La necesaria reforma agraria

Sábado 15 de marzo de 2008 | 6:21
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Algo que no se veía desde la década del 70 ocurrió en América Latina y el Caribe entre 2003 y 2007: la economía creció casi 5% en promedio. Fueron años de expansión que generaron una espiral benigna en diversos indicadores sociales. Sería ingenuo, sin embargo, considerar que el terreno fue aplanado definitivamente para dejar el paso a un ciclo sostenido de crecimiento, sin reconocer ciertas líneas de continuidad que el tiempo no ha borrado. La pobreza y el hambre articulan el hilo conductor de desequilibrios que unen el pasado y el presente, haciendo de esta región la principal frontera de desigualdad social del planeta.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) estima en 71 millones el número de indigentes en la región. Entre ellos, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) señala que más de 52 millones de personas se hallan acorraladas en una rutina de hambre e inseguridad alimentaria. Las poblaciones indígenas son el principal reducto de desigualdad. Demográficamente dominantes en diversas economías, y fuertemente asociadas a la tierra en la mayoría de ellas, las comunidades nativas tienen lazos frágiles con la ciudadanía y con el crecimiento. Y un patrón de renta entre un 45 y un 60% inferior a la media regional.

Lo que parece distinguir la situación actual de los ciclos anteriores es que a los desequilibrios del pasado se agregaron nuevas demandas. De cierta forma, ellas elevan la cuestión agraria a un nuevo nivel de relevancia histórica y de legitimidad política. Y eso cambia todo.

La preservación del medio ambiente, la producción de energía renovable, el manejo sustentable de las reservas naturales y la demanda por alimentos saludables son temas que hoy unen a toda la sociedad. La verdad es que la sólida generación de capacidad productiva en el siglo XX -y su contrapartida depredadora y contaminante- volvió a acercar mediante reglones torcidos aquello que nunca estuvo separado: la historia natural y la historia humana, lo rural y lo urbano. El saldo de esa reconciliación se traduce en la búsqueda de herramientas para redimir el pasado y reinventar el futuro del desarrollo.

La elaboración de una nueva agenda agraria es una de ellas. Se trata de avanzar en un debate retomado en 2006, en Brasil, cuando la FAO realizó la Conferencia Internacional de Reforma Agraria y Desarrollo Rural. Por lo pronto, no se debe limitar ese instrumento a una forma residual de lucha contra la pobreza. Situada en un horizonte histórico de acelerado proceso de cambios de los paradigmas económicos y de los valores culturales, la reforma agraria adquiere un nuevo sentido transformador a los ojos de la sociedad. El desarrollo solo podrá ser llamado desarrollo en el siglo XXI si combina la vieja racionalidad económica con la armonía social y el equilibrio ambiental.

Reconocer el papel que la reforma agraria puede desempeñar en el desarrollo regional es examinar las contribuciones que ella puede entregar para la reconciliación social, económica y ambiental de nuestro tiempo, y es uno de los desafíos de la 30ª Conferencia Regional de la FAO, que reunirá a 33 países en Brasil, entre el 14 y el 18 de abril. Entre otros asuntos, sus paneles de discusión debatirán las colaboraciones entre el sector público y privado para acelerar el fomento rural; la agroenergía; el combate al hambre; el manejo sustentable del agro y las salvaguardas necesarias frente a las enfermedades transfronterizas. Pero sin duda, una de las mayores responsabilidades de sus participantes será consolidar un nuevo consenso en torno a los modelos de desarrollo agrario para nuestro tiempo.

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