tendencia en los mercados centrales.
Empero, las consecuencias de impedir que la inflación se lleve por delante y comprometa todos los logros sociales acumulados, supone también que una parte de la factura la deban pagar las familias. Esa costo es infinitamente menor que el de una inflación incontrolable, pero explica, por ejemplo, el malestar producido por esa sensación de estrechez de mercado y márgenes en los cuales se movía usualmente el consumidor en los últimos meses en particular.
En estos días, además, ha convergido la necesidad extraordinaria de pesos característica de fin de mes para producir un malestar colectivo que la gente usualmente califica con eso de que «no hay un peso». En las próximas semanas, a esos factores se agregarán las erogaciones que deberán hacer los trabajadores dependientes de más de un empleo al tener que hacer sus ajustes de ingresos y, en la mayoría de los casos, abonar el saldo devengado entre lo adelantado, menor seguramente al monto del IRPF generado en el segundo semestre del año pasado.
En tanto, ha comenzado a producirse una tensión inusual entre el gobierno y la población expuesta a una sensación de vulnerabilidad que contrastará con el optimismo del discurso oficial. Esto no es desconocido ni para el equipo económico ni para la presidencia pero el gobierno no tiene forma de evitarlo. Es difícil explicar cómo se intenta producir sustentabilidad en el caso uruguayo. Entre otras cosas porque ya no es posible modificar matices y formas de expresión casi exitistas que han caracterizado al discurso oficial del último período.
Lo importante, en tanto, es saber qué es lo que está pasando y las dificultades que tendrá el gobierno para conciliar políticas de estabilidad y sustentabilidad del crecimiento y la distribución social de mediano/largo plazo, con las medidas de corto plazo que se vea obligado a adoptar en el caso de que las medidas monetarias y financieras no logren revertir en un plazo necesariamente corto, un aumento agregado de las ya elevadas expectativas de rebrote inflacionario.
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