La fractura social

La concentración y extranjerización en pocas manos de la propiedad de la tierra está entre los factores que conspiran contra el objetivo de lograr esa mayor cohesión social.

Los avances tecnológicos y conocimientos a los que sólo acceden sectores privilegiados aumentan la brecha entre quienes ganan más y los que subsisten por debajo de la línea de pobreza. Esto ocurre en un país cuya población envejecida y de muy baja tasa de natalidad se reproduce biológicamente a expensas de los sectores más pobres. El 50% de los niños está por debajo de la línea de pobreza y recibe únicamente el 5,5% del gasto social. La emigración, preferentemente de jóvenes activos y calificados laboralmente, es otra sangría de valores que sufre la sociedad uruguaya.

Hemos visto repetidamente cómo proceden los países europeos respecto a sus emigrantes y a sus descendientes: los mantienen unidos a su país de origen no sólo concedíendoles el derecho al voto desde el lugar del extranjero en que se encuentren, sino que además pueden elegir (y ser elegibles), miembros del parlamento italiano, por ejemplo. En cambio, los emigrantes del Uruguay al irse sufren un desgarramiento y una amputación. El desgarramiento interior es el sufrimiento a la partida y la amputación es la pérdida de sus derechos cívicos (salvo que pueda estar el día de las elecciones en el país que le vio nacer). La movilidad social dentro de ese Uruguay hiperintegrado de décadas atrás estaba apoyada en una sólida Escuela Pública, en la que los salarios de los docentes eran comparables a los de los legisladores hasta la década de los 50. Eso no era todo, ya que la sociedad no es sólo a través del salario que recompensa a sus actores sociales. El respeto y la consideración de todos, tal como se le tenía al maestro hace años, eran otras formas de estimular a quien cumple una tarea social tan importante. Las agresiones y desconsideraciones a maestros pasaron de ser anécdotas y comentarios para constituirse en noticias de prensa por la gravedad de las formas que adoptan. Los hechos que se sucedieron en la Escuela Nº 292 de Nuevo París a partir de la denuncia de la supuesta violación de un niño, presuntamente ocurrida el miércoles 27 de marzo, constituyen sucesos a destacar por su gravedad y son claramente demostrativos del lugar que ocupa la Escuela Pública en la consideración del vecindario y de qué manera eso dificulta su tarea.

Y digo «supuesta violación» porque la prensa ha sido unánime en señalar que el forense que examinó al aparentemente violado no constató lesión que confirmase la violación denunciada ni ningún otro tipo de lesión incluso en genitales externos, como aseguraron que tenía algunos padres. No he leído expresiones condenatorias en la prensa escrita para quienes, guiándose por suposiciones y rumores, agredieron a docentes de la Escuela, incluso provocándole lesiones de entidad a la maestra directora.

Tampoco he visto expresiones de apoyo al cuerpo docente o reprobatorias de las agresiones realizadas por los padres de los chicos y vecinos, en los noticieros de TV que informaron de los hechos, por lo menos hasta hoy. Para restañar las heridas de la fractura social y generar acciones que aumenten la cohesión de la sociedad es fundamental la acción de la Escuela Pública, la que para poder cumplir su rol debe contar con el respeto, consideración y apoyo de la sociedad civil en general y de los gobernantes y además contar con los aportes salariales imprescindibles para una mejor calidad de vida.

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