Soñadores (*)
Hay seres humanos que piensan –y así actúan– de forma pragmática, incluso llegando a afirmar que lo mejor es estar por encima del bien y el mal, y hay otros que valoran como fundamental los principios y sobre todo las utopías.
El 4 de abril se cumplieron 40 años del asesinato del religioso y luchador negro estadounidense Martín Luther King ,y el 9 de abril, 60 años del asesinato del político y luchador colombiano Jorge Eliécer Gaitán. Dos asesinatos realizados con alevosía y premeditación; dos asesinatos realizados por quienes se oponen al progreso y bienestar de los pueblos; dos asesinatos que buscaron acallar las voces de estos hombres, cuyo único delito estuvo en sus convicciones y fidelidad a unos ideales, a unos sueños. Para esos sectores retrógrados vayan estas dos sentencias: una, como dijo Ali Primera, el cantor del pueblo venezolano: «los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos» y la otra: «las ideas no se matan, a lo sumo se retrasa su difusión».
A Martín Luther King lo dejaron vivir sólo 39 años y a Jorge Eliécer Gaitán, apenas 50 años. Al primero lo asesinaron con un solo disparo en un balcón de un hotel en la ciudad de Memphis, Estados Unidos, el 4 de abril de 1968. Al segundo lo asesinaron de tres disparos en la puerta de su oficina, barrio La Candelaria, de Bogotá, Colombia el 9 de abril de 1948.
El primero dijo insistentemente «I have a dream» (Yo tengo un sueño). El segundo dijo «Yo no soy un hombre, soy un pueblo». Ambos fueron unos soñadores de la paz, su legado era la paz. En el caso de Gaitán su asesinato ocurre precisamente después de su Oración por la Paz que había pronunciado el 7 de febrero de 1948 en la plaza de Bolívar. Luther King fue un pregonero de la lucha no violenta.
En ambos personajes el uso de la palabra y de verbo los condenó a la muerte, pero como José Martí en Nuestra América diría. «Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras».
Como ha ocurrido prácticamente desde Jesucristo; a todos los luchadores sociales para tratar de desprestigiarlos y, en consecuencia, anularlos, se le endilga el mote de comunista, y en este caso, también se les acusó de tales, sobre todo a Gaitán. Ambos lucharon por buscar una sociedad sin discriminación social y racial; sostuvieron que las diferencias entre los humanos no venían de Dios ni de un orden natural, tan sólo era una condición social impuesta por algunos hombres; para Luther King por los blancos y para Gaitán por los oligarcas. En el libro de cuentos y relatos Vivir adrede, Mario Benedetti nos establece una especie de relación entre lo prohibido y la utopía. Nos dice que «todos somos fanáticos de lo prohibido» y que algunos llaman utopía, pero esta última «es más seductora» porque «no nos desprecia como lo prohibido». La «utopía tiene la gracia de los mitos, la maravilla de las quimeras». De allí, pues, que interpretando al escritor uruguayo, diríamos que lo prohibido está asociado con lo imposible, mientras que la utopía es un sueño que puede realizarse, más tarde o más temprano.
En el caso de estos dos personajes, truncados en su camino libertario, diríamos que estamos en presencia de dos soñadores, dos utópicos. Dos hombres que lucharon no por un imposible, sino por un sueño, por una utopía, que cada día encuentra lugares, países y gente, que lo aposenta como suyo y que quieren que esos sueños se conviertan en realidad.
(*) En honor a Martín Luther King y Jorge Eliécer Gaitán
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