Fuga de cerebros, ¿la 5ª crisis?
En su momento el senador Eleuterio Fernández Huidobro desarrolló la tesis de las 4 grandes crisis que afrontará la humanidad. Ellas son: la energética, la de alimentos, la del agua potable y la poblacional. Agregó que todas ellas constituirán la base de una gran crisis ecológica en caso de no tomarse medidas.
Si esas crisis son graves para el futuro de la humanidad, consideramos que el desigual aprovechamiento de la inteligencia y del trabajo calificado constituirá en un futuro no muy lejano una crisis de efectos inconmensurables. Quizás la 5ª crisis. Durante mucho tiempo, la teoría económica ha subrayado de manera importante que los diferentes niveles de educación de la población determinaban el porqué de la existencia de países ricos y otros pobres. Se sostuvo además que las mejores oportunidades de educación probablemente elevarían el ingreso de los países en desarrollo. El fenómeno de la fuga de cerebros es una «piedra en el zapato» en la teoría antes mencionada. El imperialismo también se manifiesta en este campo. A tal punto es así, que lamentablemente venimos asistiendo cada vez más a una división internacional del trabajo, donde los países pobres, o mejor dicho empobrecidos, nutren a la economía mundial de materias primas, científicos y trabajadores altamente calificados, mientras los países desarrollados nos venden productos con alto valor agregado y tecnología muchas veces creada por nuestros cerebros. Lo inaceptable es que además de aprovecharse de los escasos recursos que invertimos en su educación, todavía tenemos que abonar patentes y royalties por sus trabajos.
Se da la brutal paradoja de que los gobiernos destinan sus escasos recursos a subsidiar la educación y la formación especializada de sus trabajadores, quienes posteriormente abandonan el país, llevando consigo las potenciales ganancias sociales y económicas. A un solo ejemplo nos remitimos: formar un médico en Uruguay cuesta aproximadamente US$ 100.000 y todos sabemos que hay muchos médicos uruguayos y de otros países de América Latina que han emigrado a los países desarrollados. Los datos más benevolentes que nos quieren hacer creer la OCDE y el Banco Mundial nos dicen que las remesas que envían los trabajadores emigrantes a sus países de origen ascendieron en total a US$ 225.000.000.000 remitidas por los cerca de 200.000.000 de personas que emigraron. O sea, yo gasto US$ 100.000 en formar un médico, un ingeniero, un científico o un trabajador calificado y, en el mejor de los casos, a nuestra América Latina se nos devuelven US$ 1.000 por año, ¡vaya negocio!
Mentes brillantes
Esta realidad que golpea a América Latina en su conjunto se ha transformado en un círculo vicioso. Lamentablemente, lo que muchos países podemos ofrecer hoy día a nuestros jóvenes científicos es o bien la fuga o bien el desperdicio de sus cerebros.
La falta de infraestructura y comunidad académica en ciertos campos de las nuevas tecnologías se ha transformado en un escollo para nuestros jóvenes y no tan jóvenes científicos. Muchas veces se ha dicho que el problema es que los universitarios formados en nuestros países aspiran a ganar mucho dinero y por eso se van al exterior. Ese razonamiento simplista y por demás desconocedor de la realidad del mundo científico ha llevado a proponer soluciones harto discutibles, como por ejemplo exigirle al cerebro emigrante pagar de su bolsillo el dinero invertido en él, o en el mejor de los casos, exigirle al país importador el pago referido. Esa teoría, además de ser una respuesta restrictiva que transgrede los valores fundamentales de los Derechos Humanos y la libertad de las personas, es profundamente injusta. Nuestros cerebros jóvenes se preparan y «se queman las pestañas» para poder desarrollar todo su potencial de inventiva e innovación y el no hacerlo sería una estafa, no sólo a los países que lo formaron, sino a la humanidad en su conjunto. Si tan mala es la fuga de cerebros, peor es el desperdicio de cerebros y la frustración de mentes brillantes condenadas a predicar la ciencia en la era prehistórica.
La esperanza de nuestros pueblos latinoamericanos pasa por la liberación nacional y continental. La liberación es vencer a la dependencia. Esa dependencia que nos ha transformado en proveedores de materias primas y mentes brillantes y compradores de productos terminados generados a partir de nuestros insumos y la pericia e inventiva de nuestros compatriotas.
A esa ecuación intolerable de fuga o desperdicio de cerebros podemos y debemos transformarla en un círculo virtuoso de generación, adquisición y circulación de cerebros a nivel de América Latina. Una auténtica Patria Grande del conocimiento, la tecnología y la innovación.
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