No nos referimos, vale aclararlo, a los aspectos materiales de la crisis de nuestra enseñanza, cuyas carencias (bajos salarios, edificios inadecuados, falta de materiales, etcétera) el gobierno trata de paliar, sino a otra crisis más profunda– que vive la educación en Uruguay. Una crisis que se arrastra desde hace casi medio siglo, que tiene componentes diversos y que se manifiesta de diversas maneras.
En primer lugar hay que hacer referencia a los malos resultados prácticos de nuestra enseñanza, esto es, a datos objetivos que revelan carencias de conocimiento de nuestros jóvenes; piénsese en las pruebas solamente de matemáticas e idioma español a que cada tanto son sometidos los estudiantes para calibrar su nivel de conocimientos, y que demuestran un nivel más que pobre de un alto porcentaje de los educandos.
También se habla de una enseñanza que ha quedado rezagada en comparación con el resto del mundo (y sobre todo del mundo desarrollado), lo que hace que nuestros jóvenes no estén aptos para desempeñarse en las tareas y profesiones en las que hay mayor demanda de mano de obra.
Nuestra enseñanza no prepara a los jóvenes para su ingreso al mercado laboral, suele afirmarse no sin razón, de donde se infiere que es necesario un sistema educativo más pragmático y realista que brinde las herramientas adecuadas para esa inserción laboral.
Y finalmente, hay otro aspecto no menor que se vincula con cuestiones menos prácticas y que apunta a la incorporación de valores que la educación debería promover y al desarrollo espiritual en general de los individuos.
Como en todos los órdenes de la vida, la enseñanza debe actualizarse permanentemente, ponerse al día, proceder a análisis y revisiones, modificar sus programas y corregir sus metas. Por tanto, cuando se habla de reforma educativa, no debe pensarse en una reforma que instaure un nuevo sistema educativo rígido e inmodificable con miras a perdurar por muchos años; por el contrario, es preciso idear un sistema lo suficientemente flexible como para adaptarse al ritmo en que suceden los cambios en el mundo.
Así las cosas, se deberá apuntar, en primer lugar, a fortalecer y mejorar sustantivamente la formación docente. Los educadores (maestros y profesores) deben estar sólidamente formados y deben, también, mantenerse al día en su materia específica. Asimismo, deben estar actualizándose permanentemente en cuestiones didácticas y con la mente suficientemente abierta para realizar autocríticas y corregir aquello que no funciona todo lo bien que sería deseable.
Debemos hacer la salvedad de que cuando nos referimos a esa necesidad de aggiornamento constante, estamos rechazando esa postura novelera de adoptar irreflexivamente toda nueva moda en materia educativa.
El asunto es por demás delicado. Los responsables de la reforma educativa, los técnicos que plasmarán en ley las metas y los medios de la nueva enseñanza, deberán observar un particular equilibrio entre el pragmatismo necesario para la inserción laboral de los jóvenes y el cultivo de su espíritu.
A fuerza de denostar una enseñanza excesivamente libresca, existe el peligro de caer en el desprecio por la formación humanista de los individuos descuidando así un aspecto fundamental para hacer de los educandos ciudadanos libres con espíritu crítico.
Finalmente, cabe señalar que todo lo que antecede será inútil mientras la sociedad siga fracturada y el entramado social no se recomponga.
La escuela y el liceo tienen un importante porcentaje de incidencia en la formación de niños y jóvenes, pero no olvidemos que otro porcentaje nada despreciable corresponde al entorno familiar y social de éstos. Y a nadie escapa que en medios económicamente carenciados la incorporación de valores de parte del entorno es prácticamente nula.
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