Paraguay, con el triunfo de Fernando Lugo, acaba de crear las condiciones para que en ese país se instale una nueva democracia, luego de 60 años de corrupción, de autoritarismo y de entreguismo a los intereses extranjeros.
Lugo es la expresión de una nueva época que está por nacer, donde detrás de su fuerte personalidad ha logrado hacer confluir a amplios sectores democráticos desde la derecha a la izquierda cansados del autoritarismo del Partido Colorado y de la desintegración de una sociedad que nació con otro destino, por cierto de desarrollo y de felicidad.
Es una sociedad que aprendió a sobrevivir navegando entre el autoritarismo y la corrupción, por lo que no será nada sencillo construir una nueva época republicana, de cambios, que atienda a los más humildes y desheredados.
Múltiples interrogantes surgen en medio de los festejos populares paraguayos. ¿Cuán radical será el nuevo gobierno? ¿En cuál de las izquierdas regionales hay que ubicar al ex obispo y futuro presidente? ¿Cuán gobernable será el Paraguay con un mandatario que está dispuesto a acabar con la corrupción, con las mafias que la sustentan, con la impunidad de los políticos, a impulsar una reforma agraria y, por si todo esto fuera poco, a renegociar con Brasil y Argentina los precios de la electricidad que Paraguay exporta a sus vecinos o a relacionarse con la República China en lugar de Taiwán?, se preguntan analistas especializados en la realidad paraguaya.
Las respuestas no son sencillas, pero sería mezquino que por la necesaria visión de futuro no tengamos los latinoamericanos la suficiente delicadeza para abrir una carta de esperanza para el pueblo paraguayo.
A Lugo y su pueblo hay que ayudarlos, darles una mano, rodearlos y en el oído recomendarles pasos a dar, como por ejemplo decirle que Paraguay tiene que ser refundado y que para ello debe de contar con un amplio bloque republicano que modernice el capitalismo, instaure la libertad y la democracia y declare una guerra sin cuartel a la corrupción, que es el arma fundamental de los sectores dominantes, que aún tienen más del 50% de adhesión de la población.
En esta batalla histórica, por el hermoso desafío que tiene por delante, debe de contar con la más amplia solidaridad latinoamericana, donde gobiernos, partidos y pueblos converjan con la intención de que el pluralismo político en Paraguay sea una realidad que no sufra alteraciones institucionales.
Lugo asumirá el 15 de agosto, casi cuatro meses después de su arrolladora victoria. Es demasiado tiempo, un espacio suficiente para que la mafia vinculada a la derecha y al Pentágono, haga de las suyas.
Por eso el Mercosur, sus gobiernos y organizaciones sociales, no pueden dejar solo a Fernando Lugo. Estuvo bien Uruguay en mandar una buena delegación para observar los actos comiciales, pero no se puede dejar a Paraguay en manos de Dios y de los intereses imperiales.
Es de esperar que nuestro gobierno, que siempre ha tenido una actitud de sensibilidad para los guaraníes, siga construyendo puentes con Lugo y su gente.
Pero esta tarea es fundamentalmente del Frente Amplio, el cual ya debería estar pensando en instalar a un equipo de dirigentes y de comunicadores, con la intención de defender la transparencia en el proceso de transición paraguayo para que Lugo asuma la Presidencia de la República en un clima de consolidación democrática.
Un Paraguay democrático, republicano, en el rumbo de superar la corrupción y la agresividad del narcotráfico es, para los uruguayos, una tarea prioritaria y con fuerte contenido nacional y de esperanza regional.
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