Los responsables del escándalo deportivo

Un escándalo futbolístico, que no es nuevo por cierto, sacudió el escenario deportivo uruguayo. El clásico reciente terminó en una trifulca fenomenal con las consecuencias judiciales por todos conocidas. No voy a juzgar actitudes de jerarcas que en el acierto o en el error, actuaron acorde con sus responsabilidades. El señor juez Eguren, aplicó la ley como era su obligación. Si la misma es muy dura en comparación con otros delitos mucho más graves proporcionalmente, como es la punga, la estafa, las coimas, etc., en que los delincuentes como entran, salen a los pocos días, en la de muchos casos de políticos que han vaciado bancos y han pasado como «golondrinas viajeras» por los estrados judiciales y cárceles centrales, no es tal vez culpa de los jueces sino de una legislación benevolente que no ha sido votada en cámaras en «estado de ánimo» igualitario como se debe en todos los casos. Me explico. Esta ley que aplica tanto rigor en el deporte (particularmente el fútbol) fue propuesta y votada después de algunos incidentes como el reciente que sensibilizó y afectó el estado de ánimo de los legisladores del momento. Las pungas a los pobres viejos en la Caja de Jubilaciones o en los ómnibus con todo el peligro que ese tipo de delincuentes implica, se ha hecho costumbre y no tiene la publicidad que hechos puntuales, como es un clásico futbolero, tienen. Inconcebible pero cierto. Y en estos delitos la legislación no es tan dura, por cierto. Los señores legisladores no se han sensibilizado, según parece. Por lo tanto vemos que los «pungas» por ejemplo entran en la «gayola» y a las 48 horas están «laburando» en la misma Caja o línea colectivera en la que lo habían «pescado» para desesperación de los «tiras», según jerga gardeliana. Ni que hablar de los delitos de guante blanco. Ha habido hombres públicos (políticos, banqueros, doctores, etc.) que le han puesto «rueditas a los bancos, coimeado y asolado las arcas públicas y no les pasa nada. Me animaría a decir que la legislación y el criterio aplicado en estos casos en materia de «durezas» se puede tildar de «etérea». Pero para juzgar en un campo de juego a un grupo de futbolistas entre 17 y 30 años, presionados por un entorno publicitario y periodístico fanatizados y comercializados, con tribunas enfervorizadas, muchachos que hasta por la edad obviamente no se les puede pedir un frío equilibrio y moderación que sí se le exige a políticos profesionales, comerciantes o industriales con otros parámetros culturales y sociales, y a quienes siempre se termina «justificandolos», se les tira con el código y toda una legislación desproporcionadamente severa y dura.

O sea, el juez estuvo bien. Aplicó la ley que lo obliga ajustarse a derecho y punto. La que falla es la ley que debe ser pareja y proporcional al daño que causa cada delito. Es decir, erraron los legisladores en su momento.

De los hechos en sí, también hay que ver responsabilidades que escapan a los jugadores que han resultado ser los «cabezas de turco» según parece. Por supuesto hay muchos más. Empecemos por la prensa que así como endiosa hoy porque un chico deslumbró, al poco tiempo lo «masacra» porque no tuvo la continuidad deseada. El hecho es vender publicidad, diarios, radios o televisión como negocio, sin respeto por el ser humano que se está ganando la vida, su futuro y el de su familia en la mayor parte de los casos. No se mide la presión que se ejerce sobre ellos y se les exige responsabilidades que los propios jerarcas del fútbol no tienen con ellos. Hasta los sueldos se les retacea o simplemente a la mayoría no se le paga durante meses. Los jugadores son los héroes de la jornada y las víctimas de las consecuencias.

El fútbol es un escalafón político, social y hasta comercial para muchos capitostes que les sirve para escalar a la palestra. Pero cuando hay que firmar vales o hacerse responsables por deudas o por hechos como el reciente del clásico son unos pocos los que dan la cara y la enorme mayoría se hacen «perdiz». O sea, es responsabilidad de los dirigentes el de no tirar nafta de avión al fuego del fanatismo y hacerse cargo de las responsabilidades propias del cargo. La policía, es muy cierto, fuera de la cancha con las barras bravas y en todo el entorno del Estadio controló correctamente. Falló y feo en prevenir y evitar en lo posible lo producido en la cancha donde hasta gente extraña y no «tan» extraña irrumpió en el field. Se dice y por gente conocedora del ambiente que elementos de barras bravas que se repiten en los partidos de baloncesto campearon a gusto por todo el terreno. En buen romance, se cuidó de lo evidente y no se vio ni se percataron de lo obvio. El foco ígneo estaba en la cancha. La Asociación y su jerarquía tampoco están exentas de responsabilidad. Son también garantes de la organización de los espectáculos y su normal desarrollo. Deben prever y sancionar reglamentariamente como corresponda sin influencias de intereses clubistas que siempre hay para evitar incidentes y excesos. Claro, también es cierto que ahora han cambiado o se presume que debieran cambiar las reglas de juego.

Esto viene al caso porque toda la actividad deportiva depende de un Ministerio de Deporte y Juventud cuya cabeza es el ministro. ¿Dónde estuvo y dónde está Jaime Mario (a) el ministro? Hasta ahora (salvo algún tímido reportaje, es obvio que no está muy interesado en salir), no aparece ni por el «forro» de la prensa.

Se supone que debiera estar al tanto brindando ideas y soluciones sin perjuicio de las medidas del caso que es justamente él, el que debe adoptarlas. Para eso es el ministro. Para peor, y por añadidura el resto del mundo deportivo que ha sufrido con el incidente un duro revés público, lo ha ignorado de la manera más supina y absoluta. El ministro de hecho, no existe.

Se nos dijo la gravitación que tendría el ministro «deportólogo», y en la primera de cambio en que debió resolver y dar soluciones trascendentes, el ministro Jaime Mario está «en la luna de Valencia». Seamos lógicos. No son los jugadores los únicos culpables. Sí, tienen culpa por tener sangre caliente, por la irreflexibilidad propia de la edad, tal vez porque la mayoría carece de educación académica y tal vez porque muchos de esos «botijas» en sus ansias razonables de prosperar son usados como «objetos» de propaganda y negocios comerciales y políticos. Hay muchos «vivos» que medran con el fanatismo del público y la fuente de trabajo de chiquilines habilidosos para el fútbol. Muchos de ellos «paisanitos» ilusionados que vienen a buscar un porvenir y son explotados por falta de legislación que proteja sus derechos legítimos.

Si la creación del Ministerio de Deporte tuviese esa finalidad podría justificarse el «invento». Pero si a su frente se pone a un ministro que no sabe ni las reglas del «ludo» como representante emblemático del deporte nacional es la prueba real de la politización del deporte que se está haciendo más evidente. Mayor tomadura de pelo, imposible.

Las soluciones para el deporte nacional incluyendo, claro está el fútbol, no debe ser de abajo hacia arriba, sino al revés, de arriba hacia abajo. Las cabezas son las responsables y no los muchachos humillados en la Cárcel Central, donde debió ser habilitada tantas veces por delitos por cierto muy mayores que afectan hasta la economía del país, que llenarla por unos «sopapos» tan comunes en el fútbol y que como consecuencias morales o físicas sólo pueden dejar algún «ojo negro» para la historia.

Amén.

* Convencional del Partido Nacional

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