El credo capitalista

El cristianismo predica el amor al prójimo, «cualquier persona respecto de otra en la colectividad humana», pero para muchos «fariseos», que han nacido y vivido dentro del mundo diseñado por el capitalismo, sistema para el que lo único que vale es la creciente e incesante ganancia de cada día, el prójimo nada tiene que ver con iraquíes y afganos, por ejemplo. ¿Acaso preocupa la muerte de un millón de iraquíes desde que se inició la invasión de la antigua Mesopotamia a la fecha, o los más de cinco millones de huérfanos derivados de esa misma ocupación?

Sin duda, el amor a la familia es para cada individuo lo más importante de su vida. Pero la forma en que se pregona el amor a la familia de parte de los medios de derecha, aleja al individuo del amor al prójimo colectivo, a la humanidad entera. De hecho, se inculca un amor que, por hermoso, tierno, lógico y terrenal que parezca, hace que el individuo no vea más allá de sus narices, no vea al vecino, al barrio, a la ciudad, a la nación, a la región, al continente, al mundo, a toda la humanidad; en pocas palabras, al prójimo en toda la extensión de la palabra, lo que resulta de la constante predica neoliberal del individualismo. Ello se hace esencialmente de forma indirecta, mediante la invisibiliación que hacen los medios de derecha del prójimo colectivo que sufre opresión, persecución, crímenes, intervención extranjera, etcétera, para colocar siempre en primer plano al prójimo individual y al mercado, cuyas virtudes son exaltadas de mil formas.

Pero el mercado no es sólo poder monetario o poder militar, es también poder ideológico. No es raro así que las concepciones de mercado estén calando cada vez con más fuerza en los distintos niveles de la educación pública de una gran cantidad de naciones del orbe. Influidas por la lógica crematística, escuelas y universidades recurren, cada vez con más frecuencia, a conceptos como «clientela», «competitividad», «capital», «oferta», «productos», etc. De hecho, el utillaje conceptual de la educación está plagado de conceptos derivados de la esfera mercantil.

El capitalismo genera desempleo, pobreza, marginación social, indigencia, corrupción. Todo porque su naturaleza es profundamente explotadora. Negocia con todo, inventa guerras muy rentables para quienes las desatan, privatiza todo lo que cae en sus manos. Pero endosa al pobre su pobreza, la marginación al marginado, la indigencia al indigente, la corrupción al individuo corrupto. La explotación del hombre por el hombre no parece estar en su léxico, el rédito creciente e incesante es su credo cotidiano; desata el terrorismo y amenaza atómicamente al mundo dizque en previsión de ataques terroristas; pregona democracia pero no la practica en ninguna parte, habla de amor pero aborrece a la humanidad.

Sin superar las actuales condiciones de distribución y reproducción de la riqueza ni, por tanto, las actuales relaciones de producción predominantes; sin la extensión, el fortalecimiento y profundización de los procesos progresistas que hoy se desenvuelven en todo el mundo, particularmente en América latina, y sin el tránsito de la humanidad al socialismo como la única utopía posible para realizar las aspiraciones seculares de los pueblos, el futuro del hombre sobre la tierra será cada día más incierto.

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