La Tierra y el hombre en peligro

¿Puede salvarse todavía la humanidad? Respondemos por la afirmativa a este interrogante. En vez de contraponer el crecimiento económico y el desarrollo sostenible, tenemos que armonizarlos. Para lograr esa armonización, necesitamos no sólo más ciencia, más sobriedad, menos materia y más acciones concretas, sino también más ética y política, en contra de lo que algunos puedan creer.

Más ciencia. Muchos creen que el enemigo es la tecnociencia. Sin embargo, la mano que inflige la herida es también la que la cura. No conseguiremos salvaguardar nuestro planeta y hacer que se salve su «huésped», la especie humana, si no logramos construir sociedades del conocimiento que den prioridad a la educación, la investigación y la prospectiva. La Unesco, por su parte, ha venido construyendo una base de conocimientos de importancia mundial sobre el medio ambiente y el desarrollo sostenible desde hace varios decenios y sus programas científicos internacionales relativos al agua, a los océanos, las ciencias de la tierra y la biosfera son reconocidos como fuentes de recursos únicas en su género.

Más sobriedad. Va a ser necesario inventar formas de consumo menos dispendiosas y más eficaces. En efecto, la humanidad necesitaría disponer de los recursos naturales de tres o cuatro Tierras, si llegan a extenderse por todo el planeta los modos actuales de consumo imperantes en América del Norte. Menos materia. Vamos a tener que desmaterializar la economía. En efecto, es muy probable que no podamos detener el crecimiento económico y, por eso, tendremos que reducir el consumo de recursos naturales y materias primas. La evolución de la economía hacia la desmaterialización ya se ha iniciado con la sustitución revolucionaria de los átomos por los bits, que es la base de las nuevas tecnologías y las sociedades del conocimiento.

La desmaterialización de la economía podrá incluso impulsar el desarrollo del Sur, a condición de que el Norte se comprometa a desmaterializar su crecimiento a un ritmo algo más rápido que el primero a lo largo de unos 50 años. No obstante, la mayor transformación de nuestras sociedades ha de consistir en la modificación de nuestras actitudes. En efecto, ¿cómo podremos desmaterializar la producción, si seguimos siendo materialistas? ¿Cómo podremos disminuir el consumo, si el consumidor que todos llevamos dentro acaba por devorar nuestra conciencia cívica? La educación para el desarrollo sostenible será la impulsora de la imprescindible modificación de nuestro comportamiento. Acciones más concretas, ejecutando proyectos precisos y realistas, a fin de suprimir el gran trecho que media entre la utopía y la tiranía impuesta por las miras a corto plazo.

Por ejemplo, la biodiversidad. Se necesitarían unos 50.000 millones de dólares ­esto es, algo menos del 0,1% del PIB mundial­ para preservar las 34 zonas ecológicas más prioritarias del planeta. Esas zonas, que sólo abarcan un 2,3% de la superficie terrestre, albergan sin embargo el 50% de las especies de plantas vasculares conocidas y el 42% de los mamíferos, aves, reptiles y anfibios existentes. Un contrato natural. Al contrato social ya establecido entre los seres humanos, hay que añadir ahora el contrato que vincule a éstos con la naturaleza. Estamos ya protegiendo determinadas especies y parques naturales. Eso quiere decir que vamos reconociendo paulatinamente que la naturaleza es un auténtico sujeto de derecho con el que es posible establecer un contrato. La verdadera democracia del futuro tendrá que ser forzosamente prospectiva. La ética del futuro sabrá armonizar el crecimiento y el desarrollo sostenible.

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